El santo oficio

Tiempo de utopías

Apenas sale a la calle, el cartujo ya quiere volver a las cuatro paredes de su humilde celda, con su rosario y su libro de plegarias. Le horroriza la violencia de la muchedumbre manipulada por ignotos titiriteros, pero asimismo la impericia de un gobierno de espectros solo visibles en la bola de cristal de los medios, con discursos torpes y anodinos.

En las redes sociales, tan valiosas en muchos sentidos, encuentra en estos momentos un río revuelto de mentiras propagadas por calumniadores profesionales. “Gente —escribe Xavier Velasco— que un día amenaza, otro difama y otro más chantajea desde la sombra, según a quien le toque obedecer. Una chamba asquerosa, solo de imaginársela, aunque bien dice el dicho que hay gente para todo”.

En entrevista con Ivette Saldaña para El Universal, el presidente de American Chamber México, José María Zas, habla del alza en las gasolinas, de la devaluación del peso frente al dólar y de la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos como los factores de una tormenta perfecta en nuestro país. Le faltó agregar —piensa el monje— la corrupción histórica de los políticos mexicanos, la desvergüenza y falta de sensibilidad de quienes se asignan bonos de decenas de miles de pesos, viajes suntuosos y otros privilegios a costa del erario, es decir, del dinero de todos en una nación donde la desigualdad es cada vez más grande y el rencor social explota —o es explotado— al menor pretexto, como se ha visto en estos días.

Violencia, rumores, embustes, torpeza, corrupción, impunidad, crisis económica, miedo al próximo mandatario estadunidense, todo contribuye al desánimo, al pesimismo de las viejas y nuevas generaciones en México. El futuro se torna oscuro; es tiempo de soñar.

La soledad de Dios

En un poema en homenaje a Luis Cernuda, titulado “La realidad y el deseo”, como el conjunto de la obra poética del vate sevillano, Olga Orozco escribe: “La realidad, sí, la realidad,/ ese relámpago de lo invisible/ que revela en nosotros la soledad de Dios”.

El monje lee estos versos y llora, no por la soledad divina sino por el desamparo de todos nosotros, los simples mortales. La realidad es espantosa en numerosos países y en México se vuelve cada vez más amarga. Por eso conviene imaginar escenarios tal vez imposibles pero necesarios para sobrellevar nuestra pesada carga de realidad.

En su libro Historia de las utopías (Pepitas de calabaza, 2015), Lewis Mumford, quien lo publicó en 1922, cuando tenía 27 años, señala cómo la creación de comunidades ideales se ha dado en momentos difíciles. La República de Platón nace en una época de desintegración social y desesperanza, después de la Guerra del Peloponeso. Lo mismo sucede con la Utopía de Tomás Moro, escrita en un ambiente de violencia y desorden.

Dice Mumford: “La caída en una sima de desilusión nos ha servido de estímulo para debatir de forma más rigurosa sobre los bienes últimos, sobre los fines básicos y sobre la completa concepción de la ‘vida buena’ en los tiempos modernos”.

La utopía es el resorte, el impulso para superar obstáculos, entre otros el de una clase política rancia, ineficiente, ridícula. (Ver correr al gobernador de Veracruz persiguiendo a los saqueadores de Plaza Las Brisas es tan patético como ver a los legisladores del PRD pegándole a una piñata con la efigie de Trump, o a Miguel Barbosa estúpidamente risueño mientras un conjunto jarocho le mienta la madre al presidente electo de Estados Unidos, o a Andrés Manuel López Obrador hablando del frijol con gorgojo sin acordarse de la leche Betty —contaminada con heces fecales y repartida durante su gobierno en la Ciudad de México—, o al presidente Peña Nieto balbuceando una explicación sobre el aumento a las gasolinas, o a Luis Videgaray diciendo con cinismo al aceptar su cargo como secretario de Relaciones Exteriores: “No soy diplomático, vengo a aprender”, y así la lista podría seguir y seguir hasta el infinito y más allá).

Por eso los soñadores son importantes para reconstruir nuestra sociedad. Dice Anatole France, citado por Mumford: “Los sueños generosos producen realidades benéficas. La utopía es el principio de todo progreso y el ensayo de un mundo mejor”.

Soñar no basta

Las utopías pueden ser un escape, una liberación de los agobios cotidianos, o un deseo genuino de transformar la realidad. En todo caso, son importantes, nos permiten vislumbrar un mundo mejor y ser felices en el universo mágico de las ideas. Pero siempre, lo queramos o no, debemos regresar a la vida real para procurar la eutopía, esto es, el buen lugar para vivir, uno de los dos posibles significados de la palabra utopía; el otro es outopía y quiere decir el no-lugar.

“El objetivo del verdadero eutopiano —afirma Mumford— es el cultivo de su entorno (…). De ahí que el tamaño de nuestra eutopía pueda ser grande o pequeño; que pueda comenzar en una simple aldea o abarcar toda una región. (…) La idea de que ningún cambio efectivo puede producirse en una sociedad hasta que millones de personas hayan deliberado y decidido llevarlo a cabo es una de esas racionalizaciones que tanto gustan a los perezosos e incapaces”. Si el primer paso hacia la eutopía —enfatiza— es la reconstrucción de nuestras ideas sobre una comunidad donde sea posible la vida buena, ésta puede comenzar en cualquier momento y en cualquier parte. En la casa, por ejemplo. O en la pequeña celda de un cartujo.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.