De paso

¿Qué le debe el Estado al sindicalismo?

Si algo distingue al sindicalismo mexicano, es la riqueza de sus dirigentes. La ostenta, además, sin recato. En alguna ocasión, una reportera le espetó al fallecido líder Gamboa Pascoe que "si no consideraba un insulto que un líder obrero llegara a la CTM en autos de lujo". Su respuesta lo definió, no solo a él, sino a la cúpula sindical mexicana: "(si) los trabajadores están jodidos, ¿yo también debo estarlo?". El sindicalismo mexicano, desde siempre, se ha desarrollado bajo el cobijo del Estado. Recuérdense los lujos que rodeaban, allá por los años 20 del siglo pasado, a Luis N. Morones, dirigente de la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM). De un modesto trabajador de la Compañía Telefónica Mexicana escaló las alturas del poder: llegó a ser secretario de Industria, Comercio y Trabajo en la presidencia de Plutarco Elías Calles. A Morones le gustaba exhibir sus anillos de piedras preciosas que, según su dicho, podrían servir para salvar de algún apuro a los trabajadores.

Fidel Velázquez fue más discreto, pero no menos acaudalado. Su poder lo convirtió en uno de los "grandes electores presidenciales". Dejó el cargo cuando murió; fue perpetuo. Era la época en que la CTM era uno de los pilares del PRI. Su sector obrero era (y es) parte de este partido y, desde ahí, se evitaba que surgiera cualquier conflicto. El control de la clase trabajadora fue, en el pasado, un garante de la estabilidad política del país.

Un líder del Sindicato de Trabajadores de Pemex, Joaquín Hernández (La Quina) no escapó de la bonanza que, por su cargo, obtenía. Sin embargo, este líder petrolero terminó su carrera en la cárcel, después de estar 28 años al frente de ese sindicato. Su pecado fue haber apoyado, en la contienda presidencial de 1988, a Cuauhtémoc Cárdenas y no a Carlos Salinas. Su detención fue por acopio de armas. Con él cayeron sus más cercanos colaboradores, como fue Salvador Barragán Camacho, famoso por sus despilfarros. Estos dos casos insinúan una respuesta a la pregunta con la que se titula este artículo: el liderazgo de La Quina dejó de ser funcional a los intereses del Estado.

La maestra Gordillo es otro caso de ostentación impúdica de riqueza. Como lideresa del magisterio fue considerada como una de las mujeres poderosas y ricas de México. Su poder lo obtuvo por la vía del priismo, pero cuando este partido perdió la Presidencia de la República (2000) no titubeó en acercarse al PAN. Manejó la SEP como quiso (le impuso a Fox al secretario del ramo) y al frente del SNTE, el sindicato más numeroso de América Latina, veía ingresar carretadas de dinero a las arcas del mismo. Fue apresada en 2013 por lavado de dinero, lo que mereció un aplauso de la ciudadanía al recién llegado presidente Peña Nieto. Como La Quina, dejó de ser funcional al sistema.

Hay dos líderes, sin embargo, que todavía se vanaglorian, con cinismo, de sus posesiones: Romero Deschamps, senador y líder petrolero, y Víctor Flores, líder de lo que queda del sindicato de Ferrocarriles Nacionales. Del primero se sabe del "amor por sus hijos", quienes viven rodeados de lujos extravagantes. Del segundo se sabe que el fideicomiso para jubilar a los trabajadores ferrocarrileros se maneja con extrema opacidad y sin haber cumplido su compromiso con ellos. No obstante, sus excesos dispendiosos son públicos. ¿A estos dos les debe algo el Estado? La respuesta es sí, ya que hasta ahora son intocables. ¿Hasta cuándo se les permitirá seguir así?

jreyna@colmex.mx