De paso

Si no es guerra, ¿qué es?

Nuestra cotidianidad es la violencia, la corrupción, la inseguridad, la impunidad. Nos encontramos en un contexto de profunda crisis, cuyo mejor indicador es el alto grado de inseguridad que nos envuelve y la inclemente violencia que nos azota: consecuencia directa de un Estado inoperante. El país está lacerado por un conflicto armado, estrictamente hablando, porque sin duda hay armas, y muchas, de por medio; México es, como en el pasado, un país armado al que lo acompañan endebles instituciones políticas y de seguridad nacional. Éstas han sido rebasadas y el tan llevado y traído “monopolio de la fuerza legítima” está resquebrajado: es más, dejó de existir.

En este mismo espacio se escribió (MILENIO Diario, mayo de 2008) que “el país se encuentra en estado de guerra”. Se señalaba que “el embate del crimen organizado contra las instituciones del Estado resulta alarmante. El número de víctimas crece día a día. Las confrontaciones entre los miembros de los diversos carteles entre sí y estos contra las fuerzas del orden permiten afirmar que México ha entrado en un estado de guerra y de inseguridad creciente”. Ha pasado casi una década y las cosas siguen igual; es más, han empeorado.

Un estudio del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos reveló que México es el país más violento solo después de Siria. En 2016, nuestro país se vio desangrado por alrededor de 23 mil homicidios dolosos, cerca de la mitad de las bajas ocurridas en ese país arábigo.

Aceptando que esas cifras no son estadísticamente comparables en términos absolutos, el punto fundamental es que nuestros muertos son demasiados. En los días recientes la crisis de inseguridad se ha agravado. Periodistas muertos a plena luz del día bajo el amparo de la impunidad. Activistas que corren la misma suerte. Defensores de los derechos humanos que arriesgan su vida en aras de su misión. Como resultado, el enojo crece en la sociedad: sencillamente está desamparada.

Existen zonas del país que son casi infranqueables para las fuerzas armadas (la Tierra Caliente de Guerrero). Zonas de saqueo (Puebla y los huachicoleros) a la vista de todos que son solapadas por las autoridades de todos los niveles y ahora son fuente de otro conflicto que necesariamente tiene que enfrentar un Estado desgastado, para no decir fallido, totalmente incapaz de garantizar la seguridad mínima de la sociedad.

La violencia riega el país. Son demasiados frentes donde el conflicto hace de varias regiones zonas de guerra. Que no se acepte en términos formales el concepto de guerra por la administración presidencial actual, tal como en la de Calderón cuando se inició el caos en el que estamos sumergidos, sirva de ejemplo observar a la norteña ciudad de Reynosa convertida un campo de batalla. Ahí se está perdiendo el día a día, ir a la escuela, acudir al trabajo, hacer las compras.

La policía de Zihuatanejo capitaneada por el hampa. Llevará mucho tiempo respirar nuevamente con tranquilidad. Ahora lo único razonable es aceptar que estamos sumergidos en una “especie de guerra” y si no es guerra, ¿qué es?

jreyna@colmex.mx