De paso

¿Es reversible la caída del Presidente?

Revertir la adversidad del jefe del Ejecutivo depende en gran medida de abrirle el paso a la autocrítica y empezar a desterrar la desconfianza y la irritación de la sociedad que se encuentra en todos lados y que sigue al alza.

El vendaval que azota al sistema político no amaina. Por el contrario, tiende a crecer. Las marchas y bloqueos no cesan. El cuestionamiento a la administración presidencial aumenta y las calles se llenan de indignados y agraviados que perdieron la confianza en sus instituciones gubernamentales. Tiene, por tanto, que encontrarse una ruta de emergencia o el país seguirá deteriorándose. Los escándalos se acumulan. Las reformas presidenciales, enviadas al Congreso, surtirán efectos en el mediano plazo. Paciencia, diría el jefe del Ejecutivo. Sin embargo, la sociedad mexicana desea soluciones de corto plazo. El decálogo presidencial del 27 de noviembre fue un acto mediático y acartonado que rehuyó los problemas que aquejan y lastiman a la sociedad y a la ciudadanía; no se enfrentaron los problemas centrales: desconfianza y tráfico de influencias, ambas fuentes de la irritación social que se expresa día a día. Hay que tomar decisiones más contundentes para que el Presidente salga más o menos bien librado de esta crítica coyuntura y no dilapidado, como se encuentra ahora.

Peña Nieto hizo, en sus primeros 22 meses de gobierno, lo que sus antecesores no pudieron hacer en tres décadas. Pero a diferencia de ellos, bastaron dos meses para que el desgaste de la institución presidencial y del sistema político llegara a límites insospechados. Es probable que el Presidente no entendiera que el sistema ya no era el del fin del siglo XX. Pese a los pésimos gobiernos panistas (2000-2012), algunas variables cambiaron: se pensó, por momentos, que la transición a la democracia era un derrotero incuestionable. Fox y Calderón dieron la impresión que, en efecto, la meta era la democracia plena. Pero el objetivo no se concretó: una conciencia ciudadana creció con mayor rapidez que una postura gubernamental más demagógica que sustantiva. El colapso era cuestión de tiempo.

Por momentos se pensó que el viejo PRI había quedado atrás. Pero la realidad lo desmintió. El viejo PRI se quedó en su nicho de siempre. No aceptar la crítica y menos ejercer la autocrítica. Desdeñar a la oposición de las calles que es mucho más válida que la de los partidos, organismos tan desprestigiados.

Para el infortunio de Peña, los primeros 22 meses que le auguraban ser un buen Presidente de México se desdibujaron en un par de meses. Ya no se mencionan los casos de Michoacán y Tamaulipas. El cataclismo político de Guerrero adquirió una violencia inusitada que develó la impudicia que se construyó entre la autoridad y la delincuencia organizada; sus efectos se resienten y es difícil afirmar hasta cuándo durará. Falta conocer cuántos casos guerrerenses pululan a lo largo y ancho del país. Sin ir muy lejos: Morelos y Veracruz, espacios donde las tropelías son parte de la vida cotidiana y que no han tenido un detonante que las haga manifiestas.

Es innecesario repetir los escándalos que han provocado las relaciones entre la pareja presidencial con un empresario de la construcción (Hinojosa). Es ofensivo no explicar la cancelación de la licitación del tren México-Querétaro: ¿algo indebido estaba detrás de ese procedimiento? Un error presidencial no tiene que ser pagado por los contribuyentes si se aplica cualquier sanción por esa cancelación. Sería una erogación que afectaría no solo al erario, sino a la dignidad nacional también.

La biografía política de Peña Nieto nos dice que creció en la cuna del poder y su desarrollo como político se debe, en gran medida, a esa estirpe que desde pequeño lo envolvió. En otras palabras, como muchos de sus antecesores priistas, se supuso que era apto para ejercer el poder. No como antes. No como Díaz Ordaz. Pero el Presidente tiene que darle una vuelta de tuerca al sistema en aras de retomar la conducción del sistema político; no puede seguir a la deriva. Que acepte complicidades y culpas, si las cometió. Es probable que Peña Nieto salve el derrotero de su trayectoria con autocrítica férrea y, sobre todo, con la aceptación de las irregularidades que se cometieron durante los dos primeros años de gobierno. Hacerlo sería por su bien como también para aquellos que los rodean. No es una cuestión de valentía. Es una cuestión de ética y de dignidad. Aceptar el error puede ser un atajo para encontrarle solución a las probables  faltas que han ocurrido. Revertir la adversidad del jefe del Ejecutivo depende en gran medida de abrirle el paso a la autocrítica y empezar a desterrar la desconfianza y la irritación de la sociedad que se encuentra en todos lados y que sigue al alza.

jreyna@colmex.mx