Las posibilidades del odio

Arcade Fire y el Vive Latino

Para César González

Para cuando transcurra el domingo 30 de marzo, el Festival Vive Latino estará llegando a la última jornada de su edición de XV aniversario; edición trascendente pues se trata de un evento atractivo para la óptica de la prensa internacional, de gran convocatoria orientada a un público cada vez más joven y que aún debe resolver algunos aspectos de logística y organización que lo hagan cada vez más amable y funcional, y deje de ser una especie de deporte extremo que se practica una vez al año y que trae consigo cierta dosis de masoquismo.

La cita del 2014 tiene al grupo canadiense Arcade Fire como la figura que concentra mayor convocatoria y atención mediática. Su presencia me permite disertar acerca de ciertos aspectos interesantes que parecen ir en rumbos distintos. En primer lugar quiero precisar que soy un fan irredento de la agrupación. Me parece, sin lugar  a dudas, que se trata de uno de los mejores 5 grupos del panorama internacional del rock. Han sabido realizar bruscos virajes con su música y si en un principio nos deslumbraron por su desbordante épica, ahora hay que acompañarlos en un viaje caribeño que los hace explorar ritmos haitianos, dado el origen familiar de su vocalista, Régine Chassagn.

Llegaron a su concierto del viernes 28 en un momento de absoluta plenitud y gozando de un reconocimiento que fueron desarrollando progresivamente –no se encumbraron de la noche a la mañana-. Habría elementos para creer que nadie podría poner en tela de juicio sus merecimientos como una visionaria agrupación de vanguardia. Pero por sorpresivo que parezca no han faltado las críticas de parte de un sector al que desde hace mucho le incomoda que cualquier artista supere a los circuitos de consumidores ilustrados y se convierta en un asunto mainstream. Existen ciertos grupúsculos snob que siguen a un artista mientras se mantiene distante de las grandes ligas de la industria musical. ¿Acaso modifican su propuesta? ¿Se pierde su esencia por tocar en lugares cada vez más grandes?

Actualmente parece que no se le perdona a la obra de escritores como Julio Cortázar y Roberto Bolaño que se comunique con sectores cada vez más amplios de lectores. Tal cual se ha sentido el rechazo de cierta parte de la nación hipster que prefería a los de Win Butler como el secreto mejor guardado de la comarca, antes que siendo asimilados por el gran público –ese que tal vez también acepte a Los Tigres del norte-. Cierto sector melómano es egoísta, tiene grandes reticencias para compartir sus descubrimientos, como si la música debiera quedarse en sectas exclusivas. Cuando una propuesta artística es valiosa y de calidad, lo lógico es que gradualmente vaya siendo conocida por más gente. Nadie se poner a pensar en si los creadores tienen objeción por desarrollar sus proyectos cada vez en mejores condiciones (los Arcade hasta un castillo –tesoro nacional de Haití - rentaron para grabar Reflektor). Tal pareciera que no interesan a nuestra clase bohemia si forman parte de las grandes concentraciones populares.

Y he aquí el otro punto para abordar. Aun cuando se incluya a grupos tan notables como los canadienses o Nine Inch Nails (que también es debatible la presencia de grupos anglosajones en un evento de corte hispanoamericano) lo que habremos de precisar es que las partes no son más que el todo. Me explico, cuando uno asiste a un concierto de un artista determinado, este concentra toda nuestra atención y es por eso que hemos pagamos un boleto.

Cuando vamos a un Festival –cualquiera que sea- lo que buscamos es la experiencia completa del evento. La parte medular es moverse entre los escenarios, descubrir maravillas inesperadas, convivir con la gente, fiestar a lo grande. No es lo mismo ir a un concierto particular de, supongamos, Depeche Mode, The Cure o Beck, que escucharlos cuando están insertos en un elenco masivo.

No puede tampoco dejarse de lado al lugar en que se lleve a cabo; de la demencial Ciudad de México al desierto californiano o la costa mediterránea de Barcelona. La geografía también es destino e influye en la vivencia del Festival. En ese tipo de verbenas gigantes la idea de una experiencia colectiva supera a los maravillosos que puedan ser sus componentes individuales.

Me declaro gran fan de Los planetas pero no son más que el Vive Completo; lo mismo ocurre con Arcade Fire o el escuadrón que comanda Trent Reznor. Nadie niega la calidad de los grupos que son cabezas de cartel, pero no son lo más importante. Es por eso que entiendo a todos aquellos que compran anticipadamente boletos para asistir a un Festival del que ignoran el cartel. Todas esas personas buscan encontrarse con la cita histórica más allá de quien toque en determinado año.

En fin, el Vive Latino debería entrar en un periodo de madurez que mejore la estadía de sus fanáticos. El objetivo debe ser mejorar el disfrute y alejarse de la idea de que se trata de un tributo que debemos ofrendar a los dioses del rock en agradecimiento por las bendiciones recibidas. Que haya más placer y menos incomodidades.

circozonico@hotmail.com