De paso

México es una expectativa, no una realidad

La distancia entre la clase política y la sociedad se plasma en que aquella genera expectativas y a ésta le urgen realidades. Esa brecha no se cerrará. Por eso México, tal como está ahora, tiene que torcer el rumbo: que la realidad se empareje con la expectativa.

Nuestro actual régimen político, forjado esencialmente bajo la tutela del PRI, ha generado en el tiempo más expectativas que realidades. Por eso el país sigue siendo una economía emergente, no una nación consolidada. México es más una promesa que una realidad. Sirvan de ejemplo los últimos 15 meses de gobierno. Se aprobaron reformas estructurales sustantivas en un tiempo récord pero, hasta ahora, poco se ha avanzado. El acuerdo es difícil cuando se negocian las leyes secundarias. Hay que reconocer que nuevas formas rigen la negociación política. Sin embargo, no se han extirpado muchas de las viejas reglas autoritarias: se dice una cosa y se hace otra.

La discusión legislativa acerca de la reforma de telecomunicaciones se convertirá en un campo de batalla. Esa reforma abrió, en principio, las puertas a modificaciones constitucionales significativas en el ramo. Sin embargo, se empantanó al llegar a la etapa de los detalles: las leyes secundarias o la “letra chiquita”. Al IFT lo dotan de plena autonomía y luego lo desdentan, por ejemplo. Un senador del PAN elaboró una iniciativa (propia) que no corresponde necesariamente al espíritu constitucional ni con la iniciativa propuesta al inicio de la administración presidencial actual: recuérdese que el jefe del Ejecutivo se comprometió ante la sociedad, en el arranque de su gestión, a combatir los poderes fácticos. Abrirlos a la competencia para beneficio de los usuarios y de la sociedad. Sobra decir que de no instrumentarse esa reforma como fue originalmente planteada, mantendría el negocio para unos cuantos y la expectativa sería vencida una vez más por la realidad.

Los estudios que se han hecho en América Latina y en México (los de Latinobarómetro son una excelente referencia) demuestran que la percepción ciudadana vislumbra que el poder no se encuentra en el sistema político (en el Estado, para precisar) ni en las autoridades que ahí se encuentran; yace en esos poderes fácticos cuyo nivel de penetración y persuasión es mucho mayor que la demagogia política que nos rodea. Esta funciona con promesas, en gran parte, incumplidas. Aquellos se orientan por los hechos, penetran e influyen fácilmente en la colectividad y su consigna son las ganancias tanto económicas como políticas: el poder detrás del trono.

El alud de reformas propuestas por la administración presidencial actual puede cambiar la fisonomía de México. Sin duda, hace 15 meses muchos pensamos que Enrique Peña Nieto tenía un plan de acción bien estructurado y razonablemente asesorado. Al asumir el poder, volvió a generar enormes expectativas que, con el tiempo se irían convirtiendo en realidades. Por un momento dejó atrás esa imagen como la proyectada en la FIL de Guadalajara.

Por la retórica esgrimida se suponía que, en efecto, la balanza tendería a inclinarse hacia las mayorías desfavorecidas, sin afectar en lo fundamental a las minorías enriquecidas: la política eterna del PRI. Sin embargo, la ilusión del consenso (Pacto por México) permitió pensar que se abrirían derroteros conducentes al crecimiento económico y al bienestar social. Pero ese consenso se esfumó; resurgieron las diferencias entre los actores políticos y casi todo retorna a las meras expectativas.

Sin duda México está urgido de reformas que impliquen la elevación de la calidad de vida de la sociedad. La energética es fundamental porque México empezó una cuenta regresiva respecto de su fuente principal de ingresos: el petróleo. Dejarlo en manos del Estado, estrictamente hablando, implica escamotear el futuro del país: en Pemex hay mucha corrupción y poca eficiencia. Por ahí debe empezar esa reforma: abatir la corrupción e incrementar la productividad con eficiencia. Sin embargo, no se ve fácil que se apruebe en los términos que esa iniciativa presidencial fue enviada al Congreso. Otra batalla en que la expectativa cederá su lugar a una realidad que no supone un beneficio para la mayoría.

La distancia entre la clase política y la sociedad se plasma en que aquella genera expectativas y a ésta le urgen realidades. Esa brecha no se cerrará. Por eso México, tal como está ahora, tiene que torcer el rumbo: que la realidad se empareje con la expectativa. Que las propuestas originales, como la reforma de Telecomunicaciones, impulse hacia adelante el país y no lo haga retroceder o lo deje igual. No hacerlo significaría que la sociedad siga a la expectativa mientras la realidad (los beneficios) se mantenga en manos de unos cuantos. El costo sería un enorme desgaste de la legitimidad de la política.

jreyna@colmex.mx