El santo oficio

El Príncipe Cáncer

El cartujo tenía cinco años cuando escuchó por primera vez la palabra cáncer, en 1960. En el barrio, como si fuera algo vergonzoso o prohibido, los vecinos la pronunciaban en voz baja, temerosos del oído de tísico de los niños, quienes de cualquier manera conocieron la historia completa: Toñita, esposa del dueño de la tortillería, estaba en el hospital, le habían descubierto cáncer en los ovarios y todos preveían el futuro inmediato: se iba a morir. En pocos meses se cumplió el pronóstico y la colonia entera acudió al sepelio de esa mujer de 40 años, frágil, bondadosa, triste, cuyo ataúd permaneció cerrado por infundados temores.

En El pabellón del cáncer, de Aleksandr Solzhenitsyn, Pável Nikolaievich Rusánov es víctima de esta enfermedad y de la segregación impuesta por el totalitarismo soviético en los años cincuenta. Como con Toñita, la gente temía contagiarse y el diagnóstico, sintetiza Siddhartha Mukherjee en El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer, "no la enfermedad, sino los meros estigmas de su presencia, se convierte en una sentencia de muerte para Rusánov".

HISTORIAS DE FAMILIA

La palabra volvió a estremecer el vecindario la mañana de julio de 1963 cuando un voceador pasó gritando la muerte de Pedro Armendáriz en Los Ángeles: se había suicidado al ser diagnosticado con cáncer. En la casa del cofrade compraron el periódico y comentaron en voz alta la tragedia. Nadie ahí sabía nada de ese mal, pero todos le tenían pavor.

A principios de los ochenta, la maldición llegó a la casa del monje cuando su mamá, súbitamente, comenzó a sentir dolores insoportables en la región del vientre. Después de numerosos estudios el veredicto fue cáncer en los ovarios. Ella le tenía terror a esa enfermedad y se hubiera muerto de haberse enterado. Pero no sabía leer y nadie le dijo la verdad sobre su padecimiento. Acompañada de una de sus hijas comenzó a acudir a Oncología del Hospital 20 de Noviembre del Issste para recibir tratamiento de radioterapia y quimioterapia, fue un periodo largo y desgastante, pero el pacto de silencio entre médicos, enfermeras y familiares le evitó la depresión, tal vez insalvable, de saberse cancerosa y luego de varios años fue dada de alta.

Esta experiencia le hizo atisbar al monje dos momentos importantes en la lucha contra el cáncer: el diagnóstico y el tratamiento oportunos. Otro es, desde luego, la prevención.

Por eso, tal vez, no se derrumbó cuando en 2015 dos biopsias confirmaron su sospecha: cáncer de piel. Todo comenzó con la aparición de una mancha en la nariz, insignificante y al parecer inofensiva. En unos cuantos meses, la mancha creció y comenzó a oscurecerse.

Preocupado, la mañana del 15 de septiembre consiguió una cita para la tarde de ese mismo día con una dermatóloga en la colonia Roma. Después de revisarlo, la doctora descubrió otra mancha en apariencia insignificante en el párpado inferior derecho, le sugirió una biopsia para cada una; se las practicó en el consultorio, las mandó a examinar y unos días después le dio el resultado: ambas eran carcinomas.

El cofrade decidió acudir al Instituto Nacional de Cancerología (Incan). Durante seis semanas recibió radioterapia y al final del tratamiento sufrió “dermatitis por recuerdo de radiación” (RRD), por lo cual anduvo durante más de dos meses con ámpulas y escoriaciones en el párpado y la nariz. No fue nada, en realidad, en comparación con otros casos.

EL LADO NOCTURNO DE LA VIDA

En el libro La enfermedad y sus metáforas, Susan Sontag escribe: “La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más onerosa. Todos, al nacer, somos ciudadanos de dos reinos, el de los sanos y el de los enfermos. Y aunque todos prefiramos usar solo el buen pasaporte, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado, al menos por un tiempo, a identificarse como ciudadanos de aquel otro lugar”.

En el Incan, el fraile fue testigo de la calidad del servicio y de la confianza de quienes desde "el lado nocturno de la vida" llegan a esa institución. Hay muchos viejos, pero también gente joven, todos comparten, en distinto grado, la misma enfermedad y la misma esperanza: curarse. Allí conoció a una anciana pobre. Estaba a punto de ser dada de alta después de haber tenido metástasis. Dada su situación económica, en el Incan no solo la habían atendido sino también proporcionado los medicamentos gratuitamente. Conoció también a una muchacha de dieciocho años, alegre, risueña, dicharachera, acababa de ingresar a la Universidad cuando le descubrieron un tumor en el cuello, resultó cancerígeno y ella estaba dispuesta a todo para curarse rápido y regresar a la escuela.

En Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, Jaime Sabines escribe: “Vamos a hablar del Príncipe Cáncer,/Señor de los Pulmones, Varón de la Próstata,/ que se divierte arrojando dardos/ a los ovarios tersos, a las vaginas mustias,/ a las ingles multitudinarias”.

El cáncer es terrible y eso hace más valiosa la labor del Incan. Hay cánceres cuya prevención está en nuestras manos: cervicouterino, de mama, de pulmón, de próstata, pero muchos otros llegan sin avisar.

El cartujo piensa en todo esto mientras se prepara para participar el 27 de noviembre en la carrera “Yo corro vs. el cáncer”, organizada para celebrar el 70 aniversario del Incan, una institución cuya misión es salvar vidas y con la cual siempre vivirá agradecido.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.