De paso

Profunda crisis ambiental

La crisis ambiental que vive la Ciudad de México y la zona conurbada es inquietante. Se ha demostrado en los últimos días que el doble Hoy No Circula puede ser un paliativo, pero no una solución de fondo para mejorar la calidad del ambiente. Agréguese lo siguiente: las medidas de las autoridades han convertido a los automovilistas en el mayor objeto de castigo. Los microbuses, autobuses, camiones de carga son tratados con laxitud, pese a ser focos significativos de contaminación. Las industrias son parcialmente reguladas. El desordenado desarrollo inmobiliario no tiene freno. En una palabra: el caos.

Se argumenta que las medidas tomadas son para prevenir enfermedades respiratorias y cardiovasculares. No se ha reparado, sin embargo, que la población de esta urbe se ve afectada en su salud emocional: los daños colaterales. La tensión que produce abordar un abarrotado transporte público, el tiempo de espera, la angustia de llegar tarde al trabajo o a la escuela, la irritación de trasladarse en las peores circunstancias son factores que merman la calidad de vida de los millones que habitamos en esta metrópoli.

Una reveladora investigación del Centro de Opinión Pública (COP) de la Universidad del Valle de México apunta con claridad los padecimientos consuetudinarios de la capital del país y los municipios que la rodean. Sirvan algunos datos: en promedio los capitalinos invierten de una a tres horas para llegar a su trabajo o a la escuela. Por lo general, tienen que tomar más de un medio de transporte para llegar. Pueden gastar entre 21 y 100 pesos diarios a cambio de ir en transportes chatarra. Incluso el Metro, que es el medio más eficiente de transportación, resulta insuficiente para satisfacer la demanda creciente de usuarios.

De no instrumentarse un plan integral que ponga orden en el caos urbano que hoy en día se vive, diversas consecuencias afectarán la vida de la ciudad y sus alrededores. De la investigación del COP se desprende que entre más tiempo se emplee en los traslados la productividad laboral y la escolar pueden verse mermadas. Dos ejes del crecimiento resultan afectados: el académico y el del trabajo.

Una de las soluciones es lanzar un proyecto de transporte público de calidad. La contingencia ambiental ha demostrado que no se tiene. Habría que encontrar las razones porque los microbuses y los autobuses se les permiten hacer las paradas donde a los choferes se les da la gana, en medio de la vía pública y sin que nadie les llame la atención. De nada ha servido el nuevo Reglamento de Tránsito, excepto para multar, pero no para reordenar el caótico tránsito de la capital.

La inseguridad que se percibe al viajar en el transporte público es otro factor que es necesario considerar. El COP encontró que 60 por ciento de los usuarios no tiene confianza en los choferes que, como se observa en el acontecer diario, circulan a velocidades por arriba de lo permitido, frenando intempestivamente y usando sus bocinas sin ningún recato. Por lo anterior, los habitantes de la ciudad prefieren transportarse en auto, que es el tercer medio de transporte más utilizado en la ciudad y sus alrededores. La contingencia no solo es un problema ambiental. Es un reto a la autoridad, para desarrollar proyectos de un transporte público eficiente en manos de conductores civilizados y sancionar con mayor rigor a quien infrinja la norma. No instrumentar medidas al respecto podría paralizar la vida de la ciudad, el corazón del país.

jreyna@colmex.mx