De paso

Desconfianza e insatisfacción

El fin del primer año del actual gobierno luce desalentador. La economía crecerá alrededor de 1 por ciento, muy por debajo del pronóstico hecho a principios de 2013, que la situaba en 3.5 por ciento. Esa debilidad de la economía se traslada a la confianza de los consumidores. El índice que mide este rubro (INEGI y Banxico) señala que el mes pasado sufrió un desplome que alcanzó cuatro puntos porcentuales. “La peor caída” de los últimos cuatro años (El Financiero, 5/XI/13). Esto quiere decir que los consumidores tienen una expectativa disminuida de la actividad económica nacional. Llama la atención que el dato corresponda al último trimestre del año, en vísperas de las fiestas decembrinas, cuando el consumo se incrementa de manera significativa, lo que insinúa que la gente tenderá a gastar menos y la economía, como consecuencia, a pausarse más. Cuando surge la desconfianza en el desempeño económico es necesario poner atención para que de la desaceleración no se pase a la crisis y, de ésta, a la recesión. En esa coyuntura
está el país.

La explicación del desplome mencionado, de acuerdo con algunos analistas, se encuentra en la incertidumbre de la situación económica y el impacto que puede tener la reforma fiscal en el ingreso de ese segmento social que consume más y resultó más castigado por las medidas fiscales: la clase media. De lo anterior se desprende que la administración presidencial actual no ha definido con claridad un proyecto económico que permita hacer un pronóstico razonable del rumbo que tomará nuestra economía ni crear, por tanto, certidumbre.

La inseguridad y la violencia (hay que incluir el “factor” CNTE) son factores que contribuyen también a alimentar la desconfianza, a pesar de que la autoridad gubernamental niegue la relación entre éstas variables y el crecimiento económico. Si la confianza del consumidor tiende a la baja, a la par va la del productor, se hace un círculo vicioso que, de acentuarse, agravará la difícil coyuntura en la que se encuentra el país: desconfianza, inseguridad, violencia y escaso crecimiento.

Los datos anteriores reflejan que hay una insatisfacción social porque las expectativas creadas por los últimos gobiernos (no solo el actual) han sido más altas que los resultados obtenidos. Sirva para ilustrar lo anterior que México es uno de los tres países de América Latina cuyo número de pobres sigue creciendo. Que la desigualdad no cede, pese a los recursos destinados a la política social. Hay políticas asistencialistas, pero no proyectos integrales que disminuyan el desempleo. El mercado interno luce débil en comparación con países como Chile, Brasil o Colombia, entre otros.

De acuerdo con datos aportados por Latinobarómetro (www.latinobarometro.org/documentos/INFORME LB 2013), la sociedad mexicana es una de las que se ubican en los escalones más bajos en cuanto a la percepción del progreso del país. Mientras que en Ecuador 77 por ciento de la población percibe que su país progresa, en México la cifra correspondiente alcanza solo 19 por ciento: se infiere que hay desaliento de la sociedad. El promedio para 18 países latinoamericanos es de 37 por ciento: estamos 18 puntos abajo, lo que sin duda no es un buen indicador. La misma decepción se encuentra cuando se pregunta a los encuestados sobre la “buena situación actual del país”. Las sociedades de Ecuador y Uruguay encabezan la lista con 57 y 47 por ciento, respectivamente: creen que las cosas van bien. En contraste, solamente 10 por ciento de los encuestados mexicanos encuentran que la situación del país es buena. Si se pregunta lo contrario, esto es la calificación de la mala situación económica del país, México ocupa el tercer lugar en América Latina (abajo de Honduras y Guatemala) con 46 por ciento de opiniones negativas: los mexicanos creen que el “país está en dificultades”. El promedio latinoamericano es de 29 por ciento. Puede añadirse que 63 por ciento de los mexicanos declaró tener problemas para pagar los recibos de luz y agua.

Llama la atención que el discurso político reformista con el que empezó la actual administración no es percibido como un aliciente por la población que se ha enconchado en la desconfianza y en la insatisfacción. No reconocer estos problemas supondría que las autoridades actuales no quieren ver la coyuntura que nos rodea y prefieren vivir en la política de ficción que, con frecuencia, suele resultar más costosa.