De paso

El Informe: una verdad y una omisión

La omisión en el Informe es la corrupción: el jefe del Ejecutivo tiene que dar la batalla en este flanco. Es algo impostergable. No hacerlo impedirá que el país se ponga en movimiento, como es su objetivo.

El Informe presidencial volvió a ser fastuosa ceremonia. Enrique Peña Nieto la reeditó el pasado martes: un auditorio pletórico y complaciente, a la vieja usanza; solo aplaudió. Un informe cuyo argumento esencial es simple: el país será una realidad probable aunque ahora sea una palpable incertidumbre. Más aplausos lisonjeros que verdaderos; como antes. Sin embargo, esa es la tarea de Peña Nieto a partir del segundo tercio de su mandato: “vender” esperanzas e ilusiones.

El primer tercio de su mandato lo ejerció, para no escatimar, con solvencia. El Presidente logró acuerdos cuyo valor no puede ser regateado. A partir de ahora, sin embargo, navegará por cuenta propia. Habría que señalar, sin embargo, que  el espectáculo que fue diseñado el pasado 2 de septiembre ya no tiene razón de repetirse en el futuro. Sería saludable apartarse de esas ceremonias simbólicas que dejan más costos y críticas que beneficios tangibles. Si el jefe del Ejecutivo quiere trascender, tiene que marginarse del espectáculo frívolo de lo que fue, en una época, algo esencial: el día de la reverencia presidencial; no lo necesita.

Han pasado seis días desde que el Informe a la nación fue presentado. Mucho se ha escrito, comentado y analizado al respecto. Sin embargo, en aras de aprovechar este espacio, es prudente rescatar una verdad que, emanada de la voz presidencial, se vuelve contundente: la pobreza que agobia, en sus distintas variantes, a más de la mitad de los mexicanos.

El Presidente de la República reconoció que el problema de la pobreza ofrece resistencias que no han podido superarse. Subrayó que, a pesar de que este año se invertirán 73 mil millones de pesos para combatirla, “la proporción de mexicanos (en alguna situación de pobreza) es prácticamente la misma desde hace tres décadas”. Reconocer el problema es, de alguna manera, un avance para combatir ese flagelo que lastima a tantos. Implícitamente, Peña Nieto está reconociendo que desde que se estableció el programa Solidaridad, pasando por Progresa y Oportunidades, no ha habido resultados significativos: los niveles de pobreza que el país padece, por desgracia, no ceden. Los programas han fracasado.

En aras de combatir un mal que frena la modernización del país, que es un obstáculo para dinamizar el mercado interno, Peña Nieto escala hacia otro programa que se conocerá como Prospera. Esta iniciativa tiene como objetivo incrementar las acciones de apoyo a la población en situación de vulnerabilidad. El nuevo programa añadirá al de Oportunidades becas para los hijos de los beneficiarios, incluyendo el financiamiento para que realicen estudios universitarios; de ser así, gran avance: impulsará la educación. La nueva modalidad de combate a la pobreza fomentará el ahorro, los seguros y el crédito. Bienvenido el nuevo programa, esperando que sus recursos no encuentren los atajos que los alejen de sus metas y menos que se usen para fines electorales, como ha acontecido con los programas previos: más pobres, más votos. Sin embargo, reconocer la pobreza, por el jefe del Ejecutivo, como un problema endémico es una verdad que hay que celebrar, en aras de combatirla sin cuartel.

La omisión en el Informe del jefe del Ejecutivo federal es la corrupción. Pese a la magnitud del problema, no hay indicios contundentes en el Informe para enfrentarla. La corrupción nunca ha cedido; es más, no tiene visos de retroceder. No se constituyó, como se prometió, una Comisión Anticorrupción. Se prefirió instituir una fiscalía dentro de la PGR para combatir uno de los problemas que más preocupan a la sociedad mexicana y, a la vez, afectan el desempeño económico del país; inhiben, además, la inversión. De acuerdo con la Coparmex, “la corrupción afecta más que el robo y la extorsión”. En la medida que la corrupción siga expandiéndose, en la misma medida se estarán construyendo los obstáculos para cerrar el paso al crecimiento económico del país, para desalentar las inversiones y garantizar la inseguridad, problema íntimamente asociado con las prácticas corruptas.

Se tuvo una señal positiva cuando se detuvo a la lideresa del SNTE (principios de 2013). Sin embargo, todo quedó en un hecho aislado. Otros líderes sindicales (Pemex), empresas contratistas de Pemex (Oceanografía), la implantación de la tarjeta Iave o las compañías mineras que si algo las distingue es su depredación del medio ambiente actúan en la impunidad, entre otros casos. El jefe del Ejecutivo tiene que dar la batalla en este flanco. Es algo impostergable. No puede omitirlo. No hacerlo impedirá que el país se ponga en movimiento, como es su objetivo.

jreyna@colmex.mx