De paso

La violencia, reflejo de la ingobernabilidad

Sería erróneo definir a la violencia michoacana como un problema regional. Para entender la magnitud del problema tiene que plantearse como un desafío frontal al gobierno federal. El problema no es nuevo y, pese a ello, no se ha podido encontrar la fórmula (la estrategia como se dice en el argot gubernamental) para controlar la violencia y disminuir la inseguridad en esa entidad y en este país. No solo se trata, como tanto se insistió, de una guerra entre bandas rivales para controlar un territorio determinado. Se trata también de un Estado cuyas instituciones y mecanismos de poder han resultado insuficientes e ineficientes para poder garantizar la paz en Michoacán. En muchos sentidos, los acontecimientos recientes son una declaración que cuestiona el funcionamiento del Estado mexicano. Éste ha sido rebasado.

El crimen organizado muestra organización y fuerza. El Estado mexicano desarticulación e impotencia. El problema no se resuelve enviando a miles de efectivos para hacer un acto de presencia. Sorprende que ese estado no haya podido desarrollar la labor de inteligencia para ubicar y detectar las células delincuenciales que son las que están socavando la viabilidad de Michoacán y comprometiendo la gobernabilidad del país. El Estado no puede ser un espectador del problema, como hasta ahora lo ha sido, sino tiene que convertirse en un protagonista central de la solución del problema. No entenderlo en estos términos es capitular ante un poder mayor: el crimen organizado, porque tiene una estructura organizacional más eficaz.

Michoacán es prueba de que la violencia no es abatible solo con el uso de la fuerza. Hay un grupo del crimen organizado que es capaz de poner en jaque a las fuerzas de seguridad y al sistema de justicia porque la ley no existe. Ese grupo organizado es capaz de orquestar, en medio de tantos efectivos militares y policiales, un operativo que afecta a varias subestaciones eléctricas (CFE) y estaciones de gasolina: puntos estratégicos, pues se trata de la generación de energía y del abasto de combustibles, con los que se mueve una localidad, una región o un país. Con esto demuestran que tienen la capacidad de
paralizar la vida productiva de una región. Pueden detener la marcha de trabajo de un estado, como Michoacán, que es rico en minería, en agricultura y en infraestructura portuaria, entre otras cosas. No es una entidad cualquiera, es una entidad estratégica para la nación si se le adiciona que está cerca de la sede de los poderes federales de la nación. Puede ser un experimento que puede generalizarse si el Estado mantiene la pasividad y la inoperancia que hasta ahora ha ostentado.

No es difícil llegar a la conclusión de que el gobierno federal no ha reaccionado acorde con los retos que le está imponiendo la delincuencia organizada. La autoridad está rebasada. Se propone desaparecer los poderes en Michoacán cuando, de hecho, éstos no existen. El tiempo, la negligencia y la corrupción se encargaron de diluirlos y, a la par, descomponer el andamiaje institucional. Resolver este problema regional será de largo plazo con el riesgo de que contamine a otras regiones del país.

La ciudadanía pronto llegará a la conclusión (si es que no ha llegado ya) de que no hay autoridad que la defienda (por eso la emergencia de los grupos de autodefensa), que no hay autoridad para hacer justicia y que el único poder que existe se encuentra al margen de la ley: situación cercana a un Estado sin instituciones, situación cercana a la ingobernabilidad como consecuencia de una violencia delincuencial que penetra todos los poros del sistema en su conjunto.

Se ha imbuido el miedo en parte de la sociedad michoacana y el miedo es un ingrediente que puede adquirir una velocidad enorme cuando empieza a circular. El miedo obsequia poder a quien lo infunde. La población de esa entidad tiene miedo. El riesgo del Estado y con ello la probabilidad de la gobernabilidad es que ese miedo pueda extenderse. En este momento el deficiente funcionamiento del Estado puede contribuir a que surja un escenario que no encuentre cabida dentro de los cauces institucionales. Se está llegando a una situación límite. El Estado, para resolver este desafío tiene que actuar con inteligencia más que con fuerza: no vaya a ser que el día de mañana amanezca el país como Michoacán. Sin catastrofismos, no es un escenario descartable. La violencia, sin instituciones sólidas, implica ingobernabilidad.

 

jreyna@colmex.mx