El santo oficio

Odio y violencia

El cartujo mira llover. Acodado en la ventana de su pequeña celda, observa los arroyos formados por la lluvia, escucha el croar de las ranas y los latidos de su propio corazón. Está preocupado, molesto, triste: habita un país inhóspito, de ancestrales y recientes rencores.

Vivimos días de odio y violencia, murmura al saber del linchamiento de un presunto ratero en el municipio de Santiago Matatlán, Oaxaca, la madrugada del pasado viernes. Lo atraparon robando una casa y en vez de entregarlo a la policía, los vecinos lo golpearon, le cortaron los dedos con un machete y lo quemaron vivo. Las fotografías son aterradoras, en una, el hombre aparece sentado en el piso, con las manos y el rostro ensangrentados y amarrado con una soga por el cuello; en otra, está tendido en la explanada municipal y la mitad superior de su cuerpo, rociada con mezcal y gasolina, alimenta una hoguera. Sus verdugos lo contemplan, quizá satisfechos de su crimen.

Entre los espectadores hay hombres, mujeres, adolescentes. ¿Cómo serán en la vida cotidiana? El monje imagina a algunos de ellos en las noches, tomando mezcal, recordando su hazaña, contándosela a los más pequeños, celebrando entre risas su torcido sentido de la justicia antes de irse a dormir; otros, tal vez, estén arrepentidos, avergonzados de su crueldad y no sean capaces de mirar a sus hijos a los ojos cuando se sientan a la mesa. En cualquier caso, el homicidio probablemente permanecerá impune en ese estado donde en la última semana ocurrieron cinco linchamientos motivados por el aumento de la delincuencia y la ineficacia de la policía. En ese estado donde los niños se quedan sin clases durante meses y los resentimientos se acumulan día tras día con la ignorancia, la pobreza y la injusticia.

UN CORAZÓN Y UNA CABEZA

El odio, de acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, es la “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”. Con frecuencia se alimenta del miedo, de la envidia, de la incomprensión de los otros.

En su novela No ha lugar a proceder (Anagrama, 2016), Claudio Magris escribe: “El odio es más verdadero, más puro que la guerra; no es sentimental, no canta Lili Marlene, no necesita campos de batalla ni armas. Le basta con un corazón y una cabeza”. Puede prosperar en todas partes y por cualquier cosa: “El odio y la belleza, el odio y el sexo, el odio y el dinero, el odio y el color de la piel”, enumera el escritor italiano y la lista podría agrandarse con facilidad: el odio y la política, el odio y la religión, el odio y el éxito, el odio y el fracaso...

El odio niega el diálogo; puede anidar largo tiempo, silencioso, antes de manifestarse, a veces con inaudita saña.

En El fin del “Homo sovieticus” (Acantilado, 2015), Svetlana Aleksiévich narra el resultado del desmoronamiento de la URSS en la vida de sus habitantes. De sentirse parte de un mismo país y compartir ideales, con el fin de la utopía comenzaron a mirarse con recelo, con odio, dependiendo, entre otras cosas, del lugar donde habían nacido. En Azerbaiyán se iniciaron los pogromos contra los armenios. Jóvenes azerbaiyanos andaban por todas partes, cazándolos. Una mujer recuerda: “Entraron en una casa y mataron a todo el que encontraron en ella… La niña más pequeñita consiguió trepar a un árbol… Y comenzaron a disparar contra ella desde abajo, como si le dispararan a un pájaro. Era de noche y estaba oscuro. Les costaba hacer diana en la niña y eso los enfurecía aún más. Al final, la niña cayó abatida a sus pies”.

En México, el odio está en las calles, en las escuelas, en los púlpitos desde donde se pregona contra la diversidad y el conocimiento. También en los hogares. Por eso, apenas sorprende saber de un hijo capaz de ordenar el asesinato de sus padres, como según las autoridades de la Ciudad de México ocurrió con los cineastas León Serment y Adriana Rosique. ¿Cómo sería la relación en esa familia?, se pregunta el monje una y otra vez. Los padres eran exitosos y el hijo, al parecer, un muchacho feliz. Pero no estaba conforme y, según los indicios, a la ambición engarzó el odio para convertirse en parricida. La historia merece una crónica extensa, profunda, capaz de indagar en los motivos del ominoso suceso y asomarse a los abismos del alma humana.

UN PAISAJE DE HORROR

La violencia, lamentablemente,forma parte del paisaje de nuestro país: son los cuerpos torturados y mutilados, colgados de puentes, enterrados en fosas clandestinas, destazados y deshechos en ácido, encostalados y tirados en cualquier parte.

Desde luego, también los feminicidios. Entre los más recientes, los de la señora Adriana Hernández Sánchez y de la joven Karen Rebeca Esquivel Espinosa de los Monteros. Karen tenía 19 años, trabajaba y estudiaba; la señora Adriana, dicen las autoridades, tenía problemas mentales. Ninguna de las dos merecía ese fin absurdo, como tampoco lo merecía la española María Villar Galaz, secuestrada en la Ciudad de México y abandonada muerta en el Estado de México; en esas entidades, por cierto, sus mandatarios se sueñan presidentes de la República mientras un coro de jilgueros los colma de elogios.

Fue una semana sangrienta, de vandalismo y asesinatos, entre ellos el de cinco soldados en Sinaloa. La violencia aumenta en el país y el odio se cocina a fuego lento. Dios nos proteja.

Queridos cinco lectores, con esperanza a pesar de todo, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.