De paso

En busca de la autoridad perdida

Las propuestas presidenciales tendrán, si acaso, efectos de mediano plazo. Mientras tanto, Peña Nieto tendrá que encontrar las vías alternativas en la búsqueda de la legitimidad perdida.

El poder sin legitimidad implica ausencia de autoridad. Eso es lo que se perdió en estas semanas aciagas. Bastó que transcurriera el primer tercio del mandato presidencial actual para que el Presidente perdiera credibilidad y legitimidad ante los ojos de la ciudadanía: no hay confianza. La manera que el jefe del Ejecutivo y su gabinete han enfrentado los diversos retos que la realidad les ha puesto no ha sido convincente en cuanto a su resolución. La desaparición forzada de 43 estudiantes fue la gota que derramó el vaso, lleno de impunidad, corrupción, violencia y un mediocre desempeño económico. El sexenio es joven y eso implica que rescatar la autoridad perdida se convierta en una tarea titánica. Y aunque se pueda redimir algo de lo perdido, el sexenio actual tiene ya el sello distintivo con el que pasará a la historia política nacional: Ayotzinapa y una casa blanca.

Iguala demostró que la violencia sigue tan viva como lo fue durante el sangriento sexenio anterior. Es un caso que demuestra que la ley, en este país, es ficticia: existe, pero en el papel. El gobierno federal actual no provocó los nefastos incidentes que ocurrieron en esa localidad guerrerense, pero si falló en cuanto a reaccionar con la debida rapidez para darle respuesta a un hecho doloroso y sangriento que ha puesto al sistema político de rodillas.

El desastre guerrerense ha trascendido nuestras fronteras. Es probable que en muchas partes del globo nos vean como un “país bananero”, en donde se practica la tortura y el canibalismo (el joven desollado en Iguala). El 68 fue “librado” por Díaz Ordaz por el manto férreamente autoritario que envolvía al sistema y a sus huéspedes: no era necesario dar explicaciones. Hoy, las circunstancias son otras, pues a pesar de tener una democracia en vías de construcción, el sistema ya no puede reaccionar como en el pasado. Ahora la clase política, empezando por el propio Presidente, tiene que rendirle cuentas a una ciudadanía que exige respuestas a tantos problemas que la lastiman. Para ello se necesita un liderazgo, que no existe, y una autoridad moral que no se tiene: hay que buscarla, para desde ahí, empezar la imprescindible reconstrucción del país.

Si a lo anterior se le añade la sospecha de que el Presidente y su cónyuge construyeron una mansión faraónica, gracias al apoyo de un constructor que ha estado ligado con el jefe del Ejecutivo, el panorama se vuelve más complicado. Habrá que probarlo, pero la percepción de que la corrupción permeó la propiedad de la primera dama, impactó a la figura presidencial que, por el momento, está postrado ante tamañas adversidades.

Aquella afirmación que hizo el Presidente de que la corrupción está en todas partes y podría ser hasta una especie de distintivo cultural de muchos lugares, incluyendo México, cobra sentido en la coyuntura actual. La diferencia es que en otros países, los actos de corrupción encuentran castigo y no benevolencia, menos tolerancia. Ahí está el caso español, donde un juez encontró que hay indicios suficientes para sentar en el banquillo a 43 personas por actos de corrupción cometidos por ex dirigentes del Partido Popular. La ministra de Salud española dimitió por “sospechas de corrupción” (El Mundo-MILENIO 27/XI/14). En Brasil, 16 funcionarios de Petrobras, la empresa petrolera de ese país, están detenidos por descubrirse un caso de corrupción que sacude al país sudamericano (El País, 23/XI/14). Un gobernador estadunidense (de Virginia, Robert McDonnell) fue sentenciado a 30 años de prisión por aceptar préstamos y regalos a cambio de favorecer a un empresario farmacéutico (H. de Mauleón, El Universal, 23/XI/14). ¿Por qué en México no acontece algo similar?

El jueves pasado, el Presidente mexicano planteó una serie de medidas fundamentalmente motivadas por el horror que tuvo lugar en Iguala. Se suprimirán las policías municipales, se construirán polos de desarrollo y destacó que habrá una fiscalía contra todo acto de corrupción. Sin embargo, falto algo para que la propuesta presidencial tuvieran un efecto convincente: la autocrítica. Ésta habría sido la puerta para reencontrarse con la legitimidad y la confianza perdidas. Aceptar los errores cometidos. Pasar por alto una explicación esperada, hunde más su credibilidad y reaviva la desconfianza ciudadana. Las propuestas presidenciales tendrán, si acaso, efectos de mediano plazo. Mientras tanto, Peña Nieto tendrá que encontrar las vías alternativas en la búsqueda de la legitimidad perdida.

jreyna@colmex.mx