Las posibilidades del odio

Bolaño y los cerezos del asfalto

Ruedan bien engrasados los engranes de la máquina del azar. El pasado 15 de julio se cumplieron 12 años del fallecimiento del gran Roberto Bolaño. Días antes no lo tenía en cuenta. Mientras tanto había decidido que era momento de enfrentar “El hijo de Míster Playa”, la semblanza que la periodista argentina Mónica Maristain preparó para la editorial mexicana Almadía. Al llegar el día de la conmemoración, la presencia del detective salvaje ardía. Un escritor poliédrico que se impuso a todo tipo de dificultades, menos al problema hepático que lo llevó a la tumba (se quedó a punto de obtener el ansiado trasplante). El autor de 2666 fue un hombre de ideas que despertó intensas polémicas y el creador de una particular forma de literatura vitalista. Su obra ha dejado su marca no sólo en la literatura latinoamericana sino en el panorama internacional. Es un autor que sobrevivirá a cualquier prueba que el tiempo ponga delante. La semblanza lo muestra como un rompecabezas de no fácil armado. Fue un lector voraz que no dejó de escribir desde su adolescencia. Con los años se fue tornando más reservado; se fue alejando de aquel exabrupto juvenil cuando encabezó a los Infrarrealistas y se dedicaban a sabotear a Octavio Paz y la academia solemne, mientras buscaban abrirse rudamente un espacio en la escena mexicana –lo que no consiguieron-.

Al avanzar en el compendio de entrevistas con gente clave de su vida y trayectoria, me encuentro con un poema hasta entonces inédito del también chileno Hernán Lavín Cerda, del que resulta interesante citar un fragmento:

O si prefieres no descanses en paz o en guerra

Y sigue tu camino de animal romántico

Más de romántico que de animal perruno

Y hasta la próxima

No te olvides

Con dinero o sin dinero

Para decirlo al modo de José Alfredo Jiménez

Quien anda todavía por el mundo y el inframundo

Como tú

Detrás de un hígado de repuesto

La víscera casi inmortal

El higadillo del fervor y el entusiasmo

Echaremos los hígados a favor tuyo…

Francamente no me escandaliza que Lavín reúna en el mismo poema a Bolaño con José Alfredo; compartieron el mismo mal y ambos fueron poetas de distintos estilos y alcances. Por más que digan que una canción no es un poema, hay momentos en que las distancias se recortan y casi se tocan. Roberto vivió en México en la colonia Guadalupe Tepeyac –totalmente popular-, conocía de cerca la vida de barrio; no se paseó por los grandes salones y los cocteles de lujo. En sus cuentos aparecen el centro histórico, el café La Habana, baños de vapor y otros sitios así, no precisamente concurridos por magnates allá a finales de los setenta y principios de los ochenta.

Me interesa esa parte del poema en específico porque en él conviven dos estratos distintos del arte y la cultura. Jiménez es la figura más grande de la música ranchera y Bolaño un escritor que terminó por ser reconocido en todos los niveles del consumo literario –de lectores, crítica y academia-. El poeta los hace que alternen sin problema alguno. Ambos lograron productos culturales interesantes y valiosos –a sus respectivas escalas-.

Traigo esto a colación debido a la intensa polémica que trajo consigo la muerte del compositor y cantante Joan Sebastian (el 13). Como era previsible, el amplísimo sector que ama a la música popular lo encumbró hasta la altura de lo sublime, pero también aparecieron textos de escritores de respeto, como el jalapeño José Homero, que buscaban revisar qué es lo que había de calidad e interés en la obra del creador de temas de sobra conocidos como “Tatuajes”, “Un idiota” y “Te irá mejor sin mí”. Mientras, en las redes sociales, el periodista Hugo García Michel –a través de su humor ácido- provoco el disgusto y casi la ira de muchas personas que señalaban que un mexicano –por cultura general- no podía desconocer la obra del guerrerense. Con lo que aquel reducía a cero su aportación.

El autor de “Matar por Angela” los picaba con su preferencia por otro Sebastian mucho más universal. Todo el sainete le hizo hasta discutir con amistades cultivadas por largos años. Y uno de los puntos debatidos se concentraba en deslindar si lo de Joan es cultura o no lo es. Antes de puntualizar tal aspecto, me parece lúdico e ilustrativo citar un fragmento de “Sentimental”, uno de los grandes éxitos del mexicano.

Y hasta disfruto la amargura que hay en mi

en el asfalto no florecen los cerezos

hoy no hubo sol, hoy no hubo sol por eso es que estoy así.

El debate en torno a ¿Qué es cultura? incluso es anterior a ¿Qué es arte? –más complejo-; el asunto es que si nos acercamos a diversos expertos de las ciencias sociales encontramos una definición que zanja fácilmente la interrogante. “Cultura es todo aquello que no se transmite por la herencia”. Luego entonces, ni duda cabe que las canciones de Joan Sebastian forman parte de la cultura.

Por su parte, Umberto Eco en “Apocalípticos e integrados” plantea un sistema en que existen al menos 3 estratos culturales. La alta cultura –que trascendió en la mayoría de los libros y valoraciones-, la baja cultura y aparece una emergente (en aquel entonces) la cultura de masas. Alesandro Baricco es otro autor que se dedica a exaltar la trascendencia de la alta cultura y del estrato popular se queda apenas con el futbol y cierta parte de la gastronomía (y no mucho más).

 

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