De paso

El fin de la ideología

Hace 56 años, Daniel Bell publicó uno de los libros más influyentes del siglo XX (The end of ideology, Harvard University Press, 1960). Su argumento consistía en que las ideologías estaban agotándose. El liberalismo, el conservadurismo y el marxismo agonizaban y, en su lugar, aparecerían otras, pero de carácter “muy limitado”. Según él, la ideología política se volvió irrelevante para la “gente sensible”. El argumento es correcto, aunque no necesariamente en el tiempo, pues se planteó durante la segunda mitad del siglo pasado. La guerra fría, en alguna medida, lo desvirtuaría.

La tesis que Bell esbozó, sin embargo, se ajusta al sorpresivo resultado electoral estadunidense de la semana pasada. Una elección inédita. Así lo demostró el voto por un histrión carente de una plataforma ideológica. Un personaje sin propuestas políticas, excepto las del encono, la cerrazón y la exclusión. Se votó por un actor que supo leer muy bien el malestar de una gran parte de la ciudadanía y, de esa lectura, obtuvo los réditos suficientes que lo catapultaron a la posición más poderosa del orbe, a costa de que cercenara su nación.

La ideología no importó, porque no la había. Predominó y valió el insulto, el discurso vacuo pero incendiario y, sobre todo, entendible y aceptable para muchos. Una palabrería que cautivó a la mitad de una ciudadanía que, en promedio, tiene una buena calidad de vida y que les resultó atractivo un personaje que decía lo que muchos temían decir y mucho menos hacer. Trump demostró al mundo que dentro de la democracia cabe cualquier cosa, hasta la exclusión y el racismo. Aun así, ese régimen sigue siendo “el mejor de todos excepto los demás”.

El triunfo de Trump manifiesta que el modelo político democrático está en crisis. Lo están sus instituciones y qué decir de sus partidos políticos que son entelequias plenas de privilegios pero alejadas de la gente, de sus necesidades e intereses. Los partidos políticos sufren una crisis de representatividad. Trump demuestra también que la democracia puede generar un régimen sin contrapesos, tan vertical como un imperio: el Congreso (diputados y senadores) es de su partido y la Suprema Corte de Justicia actuará acorde a los intereses del futuro presidente. El electorado se inclinó por ungir a un sultán, no a un presidente.

Trump ganó incitando al voto contra el orden establecido (el establishment). El rechazo del electorado a las instituciones constituidas fue conducido con maestría. Repitiendo hasta el cansancio, como parodia circense, verdades a medias y mentiras completas. Su triunfo inaugura una nueva forma de hacer política: se puede ganar sin ideología. Gobernar puede convertirse en ocurrencia y, por la importancia del país, puede desatar el caos global y, de su mano, una brutal incertidumbre. Su triunfo deja un país escindido y gobernar bajo este esquema puede resultar un reto hasta para el personaje en cuestión. Un triunfo “desideologizado”, aunque cargado de amenazas, que hacen tambalear a Estados Unidos y al mundo todo. El fin de la ideología.

jreyna@colmex.mx