De paso

Todos son iguales

La votación mayoritaria la ganará el que demuestre ser el menos corrupto, no el mejor de los partidos. Esa es nuestra triste realidad.

La campaña electoral que recién arrancó servirá para demostrar qué partido es el más corrupto. La corrupción es el eje del que penderán los “argumentos” partidistas. La clase política, en general, independientemente de su color partidario ha incurrido, eufemísticamente hablando, en actos indebidos. Apenas se dio el “silbatazo” de salida, el PAN se arrojó contra el presidente nacional del PRI por ostentar sus lujosos relojes. Es probable que su adquisición haya sido por una buena administración de su patrimonio y, en vez de comprar algún bien inmueble en Nueva York, tuvo a bien a adquirir sus máquinas de tiempo. La respuesta al PAN no se hizo esperar: de inmediato se recordó que los “mochos” cobran “moches” para la construcción de obras. Que el todavía gobernador de Sonora construyó una presa  para dinamitarla después, con tal de no infringir la ley de aguas federales. Y qué decir del PRD que sus delegados capitalinos son más bien gestores inmobiliarios y sus directivos viajan en helicópteros. Todos son iguales.

La corrupción es el contexto electoral. Este cáncer se reactivó, de manera inusitada, durante este sexenio aunque hay que reconocer que nunca ha disminuido de manera significativa. En sus inicios, la administración de Peña Nieto dio la impresión de que la corrupción no sería tolerada. En febrero de 2013, la intocable maestra Gordillo fue detenida y encarcelada. Pese a su enorme poder sigue recluida. No puede olvidarse el destino que tuvo el procurador federal del Consumidor que, pocas semanas después, fue despedido después de un desplante de soberbia de su hija al no conseguir una mesa en uno de sus restaurantes de preferencia. Dos ejemplos que insinuaban que Peña Nieto estaba encabezando un PRI distinto, renuente a tolerar actos indebidos y corruptos.

Es más, se llegó a pensar que el PRI después de 12 años de ayuno presidencial, había cambiado de manera significativa. Sin embargo, ese espejismo lo diluyó el tiempo. No es necesario repetir los acontecimientos que fueron empañando a la administración de Peña Nieto a punto que dos años después empieza a gestarse su distintivo: la corrupción; se negó lo hecho, se volvió al pasado.

Se perdió la firmeza con la que se actuó como se hizo con la lideresa sindical y un procurador federal mencionado. Sin embargo, hay que aclarar, el cáncer que invade al sistema no es monopolio priista. Tal vez el PRI contribuyó a construir una cultura de la corrupción. Y como tal, infiltró todos los tejidos del sistema a un nivel que, de acuerdo con una encuesta de Reforma (26/III/15), 48 por ciento de los “ciudadanos” encuestados opina que esa lacra es el peor problema que padece el país mientras que 63 por ciento de los líderes cree lo mismo.

Este es el contexto de las campañas que culminarán en la las elecciones de junio próximo. El PRI ha perdido puntos porcentuales después de los escándalos en que se ha visto envueltos y el PAN, sin alejarse mucho de las prácticas corruptas como se demostró en el período 2000-2012, ha ganado terreno pretendiendo ocultar sus irregularidades. Del PRD, que de un partido que ofrecía una alternativa nueva en el momento de su fundación, se volvió una camarilla de amigos que se reparten los puestos y usan los dineros públicos con desparpajo. Ya no se diga del Verde. La votación mayoritaria la ganará el que demuestre ser el menos corrupto, no el mejor de los partidos. Esa es nuestra triste realidad.

jreyna@colmex.mx