De paso

La necesidad de una revolución pedagógica

Durante la semana que pasó fueron muy comentados los resultados del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA, 2012). Sin sorpresas, y como siempre, nuestros estudiantes reprobaron en matemáticas, lectura y ciencias. En otras palabras, reprobaron en lógica, en comprensión de lo que se lee y en conocimiento científico, respectivamente. La primera explicación que viene a la mente es la baja calidad de la educación. No obstante, no todos los alumnos pueden ser malos ni tampoco todos los maestros. El problema es, por tanto, del sistema educativo.

La reforma educativa, ya aprobada constitucionalmente, vendría a ser un mecanismo para solventar un grave y preocupante problema relacionado con el rezago educacional del país. Sin embargo, tiene que decirse que esa reforma es tan solo una condición necesaria y no suficiente para empezar a resolver el problema, pues la evaluación queda relegada a un segundo plano. Sin evaluación, la reforma es letra muerta.

Otra explicación es la mezcla entre el magisterio y su sindicato. Ambos generan una especie de combinación perversa: los maestros se valen del sindicato para obtener prebendas y aportar poco al proceso educativo, mientras el sindicato se aprovecha del magisterio para convertirse, no en el protector del gremio, sino en un poder fáctico que puede desafiar al propio Estado. Ahí está el caso de la maestra Gordillo que definía la política educacional junto con las autoridades federales correspondientes, lastimando con ello la calidad de la educación básica del país. Sin embargo, lo anterior si bien importante es también una condición necesaria y no suficiente para entender el desplome de la calidad de la educación pública nacional.

Los resultados aportados por la prueba PISA son preocupantes porque, de seguir la misma trayectoria de resultados, el país estaría condenado a la inviabilidad. La educación es la condición necesaria y suficiente del desarrollo de un país. Sin una educación de calidad no se tendrían los recursos humanos para catapultar a México a un nivel superior de desarrollo.

Los profesores, en general, están mal preparados. No pueden transmitir el conocimiento a sus alumnos. Por otra parte, el sindicato en sus dos vertientes (SNTE y CNTE) los pervierte (se genera una relación de intercambio de intereses), agudizando con ello la mala calidad de la enseñanza que imparten. Sirvan los datos siguientes para ilustrar la gravedad del problema y el enorme desafío que éste implica: tomando en cuenta las 34 naciones que integran la OCDE, nuestro país ocupó el último lugar en los tres rubros de conocimiento antes referidos.

En los tres, México descendió en todos: de 65 países (incluyendo los de la OCDE), nuestro país pasó del lugar 49 al 52 en lectura, del 51 al 53 en matemáticas y del 51 al 55 en ciencias en el periodo comprendido entre 2000 y 2012. Los datos demuestran que el rezago educacional se incrementa y la reforma educativa recién aprobada no solo es cuestionada por un segmento del magisterio, sino que luce más como una especie de grueso maquillaje al problema que una solución estructural de fondo para que empiece a resolver, con efectividad, el grave problema de la educación nacional.

Los alumnos son el reflejo de una mala educación y sería injusto decir que ellos son malos estudiantes. Los maestros no adquieren los conocimientos suficientes, pero habría que decir que las instituciones en las que se forman no cumplen los requisitos de calidad para formarlos y hacer de ellos buenos docentes.

Por tanto, el problema es cambiar la estructura del modelo educativo. Llevará tiempo, pero el problema es impostergable. Adecuar los planes de estudio a los momentos actuales, exigir el razonamiento más que la memorización e inculcar el valor que tiene una profesión como es la de ser maestro, que se ha ido perdiendo en los laberintos sindicales y en los sistemas de poder. La evaluación, pese a la oposición que genera, tendrá que aplicarse y aceptar, además, las consecuencias que de ella se desprendan.

Introducir cambios radicales al sistema educacional sí es una condición necesaria y suficiente. Puede conducir a un conflicto, como el que hoy se tiene, pero que es necesario asumir. La CNTE, que rechaza la evaluación, no tiene que ser parte del magisterio; sus integrantes lejos están de ser maestros. El Estado mexicano no puede cruzar los brazos y ver año tras año el fracaso estudiantil y no resolver el problema: el sistema de formación magisterial. Urge cambiarlo. Se requiere una revolución pedagógica.