De paso

Desgaste presidencial

Nos quedan casi cuatro años de gobierno priista y, como sociedad, no podemos pagar el costo de un desgaste presidencial que se ha investido con la soberbia, la negligencia y el desatino. Tiene que replantearse, a la brevedad, el rumbo presidencial.

La debacle de la administración presidencial lleva más de seis meses. La brújula del poder está perdida. Del Pacto por México se saltó al vacío. El recién nombrado secretario de la Función Pública tiene casi dos meses en el cargo sin arrojar resultados. En Chile, la presidenta Bachelet dio un plazo de 45 días para investigar los actos de corrupción de su hijo y, de paso, definir la normatividad correspondiente vinculada con el tráfico de influencias: a quien le toque. Allá es una orden, aquí es el maquillaje que acompaña a nuestra cotidianidad; se dice, pero no se hace.

Sin embargo, los estragos empiezan a hacerse patentes. Peña Nieto se está divorciando de ese 38 por ciento que lo llevó a la Presidencia. Se perdieron 8 puntos porcentuales de las preferencias partidistas. Son menos los que apoyan al PRI y muchos menos los que apoyan el desempeño presidencial. El presidente francés (Hollande) tiene una aprobación ciudadana de 18 por ciento. Se le cuestiona su desempeño en el cargo, pero no deja de tener la legitimidad como presidente de la nación: un rasgo de la democracia consolidada.

En México, la credibilidad de Peña Nieto es casi nula: así opina 80 por ciento de acuerdo con una encuesta reciente (GV Castellanos, MILENIO Diario, 25/III/15). Se percibe que hay irregularidades tan grandes que dejan al jefe del Ejecutivo casi en un estado de postración. ¿Cómo gobernar bajo esta circunstancia? Es el gran reto del Presidente mexicano. Sus asesores no son los mejores y, aunque lo fueran, no está dispuesto a enfrentar un cambio de equipo, que es casi la condición necesaria y suficiente para superar el periodo sombrío en el que se encuentran sumergidos el gobierno federal y la nación.

Peña Nieto empezó su mandato con el pie derecho. Sin embargo, eventos imprevistos lo separaron del fulgurante destino que le esperaba: Iguala y Ayotzinapa, bienes inmobiliarios de origen dudoso, amigos constructores beneficiados, por mencionar unos cuantos ejemplos. Pese a todo, se tiene la impresión de que el Presidente no pone la atención debida para remontar la cuesta que, sus propios actos y los de sus allegados, construyeron.

La economía sigue pasmada en vísperas de elecciones. El sector manufacturero, del que dependen fundamentalmente las exportaciones nacionales, creció solo 0.8 por ciento el pasado mes de enero. Dígase lo que se diga, la economía no repunta aunque técnicamente no estemos en recesión. Tan fuerte es el desgaste presidencial y del partido que cobija su investidura que el PAN se ha acercado, en cuanto a preferencias electorales, a tan solo tres puntos porcentuales abajo del viejo partido. La estructura priista tiene que tomar en cuenta este dato, pues aunque pueda salir triunfador, sobre todo en la elección del Congreso, su capacidad de maniobra se verá reducida y, peor aún, la imagen y la legitimidad presidencial mermadas de manera significativa.

La salvación del PRI no está en él mismo; depende del Verde, ese partido fraudulento que vende sus favores al mejor postor. El problema es que nos quedan casi cuatro años de gobierno priista y, como sociedad, no podemos pagar el costo de un desgaste presidencial que se ha investido con la soberbia, la negligencia y el desatino. Tiene que replantearse, a la brevedad, el rumbo presidencial. De lo contrario, el desgaste del Presidente seguirá en línea ascendente con la debacle nacional correspondiente.

jreyna@colmex.mx