De paso

Los costos del crecimiento mediocre

Estimular la economía tiene que ser prioridad, hay riesgo de que empiece a crecer más el descontento y la democracia se ponga en riesgo. No hay que olvidar otro factor que actúa contra el crecimiento: la inseguridad. O que los empresarios han calificado a la reforma fiscal como un lastre.

Es un hecho que 2014, económicamente hablando, será un mal año. No será tan desastroso como 2013, cuando el crecimiento alcanzó un raquítico 1.1 por ciento. Sin embargo, la cifra estimada recientemente por la Secretaría de Hacienda no es para estar de plácemes: ubica el desempeño económico, por ahora, en 2.7 por ciento, dejando muy atrás el 3.9 originalmente propuesto. Conviene recordar que el año entrante tendrá lugar la elección federal para renovar la Cámara de Diputados y, además, cerca de una decena de gubernaturas estará en disputa. La situación insinúa que, en tanto el crecimiento no repunte, el potencial voto de castigo contra el partido en el poder aumentará en una proporción nada desdeñable.

De acuerdo con el Inegi, durante el primer trimestre de este año “el PIB creció 0.28 por ciento respecto al periodo previo, con base en cifras ajustadas por estacionalidad” (S. Rodríguez, MILENIO Diario, 4/VI/14). Lograr 2.7 significa que la economía tendrá que crecer a tasas superiores a 4 por ciento, lo que se antoja inviable dadas las condiciones del país. No es fortuito que el presidente Enrique Peña Nieto haya obtenido una aprobación menor a 50 por ciento de acuerdo con la sexta evaluación trimestral elaborada por la empresa encuestadora Mitofsky: la economía es el factor explicativo.

Las reformas que se han aprobado, aunque falta todavía por definir las llamadas leyes secundarias, no darán frutos en el corto plazo. La reforma energética se vendió con el señuelo de que los precios de los energéticos irían a la baja. Es probable que así ocurra. No obstante habrá que esperar algunos años para que eso acontezca. Mientras tanto, los precios de dichos insumos seguirán al alza, lo que deteriorará la imagen reformista que ha adquirido el actual gobierno priista.

En la reunión de la Organización de Estados Americanos (OEA), que tuvo lugar la semana pasada en Paraguay, el secretario general  de ese organismo multilateral (J. M. Insulza) subrayó que “la desigualdad y la mala distribución de la riqueza representan una limitación para la democracia en América Latina”. No obstante, el funcionario agregó que nuestra región “ha experimentado en los años un crecimiento muy importante porque ha habido una reducción de la pobreza de 60 por ciento” (diversos medios, 3/VI/14).

De lo anterior se desprende que uno de los factores que han obstaculizado un mayor dinamismo económico en México es precisamente el nivel de pobreza existente. Nuestro país es uno de los pocos en la región que ha fracasado en disminuir el número de pobres de su población. Según algunos cálculos, 53 millones de mexicanos padecen algún tipo de pobreza (patrimonial, alimentaria, extrema). Esta situación explica, en parte, por qué México tiene gran desigualdad en su distribución del ingreso, un mercado interno débil y un crecimiento magro como es el que se aprecia desde hace más de tres décadas. América Latina creció en 2013 a una tasa promedio de 2.5 por ciento mientras, como se anotó líneas arriba, México lo hizo solamente en 1.1 por ciento, esto es menos de la mitad de lo que el resto de Latinoamérica.

El semanario británico The Economist desliza una explicación que es necesario tomar en cuenta para catapultar a la economía nacional. El mal desempeño lo atribuye a la baja productividad que prevalece y, sobre todo, a la prevalencia de una enorme economía informal. Las cifras son preocupantes, pues tres de cada cinco mexicanos que trabajan se encuentran en este sector, donde no hay prestaciones, donde no se pagan impuestos y su sobrevivencia depende de los trabajadores (con ingresos poco decorosos en su mayoría) que están dentro de la formalidad. Lo anterior, además, implica un gasto gubernamental enorme para atender a los millones de habitantes carentes de asistencia social. Se gasta más de lo que se tendría que hacer en políticas asistenciales.

La administración de Peña Nieto ha recorrido una cuarta parte de su periodo. Estimular la economía tiene que ser la prioridad número uno, hay riesgo de que en el país empiece a crecer más el descontento y la democracia se ponga en riesgo. No hay que olvidar otro factor que actúa contra el crecimiento: la inseguridad, que no cede. Otro, que los empresarios han calificado a la reforma fiscal como un lastre. La administración tiene que diseñar una estrategia que disminuya los costos sociales y políticos en el corto plazo. No hacerlo puede ser el principio de un gran rezago.

jreyna@colmex.mx