El santo oficio

Entre animales

La crueldad con estos seres vivos es tan grande como la hipocresía o los intereses económicos y políticos de algunos de sus presuntos protectores.

En su nueva morada, el cartujo encuentra pintada sobre una pared la frase lapidaria de Iván Karamázov, el célebre personaje de Dostoievski: “Una bestia jamás podría ser tan cruel como lo es el hombre, tan artística y estéticamente cruel”.

No imagina quién ni cuándo la escribió en ese muro, donde permanece imbatible a pesar de la humedad y el salitre. Pero ahí está y nos recuerda tantas cosas: guerras, atentados, torturas, racismo, pederastia, tráfico de personas, esclavitud. Debería recordarnos también nuestra relación con los animales, en ocasiones de un sadismo extremo.

En Los muchachos de zinc (Debate, 2016), donde recoge testimonios sobre la guerra de Afganistán, Svetlana Alexiévich refiere el desengaño y el calvario de los combatientes y de sus familiares y amigos. En sus recuerdos, los soldados hablan de los lastimosos aullidos de los perros detectores de explosivos, de camellos caminando con las tripas de fuera, de sus tremendos mugidos cuando son heridos. Una mujer cuenta: “Ejecutaron una caravana que transportaba armas. Fusilaron por separado a los hombres y a los asnos. Ambos esperaban en silencio la muerte de igual manera. El grito de un asno herido era como si restregaras una pieza de metal contra otra. Estridente…”.

En sus libros sobre el dolor humano, Alexiévich no se olvida de los animales: “Muchas veces —reflexiona— he pensado que los animales, los pájaros, los peces, también tienen derecho a su propia historia del sufrimiento. Algún día se escribirá”.

Mientras esto sucede, se siguen acumulando horrores. El domingo 19 de junio fueron quemados vivos ocho mil pollos en Nochixtlán. Una muerte espantosa. Alguien debería narrar ese infierno: la desesperación de las aves, sus chillidos, sus esfuerzos por escapar, la manera como el fuego las fue consumiendo hasta convertirlas en cenizas. Son víctimas inocentes de ese día de furia.

Desviar la mirada

En su libro Un animal es una persona (Alfaguara, 2016), Franz-Olivier Giesbert emprende una defensa de los animales, burlándose de la pretendida superioridad del hombre. Todos los seres vivos —dice— descendemos del verme, un gusano acéfalo aparecido en los océanos hace quinientos millones de años. Por lo mismo: “No hay de qué presumir en lo referido a nuestros inicios en este mundo: nuestro antepasado común era un tubo digestivo que reptaba por los océanos, con una boca para alimentarse y un ano para defecar. Nada más. Y de esta forma llegamos a ser lo que somos: humanos, aves, reptiles o insectos. Todos semejantes, aunque no nos parezcamos”.

La crueldad con los animales es tan grande como la hipocresía o los intereses económicos y políticos de algunos de sus presuntos protectores (los del Partido Verde, en primer lugar). Desde hace bastante tiempo, por ejemplo, la fiesta taurina ha sido satanizada: los quince minutos de una faena embravecen a sus enemigos. Sin embargo, son pocos quienes se pronuncian en contra de la ganadería intensiva y menos quienes desdeñan un suculento filete, no importa de dónde venga. El monje no está a favor del toreo (y además no es vegetariano), pero sin duda la calidad de vida de los toros de lidia supera en todos sentidos la de sus parientes pobres: las reses cautivas en las fábricas de carne, donde subsisten en condiciones miserables, sujetas a engorda acelerada y sin espacio para moverse.

Nada en esos lugares remite a la idílica imagen del ganado pastando, moviéndose a sus anchas por las llanuras, caminando, corriendo o echándose si se le da la gana mientras le llega —como nos llegará a todos— la hora de morir.

En su libro, al referirse a esta situación en Francia, Giesbert dice: “En esas manufacturas de escalopes, los terneros con ojos de niño no se dejan desmoralizar pese a todo. Cuando se encienden las luces, confraternizan, dispuestos a lamer todo cuanto se les ponga a tiro, pero a veces cuando alzan el hocico húmedo para observarnos, sus miradas parecen acusadoras y, en cualquier caso, cansadas y hartas de vernos. Tienen razón. Si eres hombre, lo único que puedes hacer es desviar la mirada cuando se cruza con la suya”.

La alegría de matar

Cuando era pequeño, el monje miraba a sus amigos matar a patadas ratas de coladeras. Él era un cobarde y le asustaban las ratas y la manera como eran masacradas. Tampoco disfrutaba matar lagartijas o pájaros con resortera. Era un niño extraño y por eso autoexcluido de esos y otros juegos —así les decían— tan excitantes como prenderles fuego a los gatos callejeros o lanzarles ligazos con grapas de alambre a los perros sin dueño; cuando se les clavaban, sus aullidos, poderosos, hirientes, provocaban las carcajadas de los infantiles verdugos.

Esto, como es evidente, pasaba en la prehistoria, en un barrio pobre, con muchachos sin educación ni cultura, ignorantes seguidores de Descartes, para quien los animales eran máquinas, insensibles a todo.

Un día —cuenta Giesbert—Malebranche, discípulo del autor del Discurso del método, en presencia del filósofo Fontenelle pateó en el vientre a una perra preñada, por restregarse contra él y revolcarse, alegre, a sus pies. Al ver la consternación de Fontenelle, le dijo: “¿Cómo? ¿No sabe acaso que estas cosas no sienten?” Eso mismo, seguramente, piensan quienes siguen haciendo de los animales sus víctimas predilectas.

Queridos cinco lectores, en su nueva casa, grandota pero humilde, El santo oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.