De paso

Cuando la corrupción pasa la factura

La propuesta para deslindar responsabilidades sobre los desastres recientes está anunciada. La negligencia y la corrupción, sin duda, potenciaron las devastadoras consecuencias que trajeron Manuel e Ingrid. Peña Nieto ha ordenado una investigación a fondo, cuya intención es encontrar a los responsables de lo ocurrido. Los meteoros develaron los abusos de funcionarios públicos y empresarios, los que, por ahora, se cobijan en la oscuridad, pero con fortunas incalculables.

Pasan los días y la magnitud del desastre, medido por los miles de millones de pesos que tendrán que emplearse para resarcir los innumerables daños, repercutirá en el crecimiento económico. Las estimaciones de crecimiento del PIB cada vez son menores (1.43 por ciento es la última cifra dada a conocer) y el factor meteorológico inevitablemente contribuye a pronóstico tan pesimista. No se diga el impacto que el mismo tendrá sobre la inflación: los productos agrícolas experimentarán un incremento significativo.

Se sabe que el coordinador nacional de Protección Civil no es experto en la materia que le fue encomendada. Sin embargo, tiene a su favor la amistad que le dispensa Peña Nieto (Aguayo, Reforma, 2/X/13). El amiguismo, en este contexto, equivale a corrupción. Muchos funcionarios públicos ostentan un puesto en la administración (federal o local) sin tener el perfil idóneo para el cargo. Durante el sexenio calderonista, de tan malos resultados, se distinguió la lealtad al Presidente y se menospreció la experiencia y el conocimiento. Ejemplos sobran. Sin embargo, este no fue un yerro de Calderón, sino es parte de una cultura política que, pese a los avances (relativos) democráticos que ha experimentado el país, sigue vigente; predomina el amiguismo antes que el desempeño eficiente de una función pública. La lealtad sin importar los resultados. Es urgente superar esta etapa.

Sería injusto afirmar que todos los nombramientos del gabinete actual no responden al criterio de la eficiencia. Hay que mencionar, por ejemplo, el profesionalismo del secretario de Comunicaciones y Transportes. Su lenguaje lo retrata: sabe de lo que habla y, en consecuencia, conoce hasta dónde puede llegar cuando hace un compromiso. Infortunadamente, estos nombramientos son los menos, y los que predominan son aquellos que improvisan, que desconocen la materia bajo su jurisdicción.

La administración presidencial actual llegó generando muchas expectativas que se han ido diluyendo al pasar del tiempo; empieza a decepcionar. El regocijo que causó el discurso de toma de posesión de Peña Nieto el 1 de diciembre pasado era prueba de que México tocaba la puerta de un espacio más habitable. Las reformas, en especial la educativa, el combate contra los poderes fácticos, el combate frontal a la corrupción, entre otras cosas, permitían asumir una especie de esperanza renovada después de un sexenio que convirtió al país en un sangriento campo de batalla. Se descuidaron las políticas sociales: ahí está como ejemplo el incremento de la pobreza durante el último lustro. México es uno de los países en Latinoamérica que en los últimos años registró un aumento en el número de pobres. Después de las lluvias que azotaron al territorio, esa cifra sin duda aumentará.

Uno de los puntos centrales de las ofertas presidenciales hace 10 meses fue lanzar una Cruzada Nacional contra el Hambre. La Sedesol fue la institución encomendada para el logro de ese objetivo. Pocos meses después, el Consejo Nacional de la Evaluación de Desarrollo Social (Coneval) ha señalado que el programa tiene imprecisiones en su diseño, pues no definió bien el concepto hambre, pues no consideró la generación de empleos, como consecuencia del crecimiento económico. Por tanto, todo esfuerzo encaminado a abatirla es fútil (La Jornada, 2/X/13). De nueva cuenta, la improvisación o la ineptitud sepultan un programa que sin duda es urgente, dadas las condiciones estructurales en que se encuentra el país.

Los retos del PRI de Peña Nieto son múltiples, y se acentúan ahora, después de los desastres que ha sufrido el país. Estos han puesto al descubierto que la administración presidencial tiene que diseñar un camino distinto al que se ha recorrido en el pasado: una cirugía mayor. Se debe priorizar la eficiencia y dejar atrás la improvisación, el amiguismo y, sobre todo, la corrupción que fue uno de los factores centrales que explican los desastres recientes. No hacerlo implicaría que el PRI sigue siendo el mismo de siempre.