El santo oficio

La voz de Javier Valdez


El cartujo escucha la voz de Javier Valdez, asesinado el lunes 15 de mayo en el centro de Culiacán, la ciudad donde nació el 14 de abril de 1967, y siente vergüenza. Es una voz serena pero contundente sobre la realidad del periodismo mexicano.

Lo escucha en una entrevista realizada el pasado diciembre por Enrique Mendoza, del semanario Zeta, con motivo de la publicación de Narcoperiodismo (Aguilar, 2016), donde narra sus encuentros con reporteros, de diferentes partes de la República, encargados de cubrir información sobre delincuencia organizada.

La experiencia —dice— fue a la vez enriquecedora y dolorosa. Encontró ejemplos de valentía y amor al oficio, pero también de abandono, de desinterés por el trabajo de quienes se encuentran alejados de las grandes ciudades, sobre todo de la capital del país.

En la grabación, proporcionada a la cofradía por Enrique Mendoza, el fundador de Río Doce explica, al escribir este libro: “sentí que me estaba aplicando una autopsia para reconocer los males del periodismo: la corrupción, la penetración del narcotráfico (en algunas redacciones), nuestra mediocridad, la falta de profesionalismo. Pero también la heroicidad, la resistencia, la sobrevivencia frente a los embates del narco. Sentí que era necesaria una revisión de este tipo, ver nuestras condiciones de trabajo, las coberturas que realizamos, nuestras amenazas, lo que somos, lo que tenemos”.

La muerte de Javier Valdez provocó enérgicas protestas dentro y fuera de México, recuerdos de sus amigos. Ojalá todo esto sirva para cambiar una de sus más amargas certidumbres: “Yo siento que a los periodistas les valen madre los periodistas —le dijo a Enrique Mendoza—, que no hay una sociedad que acompañe al periodismo digno, valiente, que se realiza en el país. No veo a los periodistas preocupados por lo que están pasando compañeros de Tamaulipas, Veracruz, Chihuahua o Sinaloa, o los que, por amenazas, se tuvieron que ir al extranjero. Si no eres de la Ciudad de México, prácticamente no hay posibilidades que valoren tu trabajo, que lo vean, que lo revisen”.

Quería leer comentarios, así fueran adversos, sobre su libro o cualquier otro abocado al periodismo nacional. En cambio, solo encontraba indiferencia y apatía.

“Debemos ser serios, profesionales —enfatizaba—. No hay un proceso de reflexión de lo que estamos haciendo, sobre la cobertura del narco o la cobertura electoral, sobre nuestra relación con el gobierno o con los grupos de poder, no lo hay. Y eso se debe a nuestra mediocridad y arrogancia. Nos creemos chingones en todo, creemos que lo sabemos todo y no queremos vernos frente al espejo, sostenerle la mirada, reconocer nuestros defectos. Si existe un gremio con una gran resistencia a la autocrítica, es el periodístico. Tú critica el trabajo de los periodistas, y se te echan encima.

“Una ocasión fui candidato a la presidencia de una asociación de periodistas, pero como en unas declaraciones dije que había corrupción en el gremio, perdí votos. Un compañero me comentó: ‘Yo iba a votar por ti, pero dijiste que era corrupto’. No era cierto, no dije que él fuera corrupto, sino que había corrupción en el medio, sin embargo él lo asumió como algo personal. Por eso te digo que no somos autocríticos; queremos señalar pero no que nos señalen, y menos aún vernos en el espejo de nuestros errores”.

A Valdez le preocupaba la baja calidad de nuestra prensa, la poca preparación de los reporteros. “A los periodistas —comentaba— nos hacen falta muchas lecturas, nuestro lenguaje es muy pobre, repetitivo, lleno de lugares comunes. La realidad te cuenta muchas historias, pero nosotros no sabemos cómo contarlas, no tenemos los recursos para hacerlo. Lamentablemente, no veo a los periodistas leyendo, preocupados por informarse”.

En el otro extremo —decía— están aquellos dispuestos incluso a la invención para lograr relatos atractivos. “En el afán de la crónica o de un periodismo narrativo, a veces se miente, hay que tener mucho cuidado con eso. El periodismo es sagrado y no admite la mentira. Me parece lamentable que por el adorno, por la retórica, se pierda la realidad, porque entonces se pierde de vista el tuétano de la historia y terminas haciendo un cuento, un texto de ficción”.

Cada palabra de Javier es una bofetada al ego, a la soberbia de quienes, excepto cuando les conviene, ignoran a sus compañeros de oficio. Pensaba en un periodismo diferente y predicaba con el ejemplo. Quería ver a los reporteros fuera “de las oficinas, del confort del aire acondicionado”, alejados de la maldición de los boletines y del discurso tramposo de los funcionarios públicos. Proponía “recuperar la calle, las plazas públicas, los cafés, las cantinas, la vida nocturna, para que la gente vea a la gente en los periódicos, porque en los periódicos no se ve la gente, se ven los políticos, por eso hemos perdido lectores”.

Para él, resultaba urgente “garantizar un periodismo libre en términos políticos, sociales. Me gustaría que el gobierno aplicara la ley y garantizara la libertad de expresión, pero eso no va a suceder”, decía con pesimismo.

También le parecía perentorio un proceso de refundación del periodismo, de revisión de sus relaciones con el poder, más cercano a la sociedad, más solidario y, desde luego, autocrítico. De lo contrario, decía, “no vamos a avanzar”. Tenía razón.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.