De paso

Las elecciones y la desconfianza

Observando las campañas electorales actuales es inevitable concluir que la transición hacia la democracia está en crisis. Que faltan instrumentos para que la desconfianza no corroa uno de los actos más importantes para vivir en una sociedad civilizada: elecciones creíbles.

Un rasgo de nuestro sistema electoral es que está cimentado en la desconfianza. Nadie confía en el otro. Como diría el escritor estadunidense Tennessee Williams: “Debemos desconfiar unos de otros. Es nuestra única arma contra la traición”. Nuestra desconfianza, como ingrediente cultural, viene de siempre. Los procesos electorales la tienen como una de sus premisas mayores. No es suficiente un INE (antes un IFE). Se necesita escalar aún más para que sea otra instancia la que decida: el Tribunal Electoral. En México nadie pierde y, cuando sucede, la derrota se cuestiona. Los que ganan es “a la mala”. No confiamos en la victoria porque no confiamos en nosotros mismos ni como personas y menos aún en las instituciones que nos envuelven.

Por eso nuestra democracia es tan pobre y, a la vez, tan cara. Por eso en el debate político no hay argumentos, hay descalificaciones. Demostrar que el contendiente es peor que el otro. Una democracia cuyo costo es de miles de millones de pesos y con resultados tan raquíticos. Una inversión enorme para tener no una ganancia pequeña, sino una pérdida total de los recursos públicos, tan necesarios para atender otros problemas y no para engrosar las arcas de los partidos y el bolsillo de sus propietarios.

El sistema autoritario no exigía confianza. Cuando ésta era necesaria se imponía. En la democracia sí se requiere. Sin embargo, en el mejor de los casos se compra, no se consigue. Por eso el enorme desprecio que existe hacia los partidos políticos y aquellos que forman parte de los mismos. Se compran voluntades (despensas, mochilas, pases para el cine) pero sin convencer las conciencias ciudadanas: un trueque, no una coincidencia de intereses. Por eso el dilema de votar o no votar. Quienes se postulan se envuelven en el manto de la opacidad para que nadie sepa el patrimonio que, con “gran esfuerzo”, han conseguido. Ejemplos sobran: en Sonora, en Michoacán, Nuevo León, donde se quiera.

Lejos estamos, como régimen político y como sociedad, de saber ganar o de aceptar perder: asumir los resultados. Éstos suelen, por regla, entrar en la zona del debate. Nadie le cree al otro y al declarar a un perdedor el conflicto se genera. La desconfianza hace que nuestra democracia no se consolide, hace de nuestras elecciones una especie de ceremonia sin sentido y, por desgracia, nuestros problemas como sociedad son los mismos de siempre. Sirvan de ejemplo las recientes elecciones en el Reino Unido: se ganó, se aceptó y no se cuestionó: hay gobernabilidad.

En México no hay perdedores. Por eso un Tribunal Electoral es más importante que el voto depositado en la urna. Cuando el tribunal deje de ocupar un lugar tan central dentro del sistema electoral se habrá dado un paso significativo encaminado a construir una democracia más sólida. Por ahora, estamos lejos de eso. Observando las campañas electorales actuales es inevitable concluir que la transición hacia la democracia está en crisis; cerca del fracaso. Que faltan muchos instrumentos para que la desconfianza no corroa uno de los actos más importantes para vivir en una verdadera sociedad civilizada: elecciones creíbles. La gran culpa es de los partidos que actúan como franquicias comerciales. Y la gran culpa es nuestra también por no exigirles más a esas instituciones, si así pueden llamárseles: nuestras elecciones envueltas en la desconfianza son regresivas y deparan un futuro incierto.

jreyna@colmex.mx