De paso

La ideología de Fox fue (es) el oportunismo

El guanajuatense redujo a las naciones asiáticas a entidades monolíticas, en donde no existe diferenciación política.

La última ocurrencia del ex presidente Fox fue declarar que “las ideologías son cosa del siglo pasado” (MILENIO Diario, 16/II/14). El aserto refleja ignorancia y da pie para seguir entendiendo por qué su gobierno fue un desastre. Sin embargo, hay que reconocer que toda ocurrencia del guanajuatense suele provocar: un talento singular. Puede empezarse con la definición más sencilla de ideología: “un conjunto de ideas sobre una realidad determinada”. Se infiere que Fox carece de las mismas para entender el entorno que lo rodea. Una sociedad plural no puede descansar en una sola ideología o sin ideología. En una sociedad se tiene un conjunto de ellas, las que suelen, en general, estar en oposición. Como lo señala uno de los estudios clásicos sobre el tema, una ideología corresponde a una época y a un grupo social determinado, como puede ser una clase social. Los tiempos y los grupos sociales cambian: las ideologías también. (Karl Mannheim, Ideology and utopia. Nueva York, Harcourt, Brace and World, Inc., 1936, p. 56).

Para muchos, dice Mannheim, el concepto de ideología está estrechamente vinculado al Marxismo. En efecto, Karl Marx (1818-1883) contribuyó significativamente al desarrollo teórico de ese concepto. Sin embargo, que lo haya hecho, no implica que nuevos planteamientos de la realidad hayan emergido y sus contenidos sean ajenos y/o distantes de la filosofía Marxista.

En otras palabras, no puede haber una concepción del mundo sin una ideología. Ésta es una representación de la realidad y tiene que estar acompañada, además, de un programa de acción. Es obvio, por ejemplo, que el PAN no puede tener la misma ideología que el PRD (visiones diferentes de la realidad) y, por tanto, la instrumentación política de ese conjunto de ideas es diferente pero, a la vez, necesaria para la estabilización y/o el desarrollo de un orden social determinado. Por eso Mannheim tituló su libro Ideología y utopía, pues de una concepción de la realidad pueden surgir objetivos que, al plantearse, suenan utópicos, pero, en caso de realizarse, pasan a ser parte de la realidad de una época, de un grupo social en un momento determinado. La utopía es un detonador potencial del cambio.

Incluso el pragmatismo que argumenta Fox, como la solución de los problemas relevantes del país, podría ser una ideología, aunque no se dé cuenta, como siempre. Ese pragmatismo oculta más bien su oportunismo: su incondicional apoyo, hoy en día, a Peña Nieto. Fox dice haber dejado las ideologías a un lado. Lo aprendió, según él, en Asia (¿en China, en Vietnam, en Japón?), pues en ese continente, de acuerdo con el dicho del guanajuatense, las ideologías junto con los partidos políticos “ya son cosa del siglo pasado”. En esas latitudes “ya no se pierde el tiempo con discusiones estériles de izquierda, de centro o de derecha”. En otros términos, Fox redujo a esas naciones a entidades monolíticas, en donde no existe diferenciación política: un espacio donde todos piensan igual, todos se comportan igual, todos tienen lo mismo y no hay conflicto.

En un país como México, con el grado de desigualdad que nos lacera, una posición de izquierda resulta fundamental. Lástima que la izquierda mexicana se encuentre fraccionada, porque esa posición política, puede proponer  la disminución, como política pública desprendida de una ideología, de esa inequidad brutal que lastima al conjunto de la sociedad mexicana.

Las ideologías son parte de un grupo social desarrollado. Son, de hecho, el motor que impulsa determinado tipo de cambios que pueden orientarse a una mejor distribución de la riqueza o a lo contrario. Las ideologías distinguen a los grupos o clases sociales, a las instituciones, a los movimientos políticos. ¿Acaso en Venezuela no está contrapuesta la ideología fascista de Nicolás Maduro contra la ideología democrática liberal que encabezan sus opositores?

Fox no lo ve así. No importa, sin embargo, qué “piense” él, porque su influencia es nula, aunque de un oportunismo enorme. Lo que importa destacar es que la pobreza de ese pensamiento puede contaminar a algunos miembros de la clase política y comprar las baratijas políticas y de cualquier índole que el ex presidente de las botas siempre ha vendido. Como la Coca-Cola. Por fortuna, aunque nuestra democracia sea incipiente, se tienen ideologías que son, entre otras alternativas, los caminos que pueden darle paso a los cambios que una sociedad siempre requiere. Como la nuestra. Es obligado releer a Anthony Giddens.

jreyna@colmex.mx