El santo oficio

El placer de odiar

El cartujo se cubre el rostro con las manos temblorosas. La indignación, pero sobre todo el espanto le nublan la mirada. La madrugada del martes, una familia fue asaltada en la carretera federal México-Puebla. Los delincuentes mataron de un balazo a un niño de 2 años, violaron a la madre y a la hija de 14; al padre lo golpearon brutalmente. Les robaron la vida, la tranquilidad y una destartalada camioneta.

En la oscuridad de su celda, el monje repasa ésta y otras noticias de los últimos días: sangrientas disputas entre bandas de la delincuencia organizada; militares y policías muertos en emboscadas o enfrentamientos contra criminales; mujeres y niños utilizados por malhechores como “escudos humanos”; balaceras mortales a la luz del día en Ciudad de México; feminicidios y protestas sociales empañadas por la rabia de sus protagonistas o voceros. Todo con el agravante de la ineptitud de las autoridades y de un odio destilado a través de décadas de injusticia y miseria, de corrupción e impunidad.

“El odio no se manifiesta de pronto —dice Carolin Emcke—, sino que se cultiva. Todos los que le otorgan un carácter espontáneo o individual contribuyen involuntariamente a seguir alimentándolo”.

El fuego del rencor

El trapense piensa en la familia ultrajada en Puebla, en su dolor e impotencia. Pero también en el odio profundo de sus agresores, en su inhumanidad. ¿Cómo son, cómo viven, cómo imaginan su futuro? Son jóvenes de entre 20 y 30 años, seguramente con una historia de desfalcos educativos, culturales, económicos, como tantos otros en un país abrasado por el rencor, como bien lo saben los usuarios de las redes sociales, donde los rumores, los infundios, las amenazas destruyen prestigios, carreras, familias, a veces en nombre de las mejores causas: la democracia, la tolerancia, los derechos humanos.

El desacuerdo no es dirimido con argumentos, sino con insultos y descalificaciones. Tan valiosas en varios sentidos, las redes sociales —dice Antonio Muñoz Molina— “han fomentado las adhesiones irracionales a lo unánime”.

El odio arrasa con todo, se mete en todos los recodos, envuelve y manipula; elimina el debate, la conversación. Si el juez Anuar González Hemadi concede un indignante amparo a un violador, la respuesta es publicar fotos de su esposa y sus hijas, deseándoles lo peor. Si Marcelino Perelló dice por radio estupideces sobre la violación, lo difaman con rumores de abusos cometidos contra su propia hija. Si Nicolás Alvarado critica el mal gusto de Juan Gabriel, se burlan de él y lo atacan por clasista. Nadie analiza, casi todos despotrican.

Lo mismo sucede si alguien se pronuncia contra el aborto, el matrimonio gay, la disidencia magisterial, el movimiento de los padres de los normalistas de Ayotzinapa, los usos y costumbres de las comunidades indígenas, o si defiende las corridas de toros, los circos con animales o el uso de la fuerza pública en las protestas violentas; en vez de ofrecerles razones, sus detractores los arrojan a la hoguera de las invectivas y la intimidación.

En su libro Contra el odio (Taurus, 2017), la periodista y escritora alemana Caroline Emcke, dice: “El odio solo se combate rechazando su invitación al contagio. Quien pretenda hacerle frente con más odio ya se ha dejado manipular, aproximándose a eso en que quienes odian quieren que nos convirtamos”. Eso, ni más ni menos, está sucediendo en México: nos estamos contagiando de odio, la epidemia más peligrosa.

La ingenuidad imprudente

El país está inmerso en una ola de irracionalidad y resentimiento. Los feminicidios aumentan y las autoridades culpan a las víctimas, como ha sucedido con Lesvy Berlín Osorio, asesinada en Ciudad Universitaria, donde prospera la delincuencia y se pierden espacios como el auditorio Justo Sierra, mientras la policía tiene prohibido el acceso y el señor rector mira hacia otro lado, según su costumbre.

En el periódico El País, la reportera Elena Reina, al escribir sobre el caso de Lesvy ofrece datos espeluznantes provenientes del Inegi: en México, cada día mueren asesinadas siete mujeres. “Y de la manera más cruel: a la mayoría las ahorcaron, las estrangularon, las ahogaron, las quemaron o las apuñalaron”.

¿Cómo llegamos a este nivel de descomposición social? El proceso ha sido largo y lento. En el camino se han quebrado muchas esperanzas, tantas como promesas de políticos. Ellos, con su ineficacia e inmoralidad, han cultivado el odio en todos los rincones del país. Como lo han hecho los anatemas religiosos contra la diversidad sexual y el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Como lo hacen quienes desde los medios o las redes sociales fomentan el fanatismo o el lenguaje soez, tal útil cuando se carece de ideas.

Carolin Emcke explora los alcances del odio, sus manifestaciones, sus fantasías. Viendo la realidad de México, el monje repite en silencio las primeras líneas de su libro: “A veces me pregunto si debería envidiarlos. A veces me pregunto cómo son capaces de algo así: de sentir ese odio. Cómo pueden estar tan seguros. Porque quienes odian deben sentir eso: seguridad. De lo contrario, no hablarían así, no harían tanto daño, no matarían de esa manera. De lo contrario, no podrían humillar, despreciar ni atacar a otros de ese modo. Tienen que estar seguros. No albergar la más mínima duda. Si se duda del odio, no es posible odiar”.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.