De paso

Mario Ojeda y el Colegio de México

El 1 de noviembre pasado falleció Mario Ojeda (1927-2013). Sirvan estas líneas para recordarlo (por siempre) y reconocer su trayectoria académica que fue trascendental para la institución a la que siempre se debió: El Colegio de México. Él fue un eslabón fundamental para que El Colegio pudiera transitar de una especie de familia extensa a una institución de amplias miras. Sobra decir que los  fundadores y pilares de esa institución pública fueron Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, en sus respectivos momentos presidentes de este organismo académico. La semilla de la institución fue La Casa de España, fundada en 1938.

La construcción de El Colegio es una aventura institucional fascinante. La idea surgió de Cosío, quién se la planteó al presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940). Tenía como fin acoger a algunos republicanos españoles que, por la desventura de una guerra civil, quedaron huérfanos de país, de trabajo y de todo. Cárdenas entendió que era una empresa generosa para los trasterrados y benéfica para los que recibirían el saber de tanta gente ilustre que llegó a suelo mexicano bajo un cobijo institucional.

Desde su fundación, El Colegio fue la pasarela de ilustres humanistas y científicos sociales: mexicanos, españoles y de otras nacionalidades. El criterio institucional sobre el que operó (y opera) es la excelencia académica. No apartarse de este principio fue una tarea que Mario procuró con esmero. Él fue miembro de la primera generación de estudiantes de la Escuela (todavía no Facultad) de Ciencias Políticas y Sociales (ECPyS) de la UNAM, fundada en 1951. Ahí cursó la carrera de diplomacia que, con el tiempo, se convertiría en el estudio de las relaciones internacionales. Concluyó su licenciatura en 1955.

Una vez terminados sus estudios universitarios, empezó a escribir su tesis para obtener el grado: el título de la misma fue “La protección de los trabajadores emigrantes” (UNAM, 1958). Ahí fue donde decidió que su campo de trabajo se inscribiría en el ámbito internacional. Sin temor a equivocarme, su tesis fue uno de los primeros estudios que abordó el espinoso tema de nuestros migrantes, para lo que, entre otras cosas, entrevistó a braceros: obtuvo datos de primera mano. En sus Memorias (edición del autor, 2013) nos dice que su director de tesis fue José López Portillo (JLP), entonces profesor universitario y, 18 años más tarde, presidente del país. Por razones diversas, JLP no pudo asistir a su examen profesional, pero su jurado lo engalanó el maestro Pablo González Casanova, en ese momento director de la ECPyS.

Una día de tantos, Mario recibió una llamada de González Casanova. Le propuso ir a una universidad de Estados Unidos y, a su regreso, integrarse a la planta de la escuela. Solicitó una beca y se la otorgaron, pero el monto era insuficiente para mantenerse con su familia. Se lo hizo saber al entonces director de la escuela y éste le aconsejó que fuera a ver a Cosío Villegas (presidente de El Colegio). Don Daniel tenía planeado formar un Centro de Estudios Internacionales en El Colegio. Mario consiguió una beca que le permitió iniciar sus estudios en Harvard. Tuvo como maestros, entre otros, a Henry  Kissinger y a Karl Deutsch.  Después de dos años en Boston, de manera sorpresiva, recibió una carta de Cosío Villegas pidiéndole regresar de inmediato a México para asumir la dirección del Centro de Estudios Internacionales (1962). Fue su primer puesto directivo en El Colegio. Después sería secretario General de la institución, bajo la presidencia de otro ilustre presidente de El Colegio, Víctor Urquidi y, más tarde, se convertiría en presidente de El Colegio de México, puesto que ocupó de 1985 a 1995.

Mario Ojeda vivió para El Colegio y por El Colegio de México; fue su pasión institucional. Al inicio de sus memorias escribió una frase que fue la directriz de toda su vida: “Antepuse el interés institucional, al honor y prestigio personales”. Pese a que su carrera se desarrolló en la época del PRI, nunca perdió su calidad de pensador independiente: respetaba al poder y éste lo respetaba a él. Nunca confundió la labor académica con la política. Fue un constructor de instituciones como lo demuestra, entre otras, El Colegio de la Frontera Norte, un referente indispensable para entender la relación con Estados Unidos. Murió a los 86 años y sin duda vivió a plenitud y, sobre todo, con alegría. Era veracruzano. Hay que subrayar que sin su acuciosa dedicación y su esmerado empeño, no puede entenderse el Colegio de México de hoy. Le dedicó su vida entera. A Mario ya se le extraña.