El santo oficio

¿Quién lo espía, señor Presidente?

El cartujo, inesperadamente, se desploma en medio de su pequeña celda. Ahí se queda tendido por horas, sin buscar ni desear auxilio, bañado en lágrimas. El exceso de malas noticias lo ha puesto al borde del soponcio: crímenes, cárteles, fraudes, impunidad, ineptitud, cinismo, corrupción son palabras habituales en todos los espacios informativos de nuestro país, gobernado con el piloto automático de la impotencia y la insensatez.

No demuestra otra cosa Enrique Peña Nieto cuando, al referirse a las acusaciones de espionaje de su gobierno contra periodistas y activistas de derechos humanos, expresó el jueves en Lagos de Moreno: “Somos una sociedad que las más de las veces nos sentimos espiados. Yo mismo, como Presidente, recibo mensajes cuyo origen desconozco, pero procuro en todo caso ser cuidadoso en lo que hablo telefónicamente, no faltará que alguna vez se exhiba alguna conversación mía, ya ha ocurrido, ya ha pasado…”. Es decir, si le ha sucedido a él, tan poderoso, a los demás no debe extrañarles si alguien —la autoridad, tal vez— se entromete ilegalmente en sus asuntos. Para Peña Nieto, por lo visto, la defensa de la privacidad no importa o no está en la esfera de las obligaciones de su gobierno.

Sus declaraciones revelan, por otra parte, la fragilidad de la institución presidencial en este momento: la ineficacia de los controles para proteger las comunicaciones del jefe de Estado, un tema de seguridad nacional por donde se le vea.

La imprudencia del mandatario mexicano podría ponerlo en una situación incómoda frente a los gobernantes de otros países, su propio gabinete y cualquier otro de sus interlocutores. ¿Quién puede hablar con confianza o tratar cuestiones delicadas por teléfono o medios electrónicos con un hombre vulnerable al espionaje? ¿Ha ordenado alguna investigación al respecto, tiene alguna sospecha sobre el origen de esos mensajes apócrifos? Para alguien con su responsabilidad, no basta con ser “cuidadoso” en sus conversaciones telefónicas. Debería saberlo. Así pues: ¿quién lo espía, señor Presidente?

Entre la delación y la sospecha

En el suplemento Laberinto, Armando González Torres comenta la novela Nosotros, del escritor ruso Evgueni Zamiatin (1884-1937). “Esta novela —explica—, escrita en 1921, es una de las decanas de la imaginación distópica del siglo pasado con su anticipación del fenómeno de control político respaldado por el avance tecnológico”. La historia se desarrolla en una ciudad construida de cristal y acero en la cual los niños son adiestrados en la delación y la sospecha. Este drama “prefigura una recurrente pesadilla del individuo contemporáneo: la desaparición de su intimidad, el desconocimiento de sí mismo, la condena irremisible a ser una víctima de espionaje, un espía o un soplón”.

Quienes justifican o minimizan el espionaje de Estado quizá deberían asomarse a esta distopía —“cuya trama fue adoptada con algunos matices por George Orwell para su 1984”, precisa González Torres—, tal vez atisbarían sus alcances y peligros. Quizá comprenderían el significado de la sentencia de Spinoza: “El verdadero fin del gobierno es la libertad”, y nadie es libre cuando es vigilado.

Los voceros —oficiales y oficiosos— de Peña Nieto desdeñan el reportaje del New York Times sobre la utilización del programa de espionaje Pegasus, de origen israelí, en México. Quizá tengan razón, pero las instituciones involucradas guardan silencio y alientan las sospechas. Posiblemente por vergüenza: tanto dinero gastado —se habla de 80 millones de dólares— para hacer el ridículo y darles alas a los críticos del gobierno federal.

Al final de su columna del miércoles 21 en El Universal, dedicada a esta cuestión, Alejandro Hope escribe: “espían los que espían porque pueden espiar. Nadie castiga al que se pasa de la raya. Nadie pone freno desde fuera. Y sin controles externos, no hay en el planeta ningún aparato de inteligencia que no se vuele las trancas. Así de fácil y así de obvio”.

En el mismo sentido se pronuncia Eduardo Guerrero en una entrevista con The New York Times. Si bien en México solo mediante un mandato judicial las autoridades pueden intervenir comunicaciones privadas, en la práctica nadie lo hace: “Las agencias mexicanas de seguridad no le pedirían una orden a la Corte, porque saben que no la obtendrían”, dice Guerrero, quien agrega: “¿Cómo sería posible que un juez autorizara vigilar a alguien que se dedica a la protección de los derechos humanos? Por supuesto que no se puede justificar esa intervención. Pero eso es irrelevante. En México nadie pide permiso para hacerlo”.

Tampoco hay quien investigue de manera independiente los excesos y delitos cometidos desde el gobierno.

Tabú y oprobio

En el mar de opiniones sobre el reportaje del New York Times, pocas se refieren a uno de los principios del periodismo: ser incómodo para el poder. Informar, investigar, cuestionar los errores y las arbitrariedades de las instituciones y sus funcionarios.

En esto los periodistas deberían ser como aquellos artistas incapaces de adular al príncipe. En un texto publicado en la revista Letras Libres, Julio Hubard dice: “El elogio del poder es tabú y oprobio: no hay creador que pueda vivir en esa zona de la cortesanía. Shakespeare entendió, quizá mejor que todos, que no hay acomodo ni reposo en la lucha entre el poder y la libertad”. Ojalá lo entiendan los cortesanos incrustados en nuestros medios.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor sea con ustedes. Amén.