De paso

Los 15 años de la alternancia

Mañana, 1 de diciembre, se cumplen formalmente 15 años de la alternancia política, cuya irrupción produjo tantas expectativas en (y para) la vida política del país. Tres lustros después no puede afirmarse que México haya llegado al puerto democrático; falta navegar todavía un buen trecho. Es indudable que ha habido avances. El voto, aunque muy costoso y a veces dudoso, cuenta mucho más que antes. Hay la pretensión, no siempre cumplida, de diseñar competencias electorales equitativas, hacer transparente lo opaco y pregonar que la democracia va viento en popa. No siempre es así.

En estos 15 años no se han superado las irregularidades de todo tipo: los moches, la corrupción y un permanente conflicto electoral, entre otras cosas, que ponen en entredicho el proceso para consolidar nuestro precario régimen democrático. La alternancia empezó con júbilo: el PRI fue desterrado de Los Pinos. El señor Fox asumió el poder con una legitimidad abrumadora. Tenía el poder y la autoridad, algo difícil de lograr. Con el tiempo se quedó solo con el poder porque no supo ganarse la autoridad y, en consecuencia, la legitimidad para convencer a una ciudadanía ávida de nuevas expectativas. El sexenio 2000-2006 fue una charlatanería. Una esposa cumplió muchas veces mejor el papel presidencial. Un sexenio perdido que diluyó la oportunidad de darle una vuelta de tuerca del sistema. Al final de cuentas, el señor Fox fue una prolongación de un PRI decadente que recuperaría el poder (2012), en gran medida, gracias a las flaquezas del primer gobierno de la alternancia.

El menguado bono democrático de la alternancia le toco asumirlo al señor Calderón. Sería ocioso repetirlo, pero su asunción a la Presidencia fue, en el mejor de los casos, dudosa y llena de oprobio: entró por la puerta trasera del Congreso. Calderón llegó a la Presidencia sin traer cambios significativos con respecto a su antecesor. Sin duda más capaz, pero sin exagerar. "Haiga sido como haiga sido" lo marca de por vida. Llegó, en pocas palabras, como pudo. Y para legitimarse atizó el avispero de la delincuencia organizada, en el que involucró a las fuerzas armadas convirtiéndolas en policías para obtener escasos resultados. Dejó un legado que se asocia con una espeluznante mortandad, una enorme cantidad de desaparecidos y un irrespeto enorme de los derechos humanos. Qué decir de su gran frivolidad; como la de su antecesor. Una Presidencia fallida.

En este contexto, la combinación de factores debilitó al PAN en sus 12 años en el poder y, como consecuencia indirecta, robusteció la nostalgia política: "el ayer era mejor", irrigado durante 71 años por un PRI que, pese a sus múltiples defectos, no enfrentó retos como los de los dos sexenios panistas. Ahora los hereda y tiene que asumirlos. Y tiene que hacerle frente a las insurrecciones magisteriales y a la fuerza que no mengua del crimen organizado y a un estado de derecho frágil. Es plausible argumentar que la corrupción ha sido la misma desde tiempos inmemoriales. El PAN, en sus 12 años, no se desligó de ella (los hijos de la señora Marta, la Estela de Luz). Es una pauta ineluctable de un sistema que no ha podido combatir el lastre que más lo pudre, que le impide ofrecer expectativas a una ciudadanía, que no cree en la democracia (solo 19 por ciento de los mexicanos sí cree en ella). Han pasado 15 años y poco se ha avanzado. Falta mucho por hacer para que este país se encamine a un régimen político solvente y a una ciudadanía que crea en sus instituciones. ¿Cuántos años más para presumir de un régimen democrático y legítimo?

jreyna@colmex.mx