De paso

Escaso margen de maniobra

No hay, por ahora, visos de solución en la confrontación entre el gobierno federal y la CNTE. El diálogo es aparente. La disidencia magisterial acude a la mesa de negociación, pero no cede en sus actitudes beligerantes y sus demandas intransigentes. Por eso se ha convocado a participar al oficialista SNTE, con el fin de mostrar una disposición gubernamental de apertura: triangular el conflicto para disminuir la presión. Su inclusión en el debate, sin embargo, es tardía. Ocurre cuando el margen de maniobra del gobierno se ha achicado. Tiene lugar cuando muchos sectores sociales están hartos de un conflicto que no tiene para cuándo acabar. ¿Cuánto más durarán los plantones?

La exigencia de los maestros no va a modificarse. No aceptan una reforma que, con sus defectos, puede elevar en algo la precaria calidad de la educación nacional. El gobierno, por su parte, no se echará para atrás en su planteamiento reformista. Sin embargo, quien pierde en este duelo de intransigencias es precisamente el gobierno. Ceder, después de defender con ahínco la iniciativa educacional, sería una derrota cuyas consecuencias serían insospechadas. Si la CNTE pierde sería una derrota menor de la que, incluso, podría obtener algunos beneficios.

El contexto político-electoral que se avecina (2017-2018) hace más compleja la situación. La represión como solución está descartada. Sería evocar un pasado funesto (1968) y cometer un acto suicida. En ese año se perdió la legitimidad para usar la fuerza del Estado, lo que explica el vandalismo cotidiano. Casi medio siglo después la tara sigue en pie. Usar la fuerza es claudicar; es una solución efímera. Negociar es la única alternativa, pero la autoridad no dispone de las herramientas para diseñar como se desenvolvería una partida entre dos contendientes que no transigen. En consecuencia, el país (no solo Oaxaca, Chiapas, Guerrero y recientemente la CdMx) está en medio de una disputa cuya trascendencia y consecuencias no son mesurables.

Hay que reconocer que la CNTE creció enarbolando la bandera antireformista por la negligencia gubernamental. Tres secretarios de Estado han pretendido sofocar el fuego. El secretario de Gobernación ha hecho intentos, incluso lanzado un ultimátum, sin resultado significativo alguno. El secretario de Educación hizo gala de gestos autoritarios que ahora lo tienen contra la pared. El mejor librado, pese a que su dependencia está distante del conflicto político-educacional, es el de Desarrollo Social. Ante la crisis humanitaria que crecía en Oaxaca, solventó el problema de desabasto que habría llevado a muchos oaxaqueños, en especial a los de menos recursos, a situaciones insostenibles. Paradójicamente, los que iban a ser evaluados (los maestros) se convirtieron en evaluadores de cuando menos tres secretarios de Estado del gabinete peñista.

Es probable que el Estado mexicano esté enfrentando su peor crisis y su mayor reto en este 2016. No son solo los maestros disidentes. Son los 43 desaparecidos de Ayotzinapa cuyos familiares han regresado al escenario político con nuevos bríos. Cuentan también los hechos nebulosos de Tlatlaya, la poca credibilidad gubernamental y la enorme reprobación de la actual administración presidencial. Son hechos irrefutables que ponen a la administración federal ante dilemas cuya solución es difícil. Que muestran el escaso margen de maniobra que se tiene. Y que exigen una pronta respuesta dentro de los canales institucionales.

jreyna@colmex.mx