Cartas oceánicas

Guerrero de terracota

Rafael Nadal eligió el último lugar del mundo para regresar a la Tierra, le basta con llegar a la Final del torneo de Pekín para volver a ser el número uno. Un título que en este juego, el tenis, nadie puede discutir. Los tenistas son esos ciudadanos de aeropuerto y hotel, solitarios, obligados a la introspección y acostumbrados a la reflexión constante, compiten todo el año contra sí mismos, para efectos de superación el tenis probablemente sea el deporte más completo que haya. Hasta hace un año Nadal estaba acabado, ortopedistas y especialistas habían diagnosticado la extinción de su especie, el guerrero de terracota se había batido el tobillo, la rodilla y su espalda de arcilla. Al historial clínico se agregaba la larga sombra de Djokovic, el chupa sangre que acabó con Federer, el gran pura sangre. Nole además logró ganarse a la gente que encontró en su carismática figura la frescura que el tenis buscaba. Todo mundo hacía planes para el croata, pero la cima del tenis mundial es un lugar muy frío, resistir tanto tiempo en las alturas no es cosa del cuerpo, la mente es lo que les mantiene allí. Entonces Nadal recogió sus muletas, se encerró en la parroquia de su pueblo y poco a poco empezó a recuperar el contacto con la raqueta. Ganó un torneo, otro, volvió a Acapulco donde todo empezó y desde ahí se lanzó otra vez por su eterno Roland Garros, luego el US Open, y de pronto sin darnos cuenta lo tenemos otra vez encima, con ese juego espeluznante, zurdo, cerebral y agobiante. Irresistible para Federer, desesperante para Djokovic y el circuito en general. La carrera de Nadal ha vuelto a empezar, con 27 años y 13 títulos de Grand Slam amenaza seriamente con ser la más ganadora de la historia.