De paso

Domando la condición humana

Hay que domar la corrupción y la opacidad, no la condición humana: no son sinónimos. Hay que empezar limpiando la casa, hacerla transparente y no suponer que todos somos corruptos.

El presidente Peña afirmó la semana pasada que “el Estado mexicano y la sociedad están domando la condición humana para obligarla a la apertura y la transparencia” (MILENIO Diario, 24/VI/15). El jefe del Ejecutivo prefirió usar el verbo domar al de combatir la opacidad y la corrupción imperante en el actuar público. Domar, de acuerdo con el diccionario, es “hacer dócil al animal a fuerzas de ejercicio y de enseñanza” y, también,” hacer tratable a una persona que no lo es”. Hay razones para usar el término domar porque la corrupción es un animal que se ha vuelto incontrolable. Pero generalizar a la condición humana es, por decir lo menos, una equivocación. La condición humana de muchos no se asocia con actos opacos ni corruptos.

Las palabras presidenciales fueron pronunciadas durante la instalación del Consejo del Sistema Nacional de Transparencia. Quedan, sin embargo, muchas dudas que conducen al sendero de la incredulidad. Hace poco, se revivió la Secretaría de la Función Pública (SFP). A unos meses de resucitada, sigue sin dar resultados: no hay información de la adquisición de los bienes inmuebles adquiridos por la esposa del Presidente y su secretario de Hacienda. Para argumentar que se está domando la condición humana tendríamos que tener, al menos, algún indicio de qué pasó con esas transacciones. Puede deducirse que el titular de la SPF no ha concluido su investigación o, cabe pensar también, que está resguardando la información que podría dañar aún más a la cúpula que nos gobierna.

Toda iniciativa tendiente a combatir la corrupción y la impunidad es plausible. Basta decir en el Índice de Percepción de la Corrupción, México ocupa el lugar 103 dentro de un conglomerado de 175 países. Una posición desastrosa. Por tanto es impostergable fortalecer las instituciones que combatan la corrupción, hacer eficiente el sistema de impartición de justicia para abatir los elevados niveles de impunidad e indiciar y, en su caso, sancionar a aquellos que se les demuestre actos indebidos. Sin distingos de jerarquía. Los escándalos acontecidos durante esta administración presidencial permanecen en la penumbra. No se sabe todavía por qué se canceló la licitación del tren México-Querétaro. Ningún dato se conoce sobre el Grupo Higa, empresa que creció, de manera exponencial, bajo la tutela de Peña.

Con frecuencia nos enteramos de las trapacerías de algunos miembros de la clase política mexicana por fuentes extranjeras. Ahí está el caso del ex gobernador de Tamaulipas Eugenio Hernández, quien ha sido “acusado por una corte federal de Estados Unidos por lavado de dinero para ocular sobornos del cártel de Los Zetas durante su administración”. Treinta millones de dólares están de por medio (CNN México, 19/VI/15). Es prófugo de la justicia estadounidense pero no de la mexicana. Añádase al caso anterior el del gobernador saliente de Nuevo eón Rodrigo Medina. Éste y su familia construyeron un emporio inmobiliario en Texas: se estima que son propietarios de 110 propiedades en la zona metropolitana de San Antonio (Riva Palacio, El Financiero, 23 y 24/VI/15). Y el sonorense Padrés que dinamita presas para ocultar sus malas mañas. En efecto, hay que domar la corrupción y a la opacidad, no la condición humana, no son sinónimos. Hay que empezar limpiando a profundidad la casa, hacerla transparente y no suponer que todos somos corruptos: ese es el supuesto falso de la doma. Por tanto, no es esperable un buen resultado.

jreyna@colmex.mx