De paso

El crecimiento económico: un reto

El desempeño económico del país no guarda una relación con el tipo de sistema político. El desempeño económico es deficiente tanto en el autoritarismo fuerte que tuvimos como en la débil democracia en la que estamos.

Los hechos son irrefutables: la economía mexicana tiene un desempeño mediocre. La autoridad financiera admitió que el crecimiento será este año de 2.7 por ciento y no de 3.9, tal como había sido estimado en septiembre pasado: una baja considerable. La mala noticia confirma la tendencia que muestra la economía mexicana desde hace más de tres décadas: un escaso dinamismo. A partir de 1982, cuando la administración presidencial de Miguel de la Madrid iniciaba su sexenio, los indicadores económicos se desplomaron. Si se compara con cualquier sexenio a partir de 1940, el de 1982-1988 es el peor de todos, incluidos los dos panistas (2000-2012): la economía mexicana, en esa década perdida de los 80, creció a un raquítico 0.3 por ciento (cifras-Inegi).

Es durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) que México encuentra el camino del crecimiento económico. La sustitución de importaciones, como consecuencia del conflicto bélico, y el proteccionismo que el Estado le ofrendó al empresariado mexicano fueron dos factores claves para impulsar la industrialización y el crecimiento: entre 1940 y 1950, el crecimiento promedio anual fue de 5.5 por ciento. Era el comienzo de un periodo de enorme dinamismo que se extendería hasta 1980. Entre 1950 y 1980 los resultados económicos fueron, sin exagerar, espectaculares. El PIB se desenvolvió a una tasa promedio anual de 6.7 por ciento: el desarrollo estabilizador o, como se conoce también, el milagro mexicano.

El mercado interno se fortalecía, los salarios reales crecían y la estabilidad cambiaria no tuvo oscilación alguna por más de 22 años (1954-1976). México se volvía una promesa, una potencia emergente y, durante la segunda mitad del siglo XX, no hubo país que le hiciera sombra dentro de la región latinoamericana. Este exitoso periodo demuestra que México tuvo la estrategia, los mecanismos, los recursos y el talento de sus funcionarios para crecer de manera alta y sostenida. Bastaron poco más de 30 años para cambiarle, en buena medida, el rostro y el rumbo al país.

No puede inferirse, sin embargo, que el autoritarismo político prevaleciente durante esa época fuera el factor determinante para alcanzar los logros obtenidos. Pero influyó: el control político piramidal del sistema no permitía disidencias y, en tanto éstas emergieran, eran reprimidas, como sucedió en los movimientos sociales y obreros de 1948, 1958, 1965 y 1968, o se resolvían en una mesa de negociación. Empero, no es posible establecer un vínculo entre autoritarismo y crecimiento.

Durante los años 80 el sistema político cambió poco. En esencia era el mismo de las décadas anteriores; una Presidencia omnímoda y un partido hegemónico que limitaban, con eficacia, la participación política. El populismo (un ingrediente autoritario) de los años 70, instrumentado por Luis Echeverría y José López Portillo (1970-1982) hizo de la deuda el sostén de la economía, socavando la productividad. Tan fue así que en 1981 el país empezó a tambalearse. El neoliberalismo, además, abría la economía nacional a la competencia junto con un debilitamiento de los mecanismos proteccionistas. Ambas medidas sumieron al país en uno de los peores momentos de su historia. Lo que se había logrado empezó a diluirse. Y han pasado más de 30 años que empezó a desaparecer ese México pujante y, en contraste, emerge un país envuelto en crisis económicas de dimensiones enormes, junto con incrementos significativos de la pobreza y la desigualdad.

Entre 1980 y 2000 la economía creció 2.6 por ciento anual en promedio. Y entre 2000 y 2012 cayó a 2 por ciento. La alternancia política tampoco fue un elemento que se asociara con el crecimiento y el bienestar social. Dicho de otra forma, en la democracia incipiente que tenemos tampoco se encontró el detonante del crecimiento. Si se considera el crecimiento demográfico, México ha retrocedido, en los últimos siete lustros, su ingreso por habitante.

El periodo que se analiza permite afirmar que el desempeño económico del país no guarda una relación con el tipo de sistema político. El desempeño económico es deficiente tanto en el autoritarismo fuerte que tuvimos como en la débil democracia en la que estamos. Lo demuestran los hechos a partir de 1982. Puede decirse que el éxito económico del desarrollo estabilizador descansó en proyectos de largo alcance, en la eficacia de una clase política, pese a que ayer y hoy la corrupción y la impunidad se mantienen imbatibles. La carencia de un proyecto y de una visión de nación hace del crecimiento y el bienestar un verdadero reto.

jreyna@colmex.mx