De paso

“Escucha, yanqui”/ y II

El presidente Obama anunció, a fines de 2014, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con el gobierno de Cuba, después de más de medio siglo de su ruptura. Pocas semanas después anunció que visitará ese país los próximos 21 y 22 de marzo. Vale preguntarse qué motiva dicha visita. Cuba es un país de alrededor de 110 mil kilómetros cuadrados y casi 12 millones de habitantes. En América Latina ocupa el tercer lugar en el Índice de Desarrollo Humano (ONU). No podría afirmarse lo mismo si se considera el desarrollo político que se congeló con el tiempo. Su sociedad no tiene vías de expresión política. Ese es uno de los retos que, de superarse, coadyuvará para normalizar la relación.

A mediados del siglo 19, los estadunidenses ya tenían una presencia en el país antillano. En 1848, el gobierno americano quiso comprar la isla a España por 100 millones de dólares. La oferta no fue aceptada. Cuando Cuba se independizó del país ibérico (1898), un poderoso Estados Unidos exigió que se le concediera el dominio de Puerto Rico, que lo consiguió, pero no prosperó con Cuba. Los americanos, sin embargo, se las ingeniaron para introducir, dentro de la Constitución de la República de Cuba, la Enmienda Platt, que les permitía intervenir en los asuntos de la isla en tanto sus intereses se vieran afectados. Es cuando se establece la base de Guantánamo (1903), la que ahora quiere ser cerrada porque significa una contradicción con la política de derechos humanos que enarbola el país vecino.

Cuba es el único país del continente que desconoce la democracia. La visita del presidente Obama tiene como objetivo, entre otros, que el gobierno cubano abra sus cauces a una participación real de la sociedad. No es improbable que el gobierno cubano piense igual. El costo de mantener las cosas tal como están es cada día más alto para los gobernantes cubanos y, sobre todo, para sus ciudadanos. Por eso Obama se reunirá con la disidencia, algo inédito para cualquier mandatario que haya visitado la isla. La gran duda, sin embargo, es si el gobierno cubano está dispuesto a abrir espacios democráticos.

Seymour Martin Lipset (Political Man) sostuvo que entre mayor fuera el desarrollo económico, mayor sería la probabilidad del advenimiento democrático. Algunos pasos se han dado. En poco tiempo habrá 100 vuelos diarios que conectarán diversas partes de Estados Unidos con otras de la isla. Hay un contacto mayor entre los cubanos en el exilio y su país. El embargo contra la isla, aunque su revocación depende del Congreso, está tomando una ruta alternativa que beneficiará tanto al país más poderoso de la Tierra como a la isla del Caribe.

Integrar a Cuba en el proceso de globalización es esencial para Estados Unidos. Son países fronterizos. Obama pretende, antes de dejar la presidencia, abrir los cauces que permitan una relación más fluida entre ambos países. Una Cuba que empiece a crecer implicaría que sus habitantes dejarán de emigrar. Los estadunidenses tendrán un nuevo mercado que puede ser redituable. De conseguirse una parte de lo anterior, cambiará la geopolítica de América Latina y será una llamada de atención a gobiernos como el de Venezuela. Restablecer la relación con Cuba, además, significa un reto a los reacios republicanos. Desde este punto de vista, Obama les está ganando la partida, en un año electoral, fuera del territorio americano. Obama en Cuba es un hecho inédito. Es esperable un cambio significativo. De ocurrir, el continente americano tendrá otra fisonomía.

jreyna@colmex.mx