De paso

Un sistema agotado

La administración presidencial no ha entendido que abrirse a la crítica, a la autocrítica y al debate son las mejores armas para consolidar un régimen que ahora naufraga ante la percepción ciudadana.

El PRI no es nuevo; es un remedo de lo que fue. La alternancia política (2000) no trajo consigo los instrumentos para construir una verdadera democracia; sirvió, más bien, para perfeccionar la cultura política del viejo régimen: la corrupción desenfrenada, el beneficio para unos cuantos y el abuso del poder. El panismo, en 12 años, modernizó al priismo y éste fue el beneficiario de lo que hoy vemos.

Hubo una esperanza a principios de la administración presidencial actual. Las expectativas ciudadanas crecieron a partir de un discurso, aparentemente innovador, cobijado por un pacto plural: retomar el crecimiento, combatir los poderes fácticos y diseñar un nuevo país que, pese a todos los esfuerzos hechos, no puede incubarse. Tenemos un sistema que reproduce, con esmero, lo que fuimos pero que es incapaz de delinear un futuro esperanzador. Se nos vende la idea que “México se mueve”; en efecto, pero hacia atrás.

La clase priista cree que es eterna. No ha entendido que la sociedad ha cambiado y se ha vuelto más pensante. Una sociedad que ya no acepta la demagogia y la opacidad. El sistema político mexicano sigue instalado en otro tiempo y queriendo revivir su exitosa historia: la verticalidad incuestionable del poder. En el sistema autoritario, para recordar, no era necesario responder al reclamo social. Hoy, algo ha cambiado: no puede tomarse una decisión sin una fundamentación mínima. Pero, al final de cuentas, se actúa como antes: un poder absoluto que se divorcia de la sociedad, que no escucha la demanda social. La representación es un mito. El presidencialismo omnímodo, como antes, la meta.

Sirvan dos ejemplos para demostrar que el sistema político defiende su sobrevivencia con los artilugios de ayer. El sistema tiene una credibilidad escasa. No obstante, propone la designación de una procuradora de la nación que, independientemente de sus reales méritos, tiene una cercanía con los poderes fácticos: otra invitación para desconfiar. ¿No hay otros candidatos que evitasen un desgaste adicional del jefe del Ejecutivo? ¿Qué gana, por otra parte, el Presidente al proponer a un servidor público especializado en asuntos policíacos para ser parte del tribunal de justicia más importante del país? ¿Es tan estrecha la mira presidencial como para marginar a muchos de esos puestos y, a la vez, poner en juego todavía más su legitimidad? La mermada autoridad presidencial puede someter al Senado y, por su conducto, nombrar a un magistrado a la Corte de Justicia: una inaceptable injerencia del Presidente diluyó la tripartita división de poderes, la condición necesaria y suficiente de todo régimen democrático.

Los dos nombramientos mencionados son desplantes de poder para demostrar que sobrevive, pese a todo, en un sistema agotado. La administración presidencial actual no ha entendido que abrirse a la crítica, a la autocrítica y al debate son las mejores armas para consolidar un régimen que ahora naufraga ante la percepción ciudadana. Las decisiones tomadas son vistas con recelo: los políticos, en general, no pueden sacudirse de sus usos y costumbres; reniegan del cambio y se resisten a perder sus prebendas. Será necesario refundarlo bajo una premisa: los gobernantes no pueden estar tan lejanos de los gobernados, como es el caso. La concentración de poder y su soberbia ostentación hacen del sistema una entidad frágil. Se está cancelando, con ello, nuestro futuro como nación.

jreyna@colmex.mx