Las posibilidades del odio

Comer y escribir –a propósito de Martín Caparrós-

Un hombre ha dedicado buena parte de su vida a comer más allá de por mera subsistencia –como lo hacemos todos-. La relación que establece con la comida le lleva a enfrentar el reto de convertirse en un periodista gastronómico –con todo lo que implica-, pero un día acude al médico y resulta que le deben practicar una colonoscopia impostergable y por ello tiene 3 días para vaciar sus intestinos y facilitar el estudio. Por supuesto que ello implica un punto de quiebre en su experiencia de vida.

El hombre –al que conocemos como Caparrós- se deja ir con un torrente de reflexiones sobre el sitio que la comida ocupa en el mundo actual, su razón de ser, sus vínculos con el placer e incluso el tormento. El torrente digresivo le lleva a tocar la relación que llevamos con el cuerpo, con nuestro cuerpo –como si fuera una entidad externa- y lo que representa ponerlo en manos ajenas para que lo manipulen.

Menuda sorpresa nos ha dado un escritor tan tremendo como el argentino Martín Caparrós tras de su laureada novela Los living, en la que combinaba fanatismo religioso con el trasfondo de la dictadura militar en su país. Era un terreno más natural para un hombre que también es reconocido como uno de los cronistas periodísticos de mayor envergadura no sólo en el continente sino en el mundo entero. Su libro Una luna, acerca de un vertiginosos recorrido en países con evidentes violaciones a los derechos humanos es impresionante, por decir lo menos.

Ahora resulta que crea una especie de alter ego que no niega su origen pero que también se escinde de la persona –es y no es el autor-. Es muy precisa la frase que describe a la obra en la contraportada: "mezcla de novela, memoria, ensayo, basurero". Ha creado un vehículo perfecto para especular acerca de muy diversos tópicos relacionados con la alimentación y la salud.

Me queda claro que a estas alturas de la historia la comida ha alcanzado un nivel de sofisticación tal que supera los estrechos criterios de quienes pretenden caracterizarla como una actividad simplista y sin trascendencia. Por supuesto que se trata de una forma de arte, de un acto con gran carga simbólica e ideológica que involucra cierto grado de hedonismo.

Resulta muy burda la idea de pensar que simplemente se come para no morirse y mantenerse con vida. Afortunadamente, doy con una entrevista que el también autor de A quien corresponda concedió a la redacción de Sinembargo.com y donde afirma que comer es un acto de cultura muy fuerte, en la medida que es producto y función de la cultura, la educación, la historia y el entorno del comensal: "Cada día que nos sentamos a la mesa estamos poniendo en acto todo eso, estamos poniendo en juego nuestra cultura, pero al mismo tiempo tiene un componente fisiológico fuerte. Comer también es un acto mucho más primario de alimentación. Y son indisociables".

En este sentido, también me parece oportuno citar a Catherine Arminjon y su texto El Arte de Comer: "Gonzague Saint-Bris definió la comida como "una fiesta, una sucesión de códigos que hacen su aparición como personajes en una obra... la fiesta del paladar demanda un ritual en la presentación de los platos... la civilización viste las necesidades de la naturaleza con los ornamentos del arte".

En más de un sentido, la mesa está puesta, así que en Comí se anota: "Entonces me siento a la mesa con toda la ilusión de una comida apetecida por delante: la abundancia, una promesa espléndida. Unos minutos más tarde, al plato le quedan dos o tres bocados. No que no lo haya disfrutado, pero le quedan dos o tres bocados..."

Caparrós (Buenos Aires, 1957) fue editor de la revista Cuisine & Vins y tiene publicado Crónicas comilonas, así que conoce muy bien el terreno que pisa y con mucha sagacidad diserta sobre las distintas formas de comer y la tirante relación que tantos años de ejercicio sibarita le llevan hasta doctores, tratamientos y medicinas. Llega a un punto en que le dicen que: "lo que lo que comió es responsable de sus males, y para poder saber cuán graves son esos males, tiene que vaciarse del todo. Creo que es bastante lógico que eso lo lleve a hacer una reflexión y pesquisa sobre qué significó en su vida el hecho de comer".

El personaje de la novela se pregunta cuánto habrá comido en su vida y llega a la conclusión de que ha consumido unos 50 mil platos. Bien valdría la pena acompañarlo en su cuestionamiento y tener en claro cuál es nuestra relación con la comida. ¿Fuente de conocimiento y placer o mera actividad elemental?

circozonico@hotmail.com