El santo oficio

Sexo en las cárceles de la Ciudad de México

El cartujo se santigua una, dos, tres veces. Cada página de Sexo en las cárceles de la Ciudad de México (Producciones El Salario del Miedo, 2016) lo espanta. Para tranquilizarse, piensa: la investigación de Gabriela Gutiérrez M. es de hace seis años, ahora todo es diferente. Pero no es cierto, lo sabe. En las penitenciarías de la capital del país y en muchas otras a lo largo y ancho del territorio nacional se vende protección, se extorsiona, se trafica con drogas y, entre tantas cosas más, se hace del sexo un lucrativo negocio.

Después de leer el original, el monje escribió las siguientes palabras, a manera de prólogo, para luego caer fulminado por el horror imperante en nuestros flamantes “centros de readaptación social”.

¿SOLO UN ABRAZO?

Las experiencias cotidianas que nos hacen madurar: los éxitos, los fracasos, las alegrías, los sinsabores, el amor… en la cárcel amainan hasta casi desaparecer. Los reclusos, sobre todo aquellos que llevan años encerrados, viven en un tiempo suspendido, sin posibilidad de desarrollarse, atrapados en la monotonía de días idénticos, en la maldición de la rutina.

Gabriela Gutiérrez M. llega a esta conclusión después de repetidas visitas a los centros penitenciarios de la Ciudad de México durante 2010. En cada visita la aguardaba una sorpresa, un descubrimiento, una clave para entender la vida en la cárcel, donde todo tiene un precio y la esperanza se extingue con las semanas y los meses que se vuelven eternos.

No son pocos sus hallazgos en el universo carcelario de la Ciudad de México, donde impera la ley del más fuerte y los derechos humanos no son sino una entelequia, una frase sin sentido, en un ambiente podrido por el abuso y la corrupción en el que, entre otros, prospera sin cesar el gran negocio del sexo.

La periodista Gabriela Gutiérrez M., con un lenguaje sobrio, directo, cuenta cómo se desarrolla esta industria tras las rejas, donde lo mismo es posible conseguir prostitutas de lujo por catálogo, que desahogarse en una relación de cinco o diez minutos en los puntos ciegos de los túneles que conducen a los juzgados. La diferencia, como todo, está en el costo. En los miles de pesos que pueden erogar los reos con mayores recursos económicos y los cincuenta o cien que gastan otros para embragarse en los cuerpos de mujeres que son llevadas de las cárceles femeniles de Santa Martha Acatitla o Tepepan para revisar sus procedimientos, y que con frecuencia son obligadas por los mismos custodios a prostituirse.

En la cárcel todo está calculado, regido por leyes no escritas pero inviolables. En una larga cadena de complicidades, en la que desde luego participan las autoridades, el sexo es un inagotable filón que se explota a cualquier hora y en cualquier lugar: en los patios, en las celdas, en los túneles, en los edificios de visita íntima. Nada es gratis y los beneficios se reparten de acuerdo con el rango —el poder— de los involucrados.

A través de sus propias observaciones y de testimonios de decenas de hombres y mujeres, la autora emprende un recorrido impresionante por una realidad inadvertida para la mayoría de la gente, en la que los abusos son tan habituales como la soledad y el olvido que padecen los menos favorecidos. Una realidad en la que la burocracia parece calcada de una página de Kafka, con funcionarios insensibles y trámites inagotables para conseguir una habitación en el edificio destinado a los encuentros íntimos, con lo que se estimula el soborno y la utilización de “servicios” como las “cabañas” que los días de visita ocupan una parte de la explanada de cada penal: tiendas improvisadas con cobijas y una colchoneta en las que los internos y sus mujeres tienen relaciones sexuales mientras afuera los esperan sus hijos.

Homosexuales que se prostituyen; parejas que se conocen a través de cartas (prácticamente desaparecidas fuera de las prisiones); mujeres espectaculares a las que nadie se atreve siquiera a mirar porque son esposas o amantes de poderosos padrinos; fiestas de toda la noche con prostitutas, drogas, alcohol y música a todo volumen; hombres que pagan con sus parejas, hermanas o hijas las deudas contraídas con narcotraficantes; el culto a la Santa Muerte y a San Judas Tadeo; el paisaje sin retoques de un mundo hostil y delirante, es lo que ofrece Sexo en las cárceles de la Ciudad de México, un libro vertiginoso, escrito con vigor, sin hipérboles, que estremece a los lectores.

Hacia el final, Gabriela Gutiérrez M. cuenta una anécdota conmovedora. Un día le pidió a un recluso que la acompañara a una “cabaña”, quería conocerla por dentro, saber qué se sentía estar ahí. Durante una hora estuvieron sentados en una colchoneta, platicando. Cuando estaban a punto de salir —dice Gabriela— su compañero le pidió un favor: que lo abrazara. Ella dudó y preguntó: “¿Solo un abrazo?” Le respondió que sí. Lo abrazó y él lloró.

Eso es algo que también ofrece este libro: un viaje por el infierno de la soledad y una mirada no exenta de comprensión, de humanidad.

EL PODER Y LAS UTOPÍAS

Queridos cinco lectores, estremecido por la noticia de la muerte de Fidel Castro, símbolo de un tiempo de utopías pero también del veneno letal de poder, de la traición a los propios ideales, de la caducidad de los sueños juveniles, sin poder contener un largo suspiro no por el pasado sino por el borrascoso futuro ante el avance siniestro de la ultraderecha en el mundo, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.