De paso

México no será más el mismo

Las instituciones no reaccionan ante situaciones de emergencia: están pasmadas. Es urgente empezar a fortalecer las instituciones, resquebrajadas. No fortalecerlas elevaría la probabilidad de que vuelva a repetirse otro caso como el de Iguala.

Bastaron siete semanas para resquebrajar la estructura de poder del país. Queda claro que México no podrá seguir siendo como fue: es necesario darle la  vuelta a la hoja y empezar a escribir otro capítulo, si acaso todavía es posible, que contenga un proyecto viable y justo de país. Todos claman por un estado de derecho; y con razón: la justicia en este México es un suspiro que se evapora con facilidad. La impunidad permea todos los poros de la estructura nacional. La corrupción es una veta inagotable de la que se echa mano para el beneficio de unos cuantos y en perjuicio de la mayoría. No es casualidad que México sea el único país latinoamericano que ve crecer el número de sus pobres, pese a los inmensos recursos que tiene el país.

Iguala es el punto de inflexión. Nadie pudo imaginarse que en una ciudad mediana de una entidad pobre pudiera detonar una bomba que cimbrara hasta la médula el andamiaje del Estado mexicano. Por eso, cuando se escriba más adelante sobre los funestos acontecimientos que hoy en día lastiman a todos, el criterio de diferenciación es antes y después de Iguala: el 26 de septiembre de 2014 será una fecha tan emblemática como la es el 2 de octubre de 1968: ninguna de las dos puede repetirse.

México no puede ser el de antes. La justicia tiene que impartirse, no comprarse. Por eso las cárceles son pobladas mayoritariamente por pobres. Los jueces (no todos) están en un mercado y no en la tribuna que les correspondería. La autoridad policial tiene precio. No protege, renta sus servicios al mejor postor. No es fortuito que 9 de cada 10 delitos que se cometen en este país no tengan castigo. Aun sin saber leer estadísticas, quien comete una fechoría sabe, por intuición, que disfrutará de la impunidad: la justicia siempre a la zaga, el ilícito tan campante.

México no puede ser el de antes. Los hechos obligan a transformar significativamente la infraestructura de legitimidad. Su desgaste no es de ahora, viene de lejos. Sin embargo, la crisis de legitimidad que hoy padecemos estalló hace siete semanas. Una clase política que no tiene credibilidad y que, aunque tenga el poder, carece de la credibilidad, que es el ingrediente básico para vincularse con la ciudadanía. Casi sin excepción, toda política pública es cuestionada; se pone inmediatamente en el espacio de la sospecha: la explicación se encuentra en el déficit de legitimidad.

México no puede ser el de antes. Un país pasmado que no crece económicamente y no puede generar los beneficios que le urgen a una sociedad llena de carencias. Puede argumentarse que el entorno internacional nos ha sido con frecuencia adverso. Pero habría que recordar que este país tuvo momentos de auge (1950-1980). La explicación más contundente se encuentra en una élite del poder que solo ha tenido como horizonte el corto plazo. Si tuviera una visión más larga en el tiempo implicaría la merma de sus intereses: la del desenfrenado enriquecimiento. La política mexicana es una rueda de la fortuna en la que un grupo dispone de seis años para hacer algo por el país pero, sobre todo, hacer mucho por los miembros que lo integran. Si se crece con mediocridad es por no tener una visión de mediano plazo, por tener una perspectiva mezquina.

México no puede ser el mismo, pues su debilidad institucional le hace perder el equilibrio político: la justicia social está derruida: la codicia y la impunidad, entre otras cosas, han hecho el trabajo correspondiente. Por eso es que las instituciones no reaccionan ante situaciones de emergencia: están pasmadas. Sin duda es urgente empezar a fortalecer las instituciones, resquebrajadas por una clase política sin escrúpulos y sin transparencia en su quehacer. No fortalecerlas elevaría la probabilidad de que vuelva a repetirse otro caso como el de Iguala; este país tan lleno de Igualas.

México no puede ser el mismo en cuanto su institución presidencial esté cuestionada y, por tanto, deficitaria de legitimidad y autoridad. Será una empresa de la sociedad remodelar el problema; tendrá que ser más participativa, crear y diseñar nuevas organizaciones que respondan a sus propios intereses, los de la colectividad, y no a los de los grupúsculos que nos han gobernado.

En la crisis que se vive hoy en día está la oportunidad de la reconstrucción nacional. La sociedad está cansada de ver un México que en la demagogia cambia, en particular cada sexenio, pero que en la realidad sigue igual que siempre. La tarea nacional es borrar al México que hoy existe para que surja uno nuevo. México no puede ser más el que fue. La sociedad, nosotros, somos la clave.

jreyna@colmex.mx