El santo oficio

La era de la amnesia

El cartujo pasea de un lado a otro del monasterio. Su rostro evidencia pesadumbre y sus pasos cansancio. Quisiera nunca haberse asomado al mundo ni conocido sus miserias, pero lo sedujo la serpiente y se acercó al fruto prohibido de los medios, donde tantos, como él, han perdido la cordura. En vez de atender su vocación de anacoreta se dejó atrapar por el ritmo febril de las noticias, y aquí está ahora, cargando sobre sus huesudos lomos la pesada lápida de lo efímero, atestiguando, una y otra vez, la fragilidad de la memoria, el éxito de quienes cambian de piel como de atuendo, confiados en la amnesia social.

En el remolino de los días el olvido lo envuelve casi todo y los políticos y sus augures le apuestan a eso: hoy dicen una cosa y mañana otra, sin rubor ni peligro, total, nadie se acuerda de sus promesas o pronósticos de ayer, de sus fiascos; son ilusionistas y de eso viven: de engatusar a la gente. De otra manera no se explica cómo una legión de fracasados aspire a la Presidencia de México ni tampoco el ascenso al poder en Estados Unidos de Donald Trump, con quien la mayoría de los analistas se equivocó de principio a fin, aunque eso no los ha hecho perder, cuando menos en nuestro país, ni su audiencia ni su condición de enardecidos profetas.

Las palabras perdidas

La gente olvida y las palabras pierden o cambian de significado, dejan de ser una esperanza para volverse una condena. En su libro Flecha en el azul, citado por Zygmunt Bauman en Esto no es un diario (Paidós, 2012), Arthur Koestler, quien tanto supo del desencanto y el sufrimiento, escribe: “Libramos nuestra batalla de las palabras y no vimos que los vocablos ya familiares habían perdido su influencia y apuntaban en las direcciones equivocadas. Pronunciábamos la palabra democracia con gran solemnidad, como si orásemos, y al poco la más grande de las naciones de Europa votó y llevó al poder, mediante métodos perfectamente democráticos, a los asesinos de la propia democracia. Rendíamos culto a la voluntad de Las Masas y éstas querían muerte y autodestrucción. (…) El progreso social por el que luchamos se convirtió en un avance hacia el campo de concentración; nuestro liberalismo nos hizo cómplices de tiranos y opresores; nuestro amor por la paz invitó a la agresión y condujo a la guerra”.

Democracia, libertad, progreso, tolerancia, paz… palabras deformadas por el uso convenenciero de partidos y organizaciones políticas, por la desmemoria y la ceguera de rebaños de electores. Estas cinco palabras —dice Bauman—, al mudar de significado pueden ser usadas de cualquier manera con absoluta impunidad, “pasan de ser los nombres de unas causas para convertirse en las etiquetas de unos bandos políticos, por lo que la obediencia puede ser perfectamente exigible y obtenible (y, de hecho, lo es) invocando la confrontación suprema entre nosotros y ellos, sin necesidad de mencionar nunca más (y, menos aún, de contrastar) la causa y la finalidad de la guerra que se libra a partir de ese momento”.

Por eso las votaciones a mano alzada en auditorios y plazas públicas, por eso la disidencia balín cuando alguien no es favorecido con alguna candidatura, por eso la deslealtad y el “fuego amigo”, por eso las guerras de lodo alentadas por religión del maniqueísmo: “nosotros” y “ellos”, el pueblo bueno contra el pueblo malo, sin matices, total, siempre se puede cambiar de bando sin por ello dejar de lucir en la frente, bajo el manto protector del olvido, la falaz estrellita de la infalibilidad y la pureza.

El espejo negro de Trump

Nos parece inaudito el caso de Trump y nos rasgamos las vestiduras al preguntarnos cómo alguien de su calaña se convirtió en presidente del país más poderoso del mundo. Pero aquí los electores, con frecuencia, no tenemos motivo de orgullo: Padrés, Borge, los Moreira, los Duarte y tantos otros, iguales o peores, han triunfado en las urnas y usufructuado el poder a su conveniencia con el beneplácito de congresos locales y empresarios solo atentos a sus propios intereses —para sus trapacerías, además, han contado con el alcahuete silencio de las autoridades federales, tan dadas a desviar la mirada en vez de enfrentar los problemas.

Trump es una maldición, pero aquí tenemos la oportunidad de mirarnos en su espejo negro y revisar a dónde nos lleva la “democracia” en nuestro país, donde un pobre diablo llamado Hilario Ramírez —Layín— famoso por sus escándalos como presidente municipal de San Blas, Nayarit, ha expresado su deseo de competir por la gubernatura de su estado. Como alcalde confesó haber robado “poquito”, pero eso no le resta simpatizantes, como no se los resta a Humberto Moreira su mala fama. Dejó a su estado con una deuda histórica de 33 mil millones de pesos y ha sido relacionado con el crimen organizado, pero nada de eso vale a la hora de impulsar su regreso a la política activa a través del membrete Partido Joven. Como ellos hay muchos más, en todos los niveles de la vida pública, donde ahora mismo populistas y advenedizos suscribirían con gusto las palabras de Donald Trump en su discurso de aceptación como presidente de Estados Unidos: “Somos una nación —les dijo a sus simpatizantes—. Y su dolor es nuestro dolor. Sus sueños son nuestros sueños. Y sus éxitos serán nuestros éxitos. Compartimos un corazón, un lugar y un destino”. La demagogia y la desmemoria unidas, una tragedia.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.