Las posibilidades del odio

Bowie y una intensa polémica doméstica

El duque blanco, El camaleón caleidoscópico y otros tantos alter egos y personajes, exhibió su personalidad y modestia incluso después de la muerte física. A su cremación no asistieron amigos ni familiares innecesarios. Tan sólo su círculo más íntimo. Sabía perfectamente que la grandeza de su obra le garantizaba la inmortalidad. Puede que David Robert Jones haya muerto; David Bowie nunca lo hará –al menos mientras queden humanos en el planeta-. Se trata de uno de los músicos más influyentes a partir de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos de este. Su dimensión es sólo comparable con The Beatles y Bob Dylan; paremos de contar.

Pero nadie pude negar que su partida pegó duro entre sus seguidores… algo que ocurre de verdad más allá de la mediosfera. La madrugada del 11 de enero recibí un mensaje por ahí de la 1:30, comunicándome el fallecimiento. En aquellos momentos, el periodista Hugo García Michel –un noctámbulo irremediable- solicitaba un poco de mesura a las primeras reacciones sobre dramatizadas. Cierto, la noticia no tardó en confirmarse, pero la acotación era pertinente; en las redes sociales se suele matar a las superestrellas y figuras destacadas una y otra vez –las falsas alarmas son la constante-.

No faltaron quienes inmediatamente censuraron su incredulidad. Y es que no faltan los que han hecho de las redes sociales su más grande fuente de conocimiento; al grado de que le rinden culto tal como si fuera un templo virtual y ellos conversos de una religión en pleno auge. Muchos viven condicionados a lo que ocurra en internet; cuestionar su fiabilidad es impensable.

Por la mañana, Alejandro Mancilla –editor de la revista Círculo Mix Up- publicó en Facebook una entrada en la que, palabras más, palabras menos, se quejaba de la impresionante cantidad de supuestos fans de nuevo cuño que tenía el músico nativo de Brixton. Y es que no faltaron los mensajes de gente que amenazaba con suicidarse, que apuntaba que dejaría de respirar o bien que la historia de la música era capítulo cerrado. Más allá de la pavada insufrible acerca de sí el rock se murió por enésima ocasión.

El también Dj, conocido como No soy moderno, fue atacado con virulencia de parte de algunos colegas del grupo Periodismo rock 2.0; no pudieron soportar que se criticara a esa multitud que suele llenar cualquier concierto y a la que se denomina simplemente posers (posados). Y es que razón no le falta a Mancilla; vivimos en un tiempo en que cualquiera que forma parte de las redes sociales detenta el derecho de opinar, aunque no estén bien enterados del tema o desconozcan casi en su totalidad a los personajes que encauzan el sainete del día.

Varios periodistas defendieron a todo un séquito de principiantes oadvenedizos, que mostrando a todas luces apenas conocer a Bowie por encimita, trataban de montar un numerito mortuorio telenovelero y francamente ridículo. Una parte central del problema no es que externen todo tipo de ideas sino que presuman de ser una fuente autorizada para hacerlo –aun cuando se aferren apenas a un par de discos y un puñado de canciones-.

Señalé a Pablo Pulido –coordinador editorial de la revista Marvin- que la generación milennial se siente tan autorizada a opinar en la medida de que tengan un plan de telefonía celular con más prestaciones y tiempo aire.

Lo que le comenté a Mancilla es que tal vez no dimensionó a Bowie como parte del patrimonio cultural de la humanidad; ya era una figura global que alcanzó distintos estratos de seguidores y que además representa un trasvase intergeneracional. He allí otro punto neurálgico de esta polémica doméstica. Alejandro viene de un tiempo pasado en que se pedía militancia y conocimiento para formar parte de un movimiento o corriente. Los milennials opinan que no hace falta esa parte de estudio y análisis; entienden a su modo de vida como algo superficial e inmediato. Todo se encamina con tal ligereza que nada tiene de malo sumarse a una tendencia planetaria de dolientes –la moda es la moda-.

Apenas el sábado 8 de enero en el suplemento “Babelia” del Diario “El país” se publicaba una entrevista con el sociólogo polaco Zygmunt Bauman en la que apuntaba: “el diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú. Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa”.

El periodista Ricardo de Querol preguntaba a Bauman: “Usted es escéptico sobre ese “activismo de sofá” y subraya que Internet también nos adormece con entretenimiento barato. En vez de un instrumento revolucionario como las ven algunos, ¿las redes son el nuevo opio del pueblo?”.

Hace mucho que se perdió el valor de la toma de postura y la búsqueda de información; el relativismo y el “todo vale” nos tiene postrados. No se exige rigor y pertinencia. La vieja guardia convive con una generación blandengue y poco esforzada. El choque de trenes era inevitable; tanto en casa como en el resto del planeta.

 

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