De paso

Desesperanza educativa

Por desgracia, a buena parte del magisterio lo que le importa es mantener su permanencia dentro del sistema educativo, sin importarle qué tan capacitados se encuentren para las tareas básicas que el aprendizaje escolar exige.

Este país requiere de una verdadera revolución educativa para garantizar su viabilidad. Sin embargo, es infortunado reconocerlo: no existen las condiciones necesarias ni suficientes para que ocurra un vuelco cualitativo y que la educación se convierta en el motor del desarrollo económico y social. En días pasados, la SEP y el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) dieron a conocer que 60 por ciento de los aspirantes a docentes que presentaron el examen correspondiente para obtener una plaza de maestro fue reprobado. Tres de cada cinco.

De lo anterior se deduce que la preparación de los futuros maestros es en extremo deficiente. He ahí uno de los aspectos que la reforma educativa tiene, sin demora, que atender. A la población estudiantil que asiste a las escuelas públicas no se le instruye con una educación de calidad. Este es un factor que impide integrarse a la actividad profesional y productiva con éxito. De alguna manera, estos resultados explican por qué México es un país cuya capacidad de innovación tecnológica es tan precaria. Ni qué decir del rendimiento escolar en las mediciones internacionales donde nuestros estudiantes salen, casi por regla general, en los últimos lugares en matemáticas o en comprensión de lectura.

Fueron más de 130 mil aspirantes para ingresar al Servicio Profesional Docente (SPD). De éstos, solo 3.5 por ciento (alrededor de 4 mil 500) alcanzó el puntaje necesario para obtener la máxima calificación en los tres exámenes presentados. Y aunque hubo otras categorías a las que pudieron acceder al SPD, los aspirantes estuvieron por debajo de la excelencia bajo los criterios que el INEE definió como Nivel III.

Por desgracia, a buena parte del magisterio nacional lo que le importa es mantener su permanencia dentro del sistema educativo, no perder sus privilegios, sin importarle qué tan capacitados se encuentren para las tareas básicas que el aprendizaje escolar exige. Sirva de ejemplo la posición radical de la sección 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), cuyo principal dirigente le respondió al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, que en Oaxaca no se aplicará la reforma educativa federal. En Michoacán, otra entidad federativa convulsa, también la presentación del examen fue rechazada.

A pesar de ello, persiste la demanda de que se les otorguen las 945 plazas automáticas de normalistas. El gobierno del estado de Oaxaca, encabezado por Gabino Cué, ha demostrado su incapacidad para resolver un añejo conflicto que hunde al estudiantado oaxaqueño en un círculo vicioso: son estudiantes que reciben educación de mala calidad y los maestros acentúan este declive por el hecho de defender sus intereses personales y no atender los requisitos mínimos implícitos en su papel de mentores.

El secretario de Educación, Emilio Chauyffet, tal vez tomando en consideración estos datos, sostuvo que el éxito de la reforma educativa “todavía es lejano” (informador.com.mx, 5/VIII/14). Ante los miembros de la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex) afirmó, además, que la reforma no tiene marcha atrás y que siguiendo las instrucciones presidenciales “no bajaremos el ritmo”. Sin duda que en el discurso las frases tienen su atractivo; el problema es cuando se les enfrenta a esa “terca realidad” que desde diversos ángulos se opone para que un verdadero cambio educacional tenga lugar en el país.

Sería deseable en aras de la viabilidad nacional que la reforma educativa fuera uno de los impulsos decisivos para catapultar al país a un nivel de desarrollo mejor del que se tiene ahora. Sin embargo, hay fuerzas que propugnan que nada cambie con tal de mantener los privilegios adquiridos antes que desarrollar los méritos necesarios para desempeñar la función magisterial. Este es el “modelo educacional mexicano”.

Nuestras autoridades tendrían que seguir el ejemplo de Corea del Sur, cuyo enorme éxito económico tiene una estrecha asociación con una educación de calidad en todos los niveles. Solo para dar un ejemplo: se ha promulgado una ley que prohíbe estudiar después de las 10 de la noche (Reforma, 3/VIII/14, artículo de J. Varsavsky). Es una política pública cuyo objetivo es “que se estudie menos” para aliviar “la fiebre del estudio”. Es una cultura que, para nosotros es ajena, pero que no puede pasar desapercibida en un momento en que el bajo crecimiento nacional es preocupante y el nivel educacional no es un factor que puede impulsarlo.

jreyna@colmex.mx