De paso

Ciudad a la deriva

Es una tarea difícil poner orden en una ciudad que se ha desarrollado bajo el principio de “hágase lo que se quiera”. Si Mancera quiere elevar la calidad de vida citadina, es necesario que enfrente los problemas que hacen inhóspito nuestro espacio urbano.

Es halagüeño saber que el jefe de Gobierno de la capital del país recupere su salud con prontitud. Ojalá le sirvan estos días, sin una agenda tan nutrida para un político de su nivel, para que reflexione sobre algunos problemas relacionados con la compleja ciudad que gobierna. Él sabe que su aceptación por la ciudadanía capitalina ha disminuido. Algunos de los factores explicativos de lo anterior fue su “permisividad” ante diversos conflictos, particularmente los del magisterio oaxaqueño. El Zócalo estuvo invadido por los “maestros disidentes” algunos meses, así como el Monumento a la Revolución, sitio que fue convertido en un verdadero chiquero por los mismos “mentores”. El endurecimiento del programa Hoy no Circula es otro factor que elevó su desaprobación.

El doctor Mancera tiene que definir como un objetivo prioritario de su gestión elevar la calidad de vida de la Ciudad de México. Tengo la impresión que se esmera en conseguirlo pero, por razones diversas, hacen que ese objetivo devenga en utopía. A Mancera se le reconoce como una persona progresista, sin tener una identificación con ninguna de las corrientes que pululan dentro de la muy desprestigiada “izquierda mexicana”. Un gran punto a su favor.

Sin embargo, ahora que regrese con renovados ímpetus a su oficina de gobierno tendría que proponer soluciones que eleven la calidad de vida de la capital del país. Para empezar tiene que supervisar con mucho mayor rigor el proceso de “hiperurbanización” que padece la ciudad. Los intereses inmobiliarios están de plácemes ante las concesiones que se les hacen para derribar casas y construir edificaciones que favorecen la ganancia de unos cuantos. No es de ahora, es de siempre. Peter Krieger, en un muy bien documentado artículo publicado en el suplemento Laberinto (MILENIO Diario, 4/X/14) señala que nuestra “ciudad va a la deriva”. De ahí el título de este artículo. Pone un ejemplo que puede generalizarse: “Un comando de destructores, equipados con maquinaria pesada, dragas y excavadoras pulveriza, (…) en una jornada de trabajo una amplia residencia neocaliforniana en la colonia Nápoles. Los árboles del predio desaparecen.” Es tal la negligencia (¿o corrupción?) de algunos delegados, que el jueves pasado, en una obra suspendida desde julio se seguía construyendo, violando la ley, sin que nadie se diera cuenta. La irregularidad de la obra, por desgracia, cobró la vida de un menor.

Los encargados de las delegaciones de la Ciudad de México otorgan con manga ancha permisos para cambiar el uso del suelo. La delegación Miguel Hidalgo podría servir también de ejemplo (pruebas disponibles). El jefe delegacional se ha convertido, como en los viejos tiempos, en un cacique de su demarcación. Dada la crítica coyuntura que vive el país, es urgente cerrarle el paso a la corrupción y a la impunidad. Mancera puede revertir su caída de popularidad haciendo valer la ley que muchos delegados tienden a ignorar y que es aprovechado por unos cuantos. En Tlalpan, algunos vecinos denunciaron el intento de vender un parque  (El Casino) por 119 millones de pesos para que se construyeran conjuntos habitacionales (MILENIO Diario, 4/X/14): el colmo.

Por fortuna, Mancera removió a Simón Neumann como secretario de Desarrollo Urbano. Este ex funcionario es un reconocido agente inmobiliario. Krieger señala, además, que la zona metropolitana de la capital cuenta con una “cantidad de espacios verdes y abiertos muy por debajo del promedio recomendado por la Organización Mundial de la Salud”. La ciudad no puede estar a la deriva y este es el reto que el jefe de Gobierno capitalino tiene que enfrentar, sin perder más tiempo.

La ciudad es un caos: la ahogan las marchas de todos los días, los baches que la hacen lucir como un lugar bombardeado, la violación brutal y cotidiana del reglamento de tránsito que generan altos índices de contaminación. No se diga de los topes. El país está lleno de ellos como consecuencia de la falta de respeto a la norma. Hacen gastar más gasolina; tiene que surgir un movimiento “por una ciudad sin topes, con respeto a la ley”.

Es una tarea difícil poner orden en una ciudad que se ha desarrollado, desde siempre, bajo el principio de “hágase lo que se quiera”. Si en verdad Mancera quiere elevar la calidad de vida citadina, (“cuidar la ciudad”, como lo dijo desde el recinto hospitalario) es necesario que enfrente los problemas que hacen inhóspito nuestro espacio urbano. La ciudad es bella pero falta la voluntad política para que no se acabe de derruir. Ojalá, en su convalecencia, pueda reflexionar para evitar que la capital siga yendo a la deriva.

jreyna@colmex.mx