De paso

Razones para el disgusto

El mercado interno es débil y sostenido por una franja muy pequeña de la población: la que concentra la riqueza. Con base en estas cifras puede entenderse por qué la desigualdad socioeconómica es creciente y el disgusto va tras de ella.

Han transcurrido 17 meses del nuevo gobierno. En este lapso, la expectativa positiva devino paulatinamente en disgusto y decepción. El desempleo ha crecido a más de 5 por ciento y la informalidad abarca a 3 de cada 5 mexicanos en edad productiva. La inflación, pese a que ha cedido algo en las últimas semanas, está cerca de su límite superior (4 por ciento). La inseguridad no cede. Además, de acuerdo con el Inegi, una institución confiable por el riguroso uso de los datos, la economía entró en recesión: algunas condiciones para el disgusto de cualquier sociedad.

La reforma fiscal fue propuesta (y aprobada) en un mal momento económico. Los empresarios se encuentran a disgusto, pese que ha regresado un gobierno cuyo compromiso histórico ha sido complacerlos sobre cualquier otro grupo social. El poder adquisitivo de la mayoría de las personas ocupadas es restringido. Un dato reciente ilustra la magnitud del problema: 92 por ciento de las personas ocupadas gana menos de 10 mil pesos (menos de cinco salarios mínimos (SM). La cantidad representa a 46.5 millones de trabajadores. La cifra de pobres, además, sigue al alza (El Financiero, 7/V/14). Esto explica por qué el mercado interno es débil y es sostenido por una franja muy pequeña de la población: la que concentra la riqueza. Con base en estas cifras, puede entenderse por qué la desigualdad socioeconómica es creciente y por qué el disgusto va tras de ella.

El SM promedio en México es de 65.6 pesos diarios. Inferior al de China. En teoría, esa cantidad tiene que ser suficiente para satisfacer las necesidades mínimas de un trabajador. La realidad circula en sentido inverso. Una familia no podría sobrevivir con ese ingreso. Tienen que juntarse dos o tres miembros de la misma para más o menos satisfacer sus necesidades básicas. Se sobrevive y nada más. La Comisión Nacional de Salarios Mínimos, en los últimos dos años, ha subido el SM en menos de 4 por ciento, monto que apenas compensa la tasa inflacionaria. Quiere decir lo anterior que la mayoría de la clase trabajadora mexicana está estancada y sus posibilidades de movilidad ascendente son reducidas. Se ha estimado que en los últimos 27 años, la pérdida del poder adquisitivo es de alrededor de 78 por ciento (C. Vega, La Jornada, 8/V/14). Esto se traduce en tensión social y en una razón suficiente para el disgusto.

La desconfianza, por otra parte, se deteriora de manera generalizada. La confianza del sector empresarial, ya de por si baja, descendió 0.28 por ciento en comparación con la cifra de marzo (E. Quintana, El Financiero, 7/V/14). Una reforma fiscal en un momento de recesión económica es una combinación letal que no contribuye a la expansión económica ni al bienestar social. Las cifras tienen que preocupar a la administración presidencial actual porque, pese a todas las obras faraónicas que se anuncian, los esfuerzos que se hacen por abatir la inseguridad (Morelos y Tamaulipas, gobiernos fallidos), las bondades que se promueven para “vender” la imagen del país como seguro y productivo  quedan en simples declaraciones. A riesgo de pecar en un pesimismo extremo, lo que se encuentra en el país es desencanto. El reto que tiene la administración presidencial es empezar a cambiar ese rumbo. No hacerlo garantizaría el estancamiento económico y el crecimiento de la tensión y el disgusto sociales, ambos al alza.

No pueden dejar de mencionarse las declaraciones de la Secretaria de Desarrollo Social. Rosario Robles ha aceptado que fue “imprecisa en sus declaraciones”: no por tener muchos hijos van a tener más recursos del programa Oportunidades. Si existe ese programa es por la enorme pobreza que padece México, que no cede, problema que lastima a más de la mitad de los mexicanos.

La evidencia disponible indica que los pobres son más fecundos. La escasa educación es uno de los factores explicativos de esa relación. Castigar más a los que necesitan más por tener más prole es sin duda una política errada que tendrá que ser corregida. Se menciona lo anterior porque es otro de los elementos, de los muchos que existen, que alimenta el disgusto no solo de los afectados (casi 40 millones de niños y adolescentes se encuentran en alguna situación de pobreza y 8 de cada 10 indígenas en pobreza en sus diferentes expresiones), sino de los que observamos que la política mexicana sigue beneficiando a unos cuantos y descuidando a sus mayorías. Recesión económica, inseguridad imbatible, funcionarios imprecisos y políticas fiscales fuera de tiempo provocan, en verdad, un gran disgusto.

jreyna@colmex.mx