De paso

Dinastías presidenciales

El poder es adictivo. Quien lo tiene (o tuvo) procura conservarlo. Las dinastías como un medio, entre otros, para lograrlo. “Una dinastía se define como una familia en cuyos individuos se perpetúa el poder…” (RAE). El mejor ejemplo histórico se encuentra en las monarquías. Una dinastía longeva, entre hermanos, es la cubana: los hermanos Castro (no los cantantes) han ejercido el poder durante 57 años y la cuenta sigue. Otra fue la del argentino Juan Domingo Perón, quien, al fallecer, fue sucedido por su esposa, la vicepresidenta Estela Martínez (Isabelita). Su mandato se extendió de 1974 a 1976. Fue derrocada por un golpe militar. Le cabe el honor de ser la primera mujer en el mundo de presidir un país, bajo preceptos constitucionales.

El ex presidente Clinton y su esposa son también un ejemplo dinástico. Después de ocho años de su mandato (1992-2000), Hillary se mantuvo 12 años en las entrañas del poder, primero como senadora y luego como secretaria de Estado. Los intentos por perpetuarse en el poder se desvanecieron en la  elección de noviembre pasado, ante Trump. Sin embargo, no puede declararse el fin de esta dinastía. Queda su hija (Chelsea) quien, sin duda, será una futura contendiente presidencial.

En América Latina, la dinastía más exitosa ha sido la de los argentinos Kirchner: Néstor y Cristina. Llegaron al poder en 2003. El kircherismo (K) fue un movimiento político que, independientemente de (o por) sus tintes populistas, tuvo la capacidad de mantenerse en el poder durante 12 años, seis meses y 15 días. El voto ciudadano los llevó y los mantuvo en el poder.

Néstor (2003-2007) y Cristina (2007-2015) supieron leer el talante argentino. Tal vez ese fue uno, entre otros, de sus méritos principales. El K rechazo las políticas liberales y se inclinó por la intervención del Estado en el mercado con el fin de disminuir la desigualdad y la exclusión sociales. El K fue también un gran opositor de los tratados de libre comercio (como Trump). El modelo de los Kirchners fue capaz de seducir al votante argentino: éste le abrió la puerta a una dinastía exitosa.

El calderonismo también quiere fundar su dinastía. Felipe y Margarita. Como el intento fallido del foxismo en su momento: Vicente y Marta. Sin compartir la ideología del K, los Calderón-Zavala tienen el mismo objetivo. La monarquía sexenal (Cosío Villegas dixit) podría llegar a su fin, si acaso Margarita triunfara. La reelección, principio constitucional sagrado, se daría por la vía de la dinastía, sin violar ese precepto. La sucesión presidencial podría reflejar un nuevo horizonte, pero a la vez tendría que haber un nuevo orden de legitimidad: que la ciudadanía en efecto crea que el poder dinástico pueda ofrecer una verdadera alternativa de cambio de la que, por cierto, estamos urgidos. Puede decirse que es poco probable el éxito dinástico en México. Este país no requiere de continuidades ni reciclajes, de los mismos personajes. Precisa de un liderazgo fresco, creativo y no más de lo mismo. Pronto se inaugurarán tiempos inéditos en los que las dinastías, puede afirmarse, poco tendrán que hacer.

jreyna@colmex.mx