De paso

¿Presidente del PRI o vocero del Presidente?

Después del mediocre desempeño del PRI en las elecciones del 5 de junio se imponía un golpe de timón. El presidente Peña lo dio al nombrar a Enrique Ochoa como dirigente nacional del PRI. Para muchos priistas rancios fue una sorpresa. Otros, incluso, mostraron (y muestran) su desacuerdo, aunque sin consecuencia alguna. El nuevo dirigente fue ungido siguiendo (y recuperando) las viejas formas corporativas usadas por este instituto político. Así, se confirma, que la dirección del PRI estará en Los Pinos y su gerencia en Insurgentes Norte. El discurso de toma de posesión, sin embargo, se apartó de los usos y costumbres practicadas desde siempre. Un discurso que clama por un aire transparente en el interior partidista. Que intentará recuperar la confianza perdida entre su militancia. Que promete castigar a algunos gobernadores, aunque sean parte de la misma camarilla. Un discurso que no habría sido creíble en la boca de Peña y, en la voz del nuevo dirigente, se inscribe al menos en el beneficio de la duda.

Las tropelías de los gobernadores de Veracruz y de Quintana Roo sencillamente no podrían tolerarse más. Ambos diseñaron sus propias leyes para salir impunes de su particular estilo de gobernar. Ante ello, el costo de la omisión era mucho mayor que poner un alto al desenfreno de la ambición y el desdén a la ciudadanía. Como lo señaló la antecesora de Ochoa (la mexiquense Carmen Monroy): un actuar "éticamente incorrecto".

Poner un alto a la corrupción y a la impunidad es una tarea pendiente del gobierno. Ante la adversidad que padece el PRI después del 5 de junio y la escasa credibilidad que distingue al Presidente de la República (desde el segundo semestre de 2014), es necesario instrumentar una "operación limpieza". Ésta se le ha encomendado a Ochoa, aunque para asear sea necesario no solo señalar, sino, sobre todo, sancionar. ¿Lo permitirá el inquilino de Los Pinos?

El nuevo presidente del PRI ha asumido una responsabilidad que estrictamente le corresponde al gobierno. Crear un órgano anticorrupción en el seno del propio partido es algo inédito al contemplar la historia de ese partido: muchos priistas tienen que estar preocupados. Es deseable que ese discurso no quede en simple retórica, sino que se traduzca en hechos que permitan visualizar un partido en el gobierno que, aunque tarde, esté dispuesto a corregir errores que han erosionado la legitimidad de la administración presidencial.

El nuevo dirigente del PRI señaló la importancia del pragmatismo para renovar a ese partido que este año cumplió 87 años de fundado (en 1929, como PNR). Enrique Ochoa se aleja del molde del presidente "promedio" del PRI. Es más un académico, formado en universidades de excelencia, que un político hecho en la entraña de su institución. Sus cartas de credibilidad están por echarse y eso le da la ventaja para actuar. Que ese pragmatismo que invoca sea el camino que conduzca a transparentar en algo su partido. Ojalá que su discurso sea apoyado por el jefe del Ejecutivo. Que sea una rectificación de la omisión en la que ha incurrido y que, por la misma, se encuentra en una posición poco deseable en su paso por la Presidencia de la República. Ochoa puede ser solo el vocero presidencial, pero sería mucho mejor que fuera el líder de un partido innovador: la condición es hacer el aseo olvidado por tanto tiempo, una limpieza que oxigenaría al sistema político todo.

jreyna@colmex.mx