A morir a los desiertos

No deberíamos querer jalogüín

Dicen que cuando te haces viejo te vuelves más intolerante; pero desde mis años mozos pocas cosas he odiado más que un grupo de peques alentados a disfrazarse por madres o padres, quienes no pudieron calmar en su momento sus ánimos travestistas gritando ¡Queremos Jalogüín!... Jalogüin (sí, así gritan con jota, diéresis y acento en la “í”); hágame Usted el favor,  ya solo faltaría que llevasen camisetas estampadas con la foto de cierto magnate gringo que odia a los mexicanos.

Yo le pido por favor, mejor use el “¿me da para mi calaverita?”, sin amenazar con lanzar huevos o pintarrajear paredes o puertas.En México tenemos una fiesta muy pagana, nuestro “día de los muertos”; a los mexicanos la calaca nos pela los dientes, pues siempre traemos a la catrina muy sonriente y coquetona.

Nada como esa fiesta en la que nos preparamos con antelación para recordar a los que ya no están,  ataviando las tumbas con coloridas flores, y recordando con añoranza al ser querido. Y entonces te acuerdas que a tu Mamá le gustaba  hacer enchiladas con café de olla cuando llovíao que la canción preferida de Papá era “el Sauce y la Palma”.

Y así, entre tumbas, flores y verbena chavales se ofrecen a pintar las cruces de madera de las tumbas viejas de verde o azul (no sé por qué son esos los colores oficiales).O aquellos artistas del pincel que con pintura negra remarcan las letras de las lápidas de marmolina que indican  quien era el fiel difunto (aunque no haya sido fiel y cuándo falleció.  

Para quien suscribe, la fiesta de muertos es una gran alegoría de color, aromas, sabores y verdaderas obras de arte cuando nos apropiamos de la tradición sureña del altar de muertos.; se, se piensa en el fallecido, sus gustos, su imagen, y se acomodan los elementos esenciales para una hermosa creencia de que las almas de los difuntos nos acompañarán en la noche del primero y la madrugada del dos de noviembre.

Habrá conjunción de culturas, las creencias cristianas se amalgaman con las raíces del México antiguo.

Así que habrá un perro, que será esencial para que el alma del difunto pueda llegar, una cruz de sal y un camino de pétalos de cempoal le indicarán el camino, el vaso de agua con la que el alma piadosa calmará la sed a su llegada, entre otros interesantes elementos  Y aunque la esencia del MIctlán (el mundo de los muertos para los mexicas) no es tan agradable y es más bien sombría, la fiesta actual debe llenarnos la existencia a los vivos con el papel picado con escenas curiosas con las que los mexicanos nos reímos dela muerte,  y los adornos de la ofrenda que también se llena de las frutas de la temporada, la caña, los tejocotes,  entre otras con el agregado del infaltable pan de muerto y el aroma del incienso o copal.

Así que estimado lector, promovamos nuestra fiesta de muertos y dejemos de lado esa costumbre trivial, hueca y consumista del jalogüín. 


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