A morir a los desiertos

Las entrañas de eso que llamamos navidad

La palabra “navidad” proviene del latín Nativitas (nacimiento) y refiere a la festividad católica que celebra el nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre. La mayor parte de los historiadores coinciden que la Iglesia Católica aprovechó las antiguas festividades romanas del “nacimiento del sol invicto” que se llevaban a cabo en fechas cercanas al solsticio de invierno, que corresponde al 21 de diciembre.

De igual forma, los romanos festejaban en estas fechas las “saturnalias”, festividades dedicadas al Dios Saturno, Dios romano del tiempo y la agricultura. En estas festividades, los romanos dejaban de lado los negocios y disputas, adornaban sus hogares con plantas y flores, eran benevolentes y permisivos con los esclavos, organizaban grandes banquetes, e incluso, se acostumbraba dar obsequios a los niños y otorgar en esa temporada una remuneración extra en la cantidad de alimento o vino a los esclavos.

Luego vendrán costumbres añadidas, como el europeo árbol de navidad, los nacimientos o belenes que se harían populares en Europa en la Edad Media y vendrían luego a Latinoamérica. El Santa Claus (que en ciertas partes es sustituido por el “Niño Dios” o “Los Reyes Magos”), viene de San Nicolás obispo de Turquía, cuyo nombre se degenera en Estados Unidos del alemán y holandés Sankt Niklaus o Sinterklaas; mientras que en Francia se fusiona con el “Buen hombre de navidad” (Bonhomme Noël) y queda en Papá Noel. Un agregado muy especial son las muy latinoamericanas “Posadas” que representan la búsqueda de alojamiento de José y María previo al nacimiento de Jesús.

En realidad, nuestras actuales celebraciones navideñas se parecen mucho a las “saturnalias”, en las actuales corporaciones los esclavos recibimos una remuneración extra que ahora llamamos “aguinaldo”; preparamos la “posada”, en la que las viandas de temporada, las bebidas y los regalos aparecen por doquier en un sincretismo pagano-cristiano muy marcado por el consumismo característico de nuestros tiempos.

De esa manera hemos desvirtuado una hermosa celebración, donde la fraternidad, el perdón y el renacer de la esperanza de un mundo mejor, han sucumbido ante los excesos del consumismo y la levedad de la ostentación. 


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