De paso

La afinada maquinaria priista

Desde sus orígenes, el PRI (PNR en 1929) se distinguió como una maquinaria electoral. El partido fue imbatible y, aunque muchas de sus victorias fueron cuestionadas, siempre salió triunfante: las irregularidades eran parte esencial de su buen funcionamiento. La corrupción uno de sus lubricantes. Hasta 1989 perdió, por primera vez, una gubernatura: Baja California. Y en 1997 perdió, por vez primera, la mayoría en el Congreso. Tres años después lo sacaron de Los Pinos. Durante siete décadas, sin embargo, demostró que su construcción se basó en una refinada ingeniería político-electoral que solía conducirle invariablemente al “triunfo”.

Después de 12 años de ayuno de poder, el PRI recuperó la cúspide del poder en 2012. Durante ese lapso experimentó amargos sinsabores. En la contienda presidencial de 2006 quedó en un lastimoso tercer lugar. Experimentó, por ello, una de sus crisis más profundas. Sin embargo, el mal desempeño de sus contrincantes (el PAN-Gobierno), lo revivieron. Pese a que no cambió su plataforma partidaria, salió del abismo donde había caído. En la elección intermedia de 2009 empezó a resurgir al ganar la mayoría relativa en la Cámara de Diputados y, en los años subsiguientes, recuperó algunas de las gubernaturas que había perdido: empezó a resucitar.

La vieja estructura partidista estuvo aceitada por el intercambio de favores entre los diversos actores políticos y por el apoyo de grupos empresariales que nunca se alejaron del añejo partido. Y así llegó a la contienda presidencial de 2012. El actual Presidente, desde muy temprano, empezó a posicionarse en el escenario político nacional. Las televisoras fueron un factor decisivo para lograr ese cometido. El PRI tuvo en Peña un candidato mediático, aunque la percepción ciudadana percibiera que sus atributos políticos no correspondían con la que los medios reflejaban. Recuérdense su visita a la Universidad  Iberoamericana (#YoSoy132) y el resbalón en la FIL de Guadalajara en 2012.

Una pregunta que solía hacerse durante la campaña era si el PRI había cambiado lo suficiente para entablar una competencia política real que, históricamente, siempre le fue ajena. Peña Nieto mostraba titubeos y su fuerza, como se dijo, era su omnipresencia en los medios que lo hacían “popular” y, en muchos sentidos, evocaba los viejos tiempos de ese PRI avasallador en comparación con los desastrosos gobiernos panistas (Fox y Calderón) que el país tuvo al arrancar el siglo XXI.

Independientemente de la falta de atributos de Peña Nieto, la mayoría de las empresas encuestadoras lo declaraban puntero por un margen que, en ocasiones, rebasó los 20 puntos porcentuales. Ganó, en efecto, pero la diferencia fue solo de 7 por ciento frente al candidato del PRD. El PAN fue castigado por un sexenio en que tuvo el poder pero fue incapaz de gobernar y, además, se esmeró en matar. Con Peña Nieto se generaba la expectativa de que el vetusto partido si algo sabía hacer, era gobernar, aunque de manera autoritaria. El régimen encajaba en esa impecable categoría conceptual, ahora desechada, de la “dictadura perfecta”.

Peña asumió la Presidencia y lo hizo con un discurso articulado. La propuesta fue reformar al país sobre la base de un Pacto que incluía a las fuerzas políticas de oposición más importantes. Diferencias hubo, pero los acuerdos empezaron a surgir. El primero de ellos fue la reforma educativa que fue aprobada y, de instrumentarse, permitirá que el Estado recupere la conducción real de la educación que le fue arrebatada (SNTE).

Sin embargo, lo que sorprende es cómo se aprobó la reforma energética. Sin duda, es una reforma que cambiará la estructura del país. Las modificaciones constitucionales logradas, incluyendo las del emblemático artículo 27, no presentaron problema alguno. Lo anterior se menciona para decir que el PRI, aun estando en un sistema político más democrático, tuvo un desempeño como el que lo caracterizó en sus siete décadas autoritarias al frente del poder. No se debatió porque no se leyó. No hubo oposición porque todo se negoció. Revivió la consigna como un mecanismo, ilegítimo en la democracia, para aprobar. El PRI demuestra que sigue siendo una maquinaria afinada. No es solo una maquinaria electoral, sino un aparato, muy apto, para la operación política que doblega legisladores. Si hay algo que subrayar es que la maquinaria priista sigue igual que antes, pese a los cambios democráticos que el sistema político ha experimentado. Se aprobó una reforma por “órdenes superiores”. Hay una regresión autoritaria. Nos guste o no (a mí no), creo que hay PRI para rato.

jreyna@colmex.mx