De paso

Un Estado arrodillado

Desde el último tercio del siglo pasado, la corrupción se expandió, el sistema judicial se debilitó y las instituciones se tornaron incapaces de asumir sus funciones, en particular las democráticas. El resultado: un Estado arrodillado.

¿Cómo es posible que un delincuente pueda poner en jaque (casi mate) al Estado mexicano? Un Estado que desde los tiempos de los presidentes Juárez y Díaz se distinguió por su fortaleza. Los dos presidentes encarnaban al Estado, ante la fragilidad de las instituciones existentes de esas épocas. Los dos oaxaqueños construyeron, para bien o para mal, un Estado omnipotente y autoritario; prohijaron instituciones débiles en aras de tener un poder personal ilimitado. Ese fue su legado político. Sin esos dos mandatos, la Revolución mexicana y sus adalides como Carranza, Obregón, Calles y Cárdenas (y los demás) habrían quedado en un simple eco. Estas figuras surgieron porque contaban con la estructura de un Estado fuerte. Juárez y Díaz tuvieron el control del poder político (casi) absoluto. Por eso hubo estabilidad política sin el amago de la inseguridad. Sin embargo, se perdieron esos ingredientes. Desde el último tercio del siglo pasado, la corrupción se expandió, el sistema judicial se debilitó y las instituciones se tornaron incapaces de asumir sus funciones, en particular las democráticas. El resultado: un Estado arrodillado.

Sería un error, sin embargo, pensar que el Estado democrático equivale a un relajamiento de la gobernabilidad. El Estado, por definición, es poder. La  perorata anterior viene a cuento porque un personaje, perteneciente a la delincuencia organizada, llevó a cabo con éxito su segunda fuga de un penal de máxima seguridad del sistema carcelario mexicano. Valen las interrogantes siguientes: ¿se trata de un hombre muy inteligente? ¿Tiene los recursos y la capacidad para corromper a quienes lo resguardan? ¿Puede atemorizar a aquellos que no colaboren con su plan de fuga? ¿Es capaz de poner de rodillas a ese otrora Estado mexicano poderoso como lo fue? ¿Es la corrupción ese mal que está debilitando a un Estado que fue tan poderoso, pese a su autoritarismo? ¿El Estado mexicano es incapaz de controlar a sus enemigos más poderosos? ¿Seguiremos viviendo, como sociedad, un clima lleno de angustia e inseguridad? ¿Tiene el Estado mexicano los instrumentos y, sobre todo, las instituciones para controlar una delincuencia organizada incontrolable?

La fuga de El Chapo demuestra que el  Estado mexicano es vulnerable. Ya son varios los casos en que el Estado demuestra flaquezas: Ayotzinapa, la casa blanca y ahora, la cereza del pastel: la fuga de uno de los enemigos públicos más “distinguidos” del mundo. Un prominente e inteligente delincuente que exhibe al Estado en su plena ineptitud. Enfrentar el problema requiere liderazgo político; México lo tiene, pero la debilidad es su defecto: no enfrenta los problemas, los rehúye. No acepta los errores; los esconde. Si esta administración presidencial quiere sobrevivir tendrá que reinventarse. De lo contrario no saldrá de su propia crisis. Extirpar la corrupción es inaplazable. La fuga de tan connotado delincuente permite concluir que el combate a la delincuencia no se está ganando, que el hampa cuenta con sistemas de inteligencia más sofisticados que los del propio Estado y, sobre todo, que hace falta una figura fuerte para cambiar la ruta por la que transitamos. Algunos de los funcionarios que se tienen han demostrado incapacidad. Hay que replantear la estrategia política contra la inseguridad. Es un medio para fortalecer al Estado. De otra forma, la condena es grave: tener un Estado arrodillado ante la delincuencia y una sociedad sumida en la zozobra.

jreyna@colmex.mx