De paso

Credibilidad desgastada

La semana pasada MILENIO Diario publicó una encuesta (Francisco Abundis, Parametría) que invita a reflexionar (11/V/16). Los datos muestran que solo 11 por ciento de los mexicanos considera que la economía nacional ha mejorado, en tanto que 62 por ciento percibe que ha empeorado. Si se comparan estos datos con los de 2015, los primeros descendieron 2 puntos porcentuales en tanto que el segundo grupo incrementó su mala percepción en 4. Sin embargo, el crecimiento del PIB recorre otra dirección: aunque de manera modesta, el crecimiento de la economía tiende al alza. En 2014 su incremento se sitúo en 2.2 por ciento y el año pasado alcanzo 2.5. Las cifras son correctas, pero no impiden que la percepción de la gente vaya por un camino distinto al de la economía. Surge, en consecuencia, la pregunta: ¿por qué existe esta discrepancia?

Una primera explicación es que hay una pérdida de la credibilidad en nuestros gobernantes y las instituciones que procesan la información. Nos pueden decir que hay rumbo, destino y futuro, pero solo uno de cada diez, de acuerdo con el estudio mencionado, lo cree. Al preguntárseles cómo se desempeñará la economía en el futuro próximo, 40 por ciento cree que empeorará en tanto que 22 por ciento afirma lo contrario. El pesimismo casi duplica al optimismo. Este dato se ve reforzado por la caída de la confianza de los consumidores en la economía. En marzo pasado se ubicó en su nivel más bajo desde agosto de 2014 (MILENIO Diario, 8/IV/16), de acuerdo con datos del Inegi.

Las expectativas de la población han crecido con mayor rapidez que la solución de los problemas que la aquejan. Es muy probable que la alternancia de 2012 haya sido responsable de ese fenómeno. Después de dos sexenios presidenciales fallidos (2000-2012), la administración de Peña Nieto hizo renacer las esperanzas. Un Pacto por México, un plan para abatir la pobreza, la construcción de magnas obras de infraestructura, regular los poderes fácticos fueron elementos que hicieron pensar a la ciudadanía que el momento de las realizaciones había llegado. Y así fue, hasta mediados de 2014. El segundo semestre de este año, sin embargo, los signos empezaron a cambiar para mal. Ayotzinapa y la casa blanca tuvieron un efecto devastador: desgastar la credibilidad gubernamental. La situación económica nacional, pese a la adversidad que existe en el entorno global, está lejos de ser un desastre. En consecuencia, el problema es la desconfianza e incredulidad del ciudadano respecto de sus autoridades.

El gobierno de la República, ante los problemas que empezaron a azotar al país, se encapsuló. No les dio la respuesta correcta, lo que se tradujo es una especie de decepción. No es fortuito que los niveles de aprobación del jefe del Ejecutivo mexicano se hayan desplomado a niveles que ningún presidente anterior haya alcanzado. No se cree que la economía, en estricto sentido, crezca como tampoco se cree en la explicación, cualquiera que sea ésta, de lo que haya sucedido en Ayotzinapa.

La economía del país está mejor de lo que la gente percibe. Los datos así lo demuestran. Sin embargo, falta el ingrediente de credibilidad de las autoridades federales y locales. En el momento que los logros son anunciados, de inmediato son descalificados. Una sociedad incrédula no es un buen ingrediente para la economía. Menos para la gobernabilidad. La encuesta de MILENIO así lo sugiere.

jreyna@colmex.mx