De paso

Sí, señor Presidente, hay mal humor

El presidente Peña acudió el lunes pasado a inaugurar el Tianguis Turístico de Guadalajara. Un evento que demuestra la importancia de nuestro país en ese ámbito. El jefe del Ejecutivo estaba ufano. Los datos que ventiló lo apoyaban. México está creciendo en este rubro a un ritmo impresionante: en 2012 llegaron a nuestras tierras 22 millones de turistas foráneos y en 2015 se agregaron 10 más para sumar 32 millones. Sin duda un logro significativo, pese al entorno de inseguridad en que vivimos.

El triunfalismo del momento fue, sin embargo, acotado por el propio mandatario. Señaló que a veces lee por ahí y por allá notas, columnas y comentarios donde se dice que el ánimo está caído, que hay un mal ambiente, "que no hay buen humor". Sin embargo, argumentó, que no hay razón para ello. El país registra avances, que hay crecimiento, que el país se mueve. Su percepción particular imponiéndose sobre esa terca realidad.

No puede negarse que el mal humor está entre nosotros, que existe, que nos permea pese al optimismo que intenta inyectarle a la sociedad el Presidente de la nación. Por supuesto que no se trata de un berrinche social. Tampoco es un enojo. El mal humor es resultante de un agravio profundo que se sufre por la multitud de problemas irresueltos que no enfadan, sino más bien ofenden. Los desaparecidos que suman decenas de miles. El dolor de esas familias. Las víctimas que no encuentran respuesta de la justicia. La burocracia cuyos protocolos de investigación policíaca dejan mucho que desear, como lo demuestra el presunto acto de manipular la escena del crimen de los normalistas de Ayotzinapa. La tortura como una herramienta para esclarecer la verdad. La violencia que asola nuestras ciudades. La extorsión que no cesa. La corrupción que sangra todo el tejido del sistema y no hay intentos legales para combatirla a fondo. Los homicidios que van al alza. Sin duda, el turismo va viento en popa. Pero, a la vez, nuestros males se vuelven endémicos, no se resuelven, sino, por el contrario, se agravan. De ahí que la sociedad está de mal humor y, a la vez, profundamente agraviada.

Hay que reconocer que este enorme conjunto de agravios no es consecuencia exclusiva de esta administración presidencial. El sexenio de Calderón abrió una caja de Pandora en aras de una legitimidad política que jamás consiguió. Pero, por desgracia, tuvo una consecuencia funesta: el insulto a la sociedad y ese es el punto de partida del mal humor social. No tiene remedio inmediato.

Este año electoral, en el que están en juego 12 gubernaturas, podrá colegirse hasta qué punto ha llegado el agravio social. La corrupción tiene que combatirse a fondo para hacer de los comicios algo que, en algún grado, desagravie a una sociedad profundamente ofendida. Ganar credibilidad. Me apropio de las palabras, tantas veces reproducidas por su acierto, de Fernando del Paso pronunciadas hace unos días cuando se le galardonó con el Premio Cervantes en España. "Las cosas no han cambiado en México, sino para empeorar; continúan los atracos, las extorsiones, los secuestros, las desapariciones, los feminicidios, los abusos de poder, la corrupción, la impunidad y el cinismo". Esto es el resumen de nuestro mal humor, señor Presidente. Es la consecuencia de un profundo agravio que es necesario resolver a riesgo de que el país se le vaya de las manos.

jreyna@colmex.mx